viernes, 3 de julio de 2015

"A tientas, hermano Kafka"

Cuando hace cuatro años inicié la aventura de este blog, pensé que era como arrojar al mar un mensaje dentro de una botella. No tenía un plan determinado, ni sabía acerca de qué iba a escribir, pero guardaba en los cajones cuadernos de lecturas, citas de libros con los que había mantenido un diálogo silencioso. Comenzaron a llegar nombres, palabras y recuerdos, entre ellos Montaigne, a quien le debo el título del blog. Sentí también deseos de regresar a Austerlitz, la novela de W. G. Sebald; el destino de Agáta Austerlitzová, madre del protagonista, me recordó a aquel que sufrieron las tres hermanas de Kafka a finales de 1941. Junto a Sebald, Kafka y su Cazador Gracchus comenzaron a navegar en la frágil embarcación de una página de internet.

Quería viajar a Praga; pensaba que el lugar que fue el escenario de la vida de Kafka guardaba algunas claves de su obra, algo que me ayudaría a comprender mejor a un autor que cada vez me resultaba más cercano y, a un tiempo, inaprensible. Pero lo que en un principio iba a ser una guía de viaje se convirtió en “Buscando la Praga de Kafka”, cinco entradas en las que los rincones de la ciudad y los paseos de Kafka me descubrían un matiz nuevo de su vida y su obra.

Y el mensaje dentro de una botella llegó hacia Arnoldo Liberman*, que por entonces escribía A tientas, hermano Kafka. Hoy tengo el libro entre mis manos. Lo abro y me encuentro en una cita y unos agradecimientos. Ahora soy yo la encargada de enviar un nuevo mensaje con todas esas citas de Arnoldo Liberman que lo hacen merecedor de ingresar en lo que un día llamé el Club de la Materia Kafkiana, al que pertenecen “todos aquellos que han escrito algo sobre Kafka, real o ficticio, con amor verdadero y no por tediosa erudición”.

Para Arnoldo Liberman “una obra literaria no es un objeto inerte que se diseca y describe, sino un auténtico interlocutor, la voz de un autor con una visión privilegiada sobre su circunstancia vital pero a la vez la voz de otros tiempos que puede ayudarnos a iluminar nuestra realidad”. Comparto esta idea así como la de que “escribir es esa equivocación íntima y ese salvavidas imprescindible, sin los cuales no es posible subsistir”.

En A tientas, hermano Kafka Arnoldo Liberman nos deja el testimonio de sus “sentimientos por Kafka”:

Leer a Kafka es someterse a una de las experiencias intelectuales y existenciales más extraordinarias, por su intensidad y complejidad, que nos puede proporcionar la literatura. Y no porque se trate de un autor oscuro ni que se haya propuesto el misterio por el misterio mismo, sino porque penetra en la realidad tan profundamente que hay muy pocos escritores que hayan podido plasmar con tanta fuerza, pasión y lucidez como él el asombro que nos produce esta vida y “el asombro ante lo que jamás ha sido todavía” (como dice Luckács).

Rizomas

Arnoldo Liberman 
A tientas, hermano Kafka está compuesto por rizomas, “algo que se modifica por el mero hecho de transitarlo”. Deleuze y Guattari escriben en Kafka. Por una literatura menor:

¿Cómo entrar en la obra de Kafka? Es una rizoma, una madriguera (…) Así pues entraremos por cualquier extremo, ninguno es mejor que otro, ninguna entrada tiene prioridad, incluso si es casi un callejón sin salida (…) Buscaremos, eso sí, con qué otros puntos se conecta aquél por el cual entramos, qué encrucijadas y galerías hay que pasar para conectar dos puntos, cuál es el mapa del rizoma y cómo se modificaría inmediatamente si entráramos por otro punto.

Se trata de “caminar de laberinto en laberinto”. Por eso A tientas, hermano Kafka no se somete a ningún plan preestablecido, pues Arnoldo Liberman siente que en su libro está “más cerca de la verdad de Kafka asociando libremente ideas o llamando a aquellos que puedan acompañarlo”.

La obra de Kafka ha dado lugar a un adjetivo que se utiliza como “sinónimo de una situación enrevesada y escabrosa”. Lo kafkiano es también “sinónimo de ambigüedad”, de “caer en las redes de los interrogantes sin respuesta”. Kafka “percibe el mundo como una jaula que ha salido a buscarle y le ha aprisionado”. Para Arnoldo Liberman, “Kafkiano es lo trágico de nuestra cotidianidad, el estar inconscientemente arrojados al sin sentido”, “la postergación imprevisible, los inexplicables desvíos”:

“Kafkiano” asume una trascendencia mayor, va más allá de lo psicoanalítico en su tan escueta y pragmática definición de “siniestro” y aspira a connotaciones y latidos mucho más metafísicos y a una fuerza de sugestión que sobrecoge el ánimo, desarrollada en una situación a la vez dramática y poética.

Kafka y la religión

Para algunos, entre ellos Max Brod, Kafka es como un santo laico. Esta santidad ha sido cuestionada por Walter Benjamin, Canetti, Borges, Kundera, Nabokov, entre otros. Arnoldo Liberman nos recuerda estas palabras de Kafka:

El hombre no podría vivir sin una confianza permanente en algo indestructible en él, cosa que no excluye que esta confianza o ese elemento indestructible pueda quedar permanentemente oculto para él. Uno de los modos en que puede manifestarse este misterio es la fe en un dios personal.

Señala Liberman que en “Kafka se hacía presente una forma de religiosidad (no de religión) que muchas veces lo habitaba. Y naturalmente, esa religiosidad tenía mucho que ver con su origen judío, sus contradicciones y sus vicisitudes anímicas”. Para Arnoldo Liberman “Kafka no fue nunca un judío asimilado sino de una identidad judía conflictiva y demandante”. No renunció a su condición judía y siempre se cuestionaba acerca de la misma.

Si Kafka no era creyente al menos ansiaba una espiritualidad, una trascendencia. A su padre le reprocha que el judaísmo no hubiera podido ser entre ellos un punto de encuentro; lamentaba que esa “porción de judaísmo” auténtico que su padre traía de la zona rural, se perdiera en la banalidad de los convencionalismos. La llegada a Praga de la compañía de teatro yiddish del Este fue muy importante para Kafka, pues aquellos actores representaban la pureza, la vuelta a los orígenes.

Pero Kafka era también un ser humano anclado en un lugar y un momento de la historia. Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo realiza un análisis esclarecedor del antisemitismo en Europa como una cuestión histórica y política. En el reino de Bohemia la situación de los judíos resultaba bastante compleja debido a las tensiones entre la población checa y alemana, pues los checos identificaban lo judío con lo alemán. Todavía en esa época se llegó a acusar a dos judíos de asesinatos rituales y se vivían las consecuencias de los pogromos rusos. Kafka sabía dónde estaba y no vivía ajeno a la realidad. Desde muy joven, había sentido simpatía por el socialismo, aunque un socialismo muy especial, y le había interesado la nueva forma de vida de los judíos emigrados a Palestina. Sobre esa doble condición de judío y alemán, escribe Kafka a Felice en una tarjeta postal, del 7 de octubre de 1916:

Puede que el artículo de Max “Nuestros literatos y la comunidad” aparezca en el próximo número de Der Jude. A propósito, ¿es que no vas a decirme qué soy realmente? En la última Rundschau se habla de La metamorfosis, se la recusa con argumentos más razonables, para acabar diciendo poco más o menos: “El arte narrativo de K. posee un algo de raíz profundamente alemana”. En el artículo de Max, por el contrario: “Las narraciones de K. forman parte de los documentos más judíos de nuestra época”.
Un caso difícil. ¿Soy un jinete circense montado sobre dos caballos? Por desgracia no soy ningún jinete, sino que yazgo por tierra.

En la correspondencia con Milena, Kafka muestra esa actitud desesperanzada sobre su condición de judío en Praga:

Me pasé ahora las tardes por las calles, bañándome en el antisemitismo popular. Hace poco oí decir que los judíos eran una “turba inmunda”. ¿No es natural que uno se vaya de donde es tan odiado? No hace falta para eso ni el sionismo ni el sentimiento nacional. El heroísmo de los que a pesar de todo se quedan es el de las cucarachas, que tampoco pueden extirparse del cuarto de baño.

Kafka, visionario o profeta

En un artículo de El país Rafael Argullol escribía acerca de “el involuntario profeta Kafka”: “Tiene presentimientos, pero no presagios, y sus personajes son de una paciencia poco acorde con los furores visionarios”. Kafka se anticipó a su tiempo, supo ver el desconcierto, la sensación de abandono, el absurdo de la existencia en un mundo en el que el individuo se siente perdido, azotado por los vaivenes de la historia; y no como un personaje secundario, del que habla Charles Simic, sino como un extra de escaso valor que puede ser vapuleado, trasladado en masa, confinado en las más terribles condiciones, asesinado o convertido en víctima de ese cínico eufemismo llamado “daños colaterales”.

Para Arnoldo Liberman “sin conocer el Holocausto, la agudísima sensibilidad de Kafka prefiguró la inminencia de un poder absoluto que obviaría el carácter sagrado de la humanidad”. Resulta tentador sentir los escritos de Kafka como una profecía, aunque no creo que él hubiera podido imaginar lo que el siglo XX iba a traerle al ser humano. Ahora sí lo sabemos. Conocemos hasta dónde somos capaces de llegar.

Kafka, ese gran humorista

Señala Arnoldo Liberman que Kafka “ve el lado siniestro de la mentalidad burocrática, anunciando el advenimiento del nazismo”.  Para Hannah Arendt, una de las diferencias entre la anticuada dominación burocrática y el totalitarismo moderno es que “los gobernantes austriacos y rusos de la preguerra (…) se satisfacían con controlar solamente los destinos exteriores, dejando intacta toda la vida íntima, del alma”. Sin embargo, la burocracia totalitaria “penetró en el individuo particular y en la vida íntima con la misma brutalidad”. Y escribe Hannah Arendt acerca de Kafka: “En lugar de inspirar una profunda decepción, la burocracia austriaca, más bien impulsó a su más importante escritor moderno a convertirse en humorista y crítico de todo”.

La obra de Kafka es tan rica y compleja que, como escribe Arnoldo Liberman, “las interpretaciones puede multiplicarse infinitamente”; por ello “lo esencial de la peregrinación de Kafka no consiste en ir de lugares en lugares, sino de exégesis en exégesis, de comentarista en comentarista”.

La metamorfosis es la historia de un ser humano que se ha convertido en el paradigma de la enajenación y la pérdida de identidad. Gregor Samsa acaba siendo eliminado sin dejar rastro, ante la mirada indiferente de los otros. La escena más terrible de La metamorfosis es precisamente la más humorística. La criada, después de deshacerse del cadáver de Gregor, acude a informar a la familia, pero ellos no quieren saber nada de ese asunto:

«Bueno, ¿qué es lo que desea?», preguntó la señora Samsa, que era la que más respeto inspiraba a la asistenta. «Pues», respondió esta sin poder seguir hablando de tanto reír afablemente, «no se preocupen de cómo desembarazarse de la cosa esa de al lado. Ya está todo arreglado.» La señora Samsa y Grete se inclinaron otra vez sobre sus cartas como para seguir escribiendo; el señor Samsa, que advirtió que la asistenta se disponía a describirlo todo con lujo de detalles, la hizo callar extendiendo la mano con gesto decidido.

A tientas

Algunos amigos de Arnoldo Liberman le han reprochado la abundancia de citas en sus libros (él lo llama su “citorrea”). Las citas son para él “el punto de encuentro con el Otro, ese diálogo que Don Antonio Machado narraba como la conversación del hombre que llevaba conmigo”:

Sucede que muchas veces sólo encuentro la palabra del otro como reflejo de mis propias vicisitudes. Ya Montaigne era consciente de la precariedad de las palabras: “Hago decir a los demás lo que yo no puedo decir con tanta perfección, ya sea porque mi lenguaje es débil, ya sea porque lo es mi juicio”. Palabras sustraídas de labios ajenos para intentar llegar al límite de lo expresable.

La obra de Kafka no es “como el hacha para el mar helado que está dentro de nosotros –como él decía– sino como un susurro prójimo, como un estremecimiento  compartido, como un secreto a medias”.

“Quiero tener luz sobre las últimas cosas”, escribe a Max Brod y éste señala que Kafka ha sabido plasmar la lucha espiritual del hombre moderno, que busca a tientas algo que está por encima de él.

Kafka ha acompañado a Arnoldo Liberman a lo largo de su vida, desde que en 1942, oculto en la cocina, oye cómo su padre le dice a su madre “Viejita, matarán a todos los judíos”. Kafka lo ha acompañado en sus dudas, en su necesidad “de arrojar cierta luz sobre los enigmas más profundos de la vida humana”: “Soy un hermano menor de Franz tanto en sus vicisitudes metafísico-religiosas como en sus interrogantes sin respuesta”. Y lo ha acompañado en sus sentimientos de culpa, la culpa existencial de estar vivo después tantos “muertos hermanos arrasados por el terror nazi”.

El amor por Kafka está unido al amor que Arnoldo siente por su abuela –su querida bobe–: “Ella hizo de mí un ser no ciertamente feliz pero sí sensible a las vicisitudes del vivir”. Kafka había escrito en sus diarios: “Teóricamente hay una completa posibilidad de felicidad: creer en lo imperecedero en uno mismo y no buscarlo”.

Existen autores que nos ayudan a vivir. Kafka ha ayudado a Arnoldo Liberman, pues gracias a él y a la lectura de su obra, fue aprendiendo:

Que ser libre es hacer lo que nadie puede hacer en mi lugar; que la vida es –pese a todo– una dádiva, algo que no se puede rechazar aunque mucho de ella sea execrable. Que su oscuridad me llevó a la fantasía del suicidio pero donde primó, por contrario imperio, la magnificencia de estar en la tierra. Con Franz aprendí que el suicidio es siempre el “asesinato del otro”, de aquel “a quien amamos más que a nosotros mismos” y está dentro de nosotros. Con Franz aprendí a ser kafkiano, es decir, a interrogar tenazmente el sentido de la existencia; a demorarme en sus vericuetos metafísicos; a privilegiar en determinados instantes el momento redentor en que se revela lo sagrado que se halla oculto poniendo de manifiesto lo divino que está reprimido, para privilegiar, en otros, la sensación de que el mundo es una catástrofe que se nos viene encima; a ser –por vocación– un caminante de cornisas, a conceder más presencia a la respiración agitada que al pensar meditativo; a saber que el juicio puede postergarse indefinidamente pero uno debe luchar por obtener la absolución total.




*Arnoldo Liberman (Concepcion del Uruguay, Entre Ríos, argentina, 1933) es médico psicoanalista y escritor. Reside en Madrid desde hace casi 40 años. Es autor de poemarios y libros de ensayo, sobre temas psicológicos y musicales. Como musicólogo es asiduo autor de programas para el Auditorio Nacional, el Teatro Real de Madrid y el Teatre del Liceu de Barcelona. Actualmente es asesor cultural de la comisión del Teatro Real.

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