sábado, 2 de enero de 2016

Alice Munro visita a Horacio

Cuando a finales del siglo I a. C. el poeta Quinto Horacio Flaco escribió la composición número 11, del Libro primero de sus Odas, no podía imaginar el destino que aguardaba a esas palabras dirigidas a una tal Leucónoe:  Tu ne quaesieris, scire nefas, quem mihi, quem tibi/ finem di dederint...[1] En el último verso de la oda, una simple exhortación: carpe diem, disfruta –cosecha– el día, se convertiría en uno de los tópicos más famosos de la literatura y en un monumento de la cultura universal.


La literatura culta y la sabiduría popular se unieron en esta frase en la que una lengua, de las que hemos llamado muertas, sigue permaneciendo viva.

 

Unos dos mil años después, en el relato Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, la escritora canadiense Alice Munro (Premio Nobel en 2013) regresa al poema de Horacio para ilustrar una epifanía, el momento en que una adolescente toma plena conciencia de que el futuro es imprevisible y de que ciertas palabras, ya sean necias, peligrosas o inocentes, pueden cambiar el curso de una historia.

 

En Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio[2], traducido por el escritor argentino Marcelo Cohen, las vidas de unos personajes se cruzan en un pueblo de Ontario, Canadá, a finales de los años 50 y principios de los 60 del siglo pasado.

 

Johanna Parry trabaja de ama de llaves en casa del señor McCauley, donde cuida de Sabitha, la nieta de este, huérfana de madre. Ken Boudreau, yerno del señor McCauley y padre de Sabitha, vive en otro lugar. Ahora es dueño de un destartalado hotel con el que le han pagado unas deudas.

El señor McCauley suele recibir cartas de su yerno, con “un tono desesperado y adulador, mezclado con cierta arrogancia, el convencimiento de que se le debía una reparación por las heridas infligidas, la vergüenza sufrida…”. Boudreau ni siquiera estaba seguro de ser el padre de Sabitha.

 

Johanna, nueva Cenicienta o hada madrina, sabía que casi nadie se encariñaba con ella. No era atractiva, ni cuidaba su aspecto. Cuando decide comprarse un vestido se mira al espejo: “Con el traje no había ningún problema. El problema era lo que asomaba. Su cuello y su cara, el pelo y las manos grandotas y las gruesas piernas”.

Pero Edith, una amiga de Sabitha, va a cruzarse en los destinos de Johanna y Ken Boudreau. Edith es una chica “«muy madura para su edad», diligente, crítica”, que al comenzar la narración estudia Bachillerato y está convencida de que “se reconocería y alabaría su inteligencia y de que tenía ante sí un gran porvenir”.

El anciano señor McCauley va contando a todo el pueblo la desgracia. Su ama de llaves lo ha abandonado y se ha ido con el insensato Boudreau. Al enterarse, Edith siente que el pasado vuelve “con un escalofrío, una alarma invasora”. Todo aquello estaba relacionado con un necio juego que ella misma había tramado. Nada que ver con los juegos tontos de Sabitha:

La mayoría de las ideas buenas eran de Edith. La única que se le había ocurrido a Sabitha fue lo de escribir el nombre de un chico y el propio, tachar todas las letras que aparecían más de una vez y contar las restantes. A continuación había que ir contando con los dedos y diciendo «Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio», hasta que se llegaba al número, y ese era el veredicto sobre lo que podía pasar entre una y el chico.

Esos infantiles cálculos babilonios no podían compararse al placer de una burla. Un día las dos amigas van a correos a echar una carta de Sabitha para su padre. Edith se percata de que el sobre es demasiado grueso. Lo abren y encuentran una larga carta de Johanna a Ken Boudreau. Ella le cuenta su vida, su niñez en un orfanato y cómo acabó cuidando a la anciana señora Willets, que le había dejado algo de dinero: “Murió a los noventa y seis años. Usted dirá qué vida para una persona joven, pero yo era feliz.”

Boudreau no contestó a la carta, así que Edith se encargó de responder. Con sus palabras, escritas cuidadosamente a máquina, va creando el personaje de Ken Boudreau, un hombre tierno, que compadece y admira a Johanna: “En cuanto a mí, he vivido a salto de mata y nunca me he asentado del todo. No sé por qué tengo esta inquietud y soledad interior; parece que es mi destino”. Y Johanna comienza a escribir cartas que Boudreau no leerá jamás, pues acabarán siendo rotas en pedacitos y tiradas “al váter de la casa de Edith”.

