martes, 21 de julio de 2015

“Trastos, recuerdos, una biografía de Wisława Szymborska”

A Wisława Szymborska le gustó su biografía escrita por Anna Bikont y Joanna Szczęsna, y publicada por primera vez en 1997. Entre febrero y mayo de ese año la poeta había mantenido conversaciones con las autoras y les había facilitado las fotografías que guardaba “en sobres grises repartidos por los cajones”. Aquel material acabó convirtiéndose en el álbum fotográfico que ilustra el libro. El título, Trastos, Recuerdos, está tomado de uno de los poemas más famosos de Wisława, “Para escribir un currículum”:

Pasa por alto perros, gatos y pájaros,
trastos y recuerdos, amigos y sueños.

En una velada poética, en octubre de 2010, Wisława Szymborska (Kórnic, 2 de julio de 1923-Cracovia, 1 de febrero de 2012) había comentado: “Confesarse públicamente es como perder tu propia alma. Hay que guardar algo para uno. No puede derrocharse todo”. En otra ocasión les dijo a sus biógrafas:

Soy una persona muy chapada a la antigua que se resiste a hablar de sí misma. Aunque quizás sea, más bien, al contrario: soy vanguardista: ¿y si en épocas venideras la moda de desnudarse públicamente fuera cosa del pasado?


Anna Bikont y Joanna Szczęsna rastrearon detalles de la vida de Wisława Szymborska a través de sus obras, y especialmente, de aquellas maravillosas reseñas publicadas bajo el título de Lecturas no obligatorias, en las que se vislumbraba algo de sus gustos, sus fobias y sus filias. Adoraba a Montaigne, le interesaban los índices, las notas al pie de página y las citas. Admiraba a Rilke y Cavafis, a Thomas Mann, a Fellini. Muchas veces “confesó su admiración, rayana en la devoción, por Vermeer”. Y escribió sobre su nerviosismo cuando estaba cerca del gran poeta Czeslaw Milosz cuya obra consideraba una lectura obligatoria.

Le gustaban los animales, pero no tenía mascotas. Le fascinaban los monos –algunos protagonizaron poemas como “Los dos monos de Brueghel”–, aunque, cómo les confesó a sus biógrafas, no sabía decir por qué.

Anna Bikont y Joanna Szczęsna reconstruyeron también el árbol genealógico de Wisława y conversaron con ella acerca de la relación con su familia y del enorme amor que sentía por su padre, quien murió en 1936, a los sesenta y seis años. La madre, bastante más joven que el padre, murió en 1960, a los setenta y un años:

Cuando le preguntamos por qué en sus recuerdos infantiles el padre tiene mucha mayor presencia que la madre nos contestó: “Era con mi padre con quien yo conversaba. Con mamá íbamos creciendo, llevábamos limpios el cuello y los calcetines. Mamá no era pintoresca. Era valiente, y fue zarandeada por una vida que acabó poniéndoselo muy difícil, especialmente durante la guerra.

Siempre estuvo muy unida a Nawoja, su única hermana, que murió en 1997. Según contaba la poeta y amiga Ewa Lipska, mientras vivió Nawoja, fue importante para Wisława ir a comer a casa de su hermana, quien le preparaba también botes de comida. Otro de los más famosos y divertidos poemas de Wisława Szymborska es el “Elogio de mi hermana”:

En los cajones de mi hermana no hay viejos versos,
ni poemas recién escritos en su bolso.
Y cuando mi hermana me invita a comer
sé que no es con la intención de leerme sus versos.

Wisława y Nawoja, que recibieron una esmerada educación, pertenecían a esa generación de europeos que sufrieron los desastres de la guerra y la posguerra. Conocemos poco de la vida y de las dificultades que tuvo que atravesar la familia en la Polonia ocupada. Sí sabemos que Wisława y otras compañeras asistían a clases clandestinas en sus propias viviendas. 

Wisława Szymborska pasó de ser una convencida comunista, a adoptar una postura crítica, que la llevó a abandonar el partido en 1966. No volvió a editar sus primeros libros, ni siquiera incluyó estos poemas en sus antologías. Algunos le reprocharon su pasado, incluso cuando en 1996 la poeta recibió el Premio Nobel. Acerca del poema a la muerte de Stalin (“Nada de Su vida pasará al olvido/ Su partido despeja las tinieblas”), que escribió en 1953, le dijo a sus biógrafas: “Lo escribí con toda la sinceridad de mi corazón. Hoy día es imposible comprenderlo”. Sobre aquella época escribió en los años 90:

No considero aquellos años totalmente perdidos. Me dieron una resistencia ante cualquier tipo de doctrina que exime al hombre de la obligación de pensar por sí mismo. Sé lo que es ver sólo aquello que uno quiere ver, oír lo que quiere oír y acallar efectivamente todas las dudas.

Trabajó durante quince años en la revista Zycie Literackie, donde fue, entre otras cosas, redactora anónima del Correo Literario, una sección en la que daba consejos, con divertidas observaciones muy serias, a poetas noveles que enviaban sus textos:

Nos entristece que trate usted el verso libre como la liberación del cualquier rigor. (…)La poesía era, es y será siempre un juego, y no hay juego sin reglas. Lo saben los niños, ¿por qué los adultos lo olvidan?

El humor era una parte esencial de la vida y la obra de Wisława Szymborska. En una ocasión escribe:

¿Humor? ¿Qué es el humor? En la percepción general, y superficial, significa la fabricación de chistes o una hilaridad bovina. Sin embargo, el humor es realmente la gran tristeza capaz de vislumbrar cosas graciosas.
De la antología Paisaje con grano de arena (Lumen, 1997). Traducción de Jrtzy Skvomirsky  y Ana María Moix
La poética

No le gustaba hablar de poesía: “Para mí, hay algo irritante en la facilidad con que los poetas escriben sobre la poesía”. En uno de sus textos del Correo literario escribió:

En cualquier poema se trata de crear la impresión de que ésas y no otras palabras precisas esperaban desde siglos para encontrarse y unirse en un solo conjunto ya inseparable. (…) Son pues las mismas palabras que figuran muertas en los diccionarios o viven nuestra vida en el habla. ¿Cómo es que en la poesía brillan galantes, como si fueran totalmente nuevas, recién descubiertas por el poeta?

Wisława Szymborska “consideraba que el acto de crear era un secreto, un enigma”. Así lo expuso en una reseña sobre el libro Historia del Próximo Oriente en la Antigüedad, «donde afirmaba que lo más importante en un poeta es la fe “en los poderes misteriosos que dormitan en cada objeto” y expresaba el convencimiento de que “con la ayuda de palabras especialmente seleccionadas logre despertarlos”». Cuando le dieron el premio Nobel declaró en una entrevista: “Ningún dinero sustituirá a la mágica fuerza, al sufrimiento y al placer de escribir”.

Contaba que empezó escribiendo para sí misma cuentos cortos que se fueron haciendo más cortos, hasta que uno llegó a convertirse en un poema. Como señalan sus biógrafas, cada poema contiene, o casi, elementos de un “acontecimiento”, “hecho real” o “relato corto”.

En un curso de posgrado, en los años 90, dijo que “el acto creativo más importante de un poeta era borrar y el mueble más importante de su casa, la papelera”. Para ella también fueron esenciales los cajones; así se lo explicó a una de sus biógrafas:

Para mí es uno de los inventos más importantes de la humanidad. Habría que edificar un monumento al anónimo inventor del cajón. Yo tengo en casa cincuenta y seis cajones ahora. Se puede comprobar.

El amor

Wisława Szymborska se casó en 1948 con Adam Wlodek, poeta, traductor y crítico literario. Con él se fue a vivir a un diminuto apartamento de la Casa del Escritor, en la calle Krupnicza 22. Se divorciaron en 1954, pero siempre mantuvieron una gran amistad.

A finales de los años 60 comienza su relación sentimental con el escritor Kornel Filipowicz, que se prolongará hasta la muerte de este en 1990. Algunos críticos han hablado sobre la influencia de Kornel Filipowicz en la importancia que va adquiriendo en la poesía de Wisława Szymborska “la sensación de infinidad del mundo y el convencimiento de que todo es importante”.

A través de los textos vamos conociendo lo que significó esta relación para Wisława Szymborska. Dedicó a Kornel Filipowicz los más hermosos poemas de amor, sin sentimentalismos, ni siquiera cuando sufrió su pérdida y escribió los estremecedores versos de “Un gato en un piso vacío” o “Despedida de un paisaje”. También a admiraba a Filipowicz como escritor. En 1968 leyó una antología de relatos de Filipowicz titulada Muchacha con muñeca o sobre la necesidad de tristeza y soledad y pensó: “Igual que yo. Yo también necesito de tristeza y soledad”.

No faltaron en esta relación muchos detalles divertidos. En una reseña sobre el libro ABC de la elegancia masculina, escribe Wisława:

Cuando una vez le dije al hombre amado que los zapatos que llevaba sólo servían para el cubo de basura, interrumpió el contacto visual conmigo, abrió la ventana y empezó a otear la lejanía melancólicamente.

Los viajes

Wisława Szymborska viajó por su país y por otros países de Europa. Lo que “guardaba en la memoria de un viaje solía ser un elemento, un detalle, un episodio que dispara la imaginación”. Le gustaba fotografiarse junto a los letreros de los nombres de las poblaciones y no aguantaba mucho tiempo dentro de un museo, pues después de ver algunos cuadros solía decir: “Noto que la cabeza me empieza a chapotear”.

En 1954 salió por primera vez de Polonia en un viaje a Bulgaria. Más tarde visitó París, Italia, Leningrado… En Amsterdam pudo ver algunos cuadros de su admirado Vermeer. Asistió a algunos congresos de poetas hasta que se cansó: “Un poeta, muy bien, dos poetas bien, pero cien poetas, es ridículo. Hace mucho que renuncié a participar en esa clase de eventos”. Sin embargo acudía a veladas poéticas dedicadas a ella fuera del país, como en Praga o Gante. En 1967 pasó por Colliure y en uno de sus artículos escribió más tarde:

Hay poetas fuentes. Sin fuentes no habría ríos, y solamente los libros atraviesan las fronteras de las regiones lingüísticas. Machado se me antoja un tesoro local, una grandeza inamovible, el secreto del paisaje español.

Lo Kitsch

Como explican sus biógrafas, Wisława Szymborska “siempre sintió debilidad por los “Trastos y recuerdos”, los objetos kitsch, los gadgets raros traídos de sus viajes al extranjero, o las cosas viejas buscadas a propósito en los mercadillos”. En sus Lecturas escribía: “El Kitsch cuanto peor es, tanto mejor, es decir, más divertido”. De ahí que confesara, sin vergüenza alguna, que veía Dinastía, la famosa serie de televisión de los años 80.

Estaba convencida de  que “existe una fuerte relación entre una obra maestra y el Kitsch, vivificante para ambas partes. Una época sin Kitsch sería una época sin posibilidades para las obras maestras”.

Con sus amigos Wisława jugaba a inventar liméricos, como llamaban a burlescos poemas rimados que podían estar inspirados, por ejemplo, en la desastrosa comida de un restaurante. Y fue también muy aficionada a los collages; enviaba divertidas postales que ella misma elaboraba con recortes de revistas. Cuando invitaba a sus amigos a cenar, solían organizar una rifa en las que todos ganaban alguno de esos objetos kitsch o artilugios imposibles que inundaban la casa de la poeta.

Amigos, sueños y casualidades

Wisława Szymborska cultivaba las viejas relaciones y las amistades. En una carta escribía:

Por encima de todo, aprecio la amistad. Es uno de los sentimientos más potentes y bellos. (…) El encanto del amor consiste también en una especie de permanente amenaza. En cambio, la amistad brinda mayor sensación de seguridad.

También pensaba que en una verdadera biografía deberían aparecer, además de los amigos, los sueños. Aunque el principal problema para interpretar los sueños era el de las  dificultades de la traducción

En sus poemas y su prosa aparecía a menudo la casualidad, “esa forma menor del milagro”:

Por ejemplo, llegaron a sus manos tres tomos de los Ensayos de Montaigne, reeditados en 1985, y el solo hecho de pensar que pudieran haber desaparecido o nunca existido la impulsó a escribir una alabanza de la casualidad, la misma casualidad que permitió que Michel de Montaigne llegara a la edad suficiente para poder crear dicha obra.

Anna Bikont y Joanna Szczęsna reeditaron en 2012 Trastos, recuerdos, una biografía de Wisława Szymborska. En 2015 la editorial Pre-textos, con una traducción de Elzbieta Bortkiewicz y Ester Quirós, ha publicado en español esta biografía.

Wisława le dijo a Joanna Szczęsna en una entrevista: “Ese momento en que el hombre está abierto a cosas más elevadas que la pura cotidianidad eso es el alma para mí”. Bendita casualidad que le permitió a Szymborska tener una larga vida para poder escribir esos poemas en los que nos dejó parte de su alma. 


NOTA: Los fragmentos de los poemas "Para escribir un currículum" y "Elogio de mi hermana" pertenecen a la antología Saltaré sobre el fuego (Nordica, 2015), traducida por Abel Murcia y Gerardo Beltrán.

4 comentarios:

  1. Me ha encantado, muchísimas gracias, Carmen

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  2. Ameno y excelente artículo, muchas gracias.

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    1. Gracias a ti por tu lectura. Me alegro mucho de que te haya gustado. Wislawa era tan excepcional...

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