martes, 26 de mayo de 2015

“Lo que no tiene nombre” y “Parece una tontería”

                                                                               Y recuerda cuando la vida era
                               dulce y ya no puede encarar dulcemente lo que le queda de
                               vida
                                                                               Raymond Carver, “Limonada”

Lo que no tiene nombre, de la escritora colombiana Piedad Bonnett, llegó a mis manos de manera casual. Pensé que no iba a leerlo, pues la trama era tan dolorosa que en aquel momento no podía enfrentarme a ella. Sin embargo, parece como si hubiese libros que no eligiéramos; que fueran ellos los que nos eligiesen a nosotros. Cuando leí la primera página supe que no abandonaría aquella historia.

Piedad Bonnett escribe Lo que no tiene nombre tras la pérdida de su hijo Daniel, un joven artista de 28 años que se suicida en Nueva York, después de haber convivido con una enfermedad mental durante ocho años. Había luchado, había conseguido controlarla, pero nunca estuvo a salvo de ella.

De manera directa y a la vez poética, con sentimiento y sin sentimentalismos, Piedad Bonnett nos cuenta la historia de su hijo y crea un relato a partir de su experiencia, de sus emociones y reflexiones como madre. A través de la literatura se trata de comprender el dolor, de aceptarlo y de seguir viviendo. El libro, como ha señalado su autora en alguna entrevista, acaba convirtiéndose en un canto a la vida. Piedad Bonnett logra mantener vivo a su hijo en las palabras: “Yo he vuelto a parirte, con el mismo dolor, para que vivas un poco más, para que no desaparezcas de la memoria. Y lo he hecho con palabras, porque ellas, que son móviles, que hablan siempre de manera distinta, no petrifican, no hacen las veces de tumba”.

viernes, 8 de mayo de 2015

“Continente salvaje” o la guerra que no acabó en mayo de 1945

La Segunda Guerra Mundial era como un enorme superpetrolero que surcaba las aguas de Europa: tenía tantísimo ímpetu que, si bien hubo que cambiar totalmente sus motores en mayo de 1945, su recorrido turbulento no se detuvo hasta muchos años después.
                                              Keith Lowe, Continente salvaje
“Imaginemos un mundo sin instituciones. Es un mundo en el que las fronteras entre países parecen haberse disuelto, dejando un único paisaje infinito por donde la gente viaja buscando comunidades que ya no existen”. Así comienza Keith Lowe  Continente salvaje, un libro sobre la historia europea en la época inmediatamente posterior a la II Guerra Mundial. Europa, después de la experiencia traumática de la guerra, se despertó en medio de la devastación, la oscuridad y el caos.
En algunos territorios se había arrasado todo, a veces para que nada cayera en manos enemigas. Las comunicaciones eran difíciles, el dinero carecía de valor, no había nada que vender o comprar, no existían la ley y el orden; sólo había hambruna, ciudades convertidas en escombros, industrias destruidas o desmanteladas.

viernes, 1 de mayo de 2015

Una conversación intrascendente

Una conversación intrascendente


He contado otra vez
la historia de mi plancha para el pelo,
la necesidad de mantener
el peinado a toda costa,
la forma de amortizar un aparato
cuya relación calidad-precio
queda fuera de toda duda.
En el fondo le estoy agradecida
por haberme propiciado tantos
minutos de agradable conversación.
Debería hacer una lista
con todo aquello que me une al mundo,
creo que la plancha del pelo
ocuparía sin duda un lugar en la misma.
Si alguien me dejara llegar hasta el final
antes de que habláramos
sobre la bondad de otros métodos
para alisar o rizar el cabello,
podría extenderme, referirme
al pasaje de Heródoto sobre las Termópilas,
y después acabaría con el poema de Carver.
Contaría cómo uno me llevó a otro
y viceversa. Esos espartanos
lo bastante locos
como para lanzarse a la muerte
suelen inmiscuirse
en el asunto de mi plancha.
Es una cuestión poco apropiada
y la soslayo discretamente.
Hablo entonces del diseño
y muestro como ejemplo un mechón de mi pelo.
Los que me escuchan asienten, tocan,
se sorprenden,
han comprendido que eso es importante.
Sobre todo ahorro, les digo,
he ahorrado más en peluquería
que lo que esta bendita plancha me costó.
En cuanto a los guerreros lacedemonios
mejor eludirlos por el momento,
no hablar de ellos más allá
de lo estrictamente necesario.

A,A.G.