Llega el verano y Sabitha se marcha de vacaciones con unos tíos. Cuando regresa, Edith percibe que las dos son muy distintas. Sabitha parecía demasiado alocada y poco inteligente. Además, tenía pechos. Edith no se había dado cuenta de si le habían empezado a crecer antes de que se fuera; sin embargo, comoquiera que salieran, parecían indicar una ventaja del todo injusta e inmerecida”.

Sabitha le insiste a su amiga para que escriba una nueva carta. A Edith ya no le interesaba ese juego “pero la complació que en el caso de Sabitha no fuera así. Recuperó cierta sensación de poder sobre ella”. Será la última carta, la que cambiará el destino de los personajes. Boudreau le dice a Johanna que ha pensado mucho en ella y ha soñado con ver su “dulce rostro”:

Cuando tenía fiebre me parecía verlo realmente, inclinado sobre mí, y oía tu voz diciendo que pronto estaría mejor y sentía las atenciones de tus bondadosas manos. (…) Me cuesta acabar esta carta porque es como si te tuviera entre mis brazos mientras conversamos en voz baja en la penumbra de nuestra habitación, pero debo despedirme y solo puedo hacerlo si te imagino leyendo estas líneas y ruborizándote. Sería maravilloso que las leyeras en la cama, en camisón, pensando cuánto me gustaría estrujarte entre mis brazos.

Johanna había tomado una decisión. Le escribe una carta a Boudreau que este tampoco leerá, pues está muy enfermo y no puede ir a recoger el correo. De modo que cuando Johanna llega al ruinoso hotel donde él vive se encuentra a un hombre con bronquitis, fiebre alta, y en unas condiciones deplorables.

Johanna lo cuida hasta que se recupera y le baja la fiebre. Al despertar de su letargo Baudreau ni siquiera recuerda el nombre de aquella mujer ni sabe qué está haciendo allí. Mientras ella arregla la cocina, le abre el bolso y lee en una etiqueta: “Johanna Parry”. Pero en el bolso hay otras cosas: un poco de dinero y una libreta de ahorros que “abrió automáticamente, sin esperar nada extraordinario”. Allí estaba el pequeño capital de Johanna, sus ahorros y la herencia de la señora Willets:

La cantidad no era deslumbrante, pero impresionaba. Daba solidez a la mujer. En la mente de Ken Boudreau, añadía un tapizado sedoso al nombre de Johanna Parry.

Y entonces, las palabras de la carta de Edith se convierten en realidad:

          –¿No llevaba puesto un vestido marrón? –preguntó cuando ella subió con el café.
–Sí. Al llegar.
–Pensé que era un sueño. Y era usted.
–Como en su otro sueño –apuntó Johanna, cuya pecosa frente se arreboló.

Al  día siguiente Johanna le habló con determinación a Ken Boudreau. Trazaron planes. El empezaba a tener “pensamientos de regeneración” y ella se daba cuenta de que podría manejarlo bien: “Había sentido algo semejante por la señora Willets, otra persona hermosa e inconstante, necesitada de cuidados y dirección”.

¿Y las cartas? Johanna las había destruido después de leerlas y aprendérselas de memoria. Ahora no tenía sentido hablar de ellas, podían herir el orgullo de Ken:

Desde luego no quería que cayeran en manos de Sabitha y su taimada amiga. Sobre todo el párrafo de la última carta sobre la cama y el camisón. Claro que esas cosas sucedían, pero ponerlas por escrito podría considerarse vulgar o sentimental, o provocar burlas.

Ha pasado el tiempo. Para Edith aquello había tomado “un giro fantástico pero insulso. Y también ofensivo, como un chiste o una advertencia insensata que intentaba clavarle sus garras”. En la mesa de la cocina, mientras su madre habla de nuevas noticias, Edith hace sus tareas de latín. Es la traducción de una oda de Horacio:

            «No debes preguntar, se nos prohíbe saber…».
Hizo una pausa, mordió el lápiz y con un escalofrío de satisfacción concluyó: «… qué nos reserva el destino a ti o a mí».


Que el destino os sea favorable en el 2016. Carpe diem, como nos recordaba el viejo, y siempre joven, Horacio.


[1] ODA (I, 11)

Tu ne quaesieris, scire nefas, quem mihi, quem tibi
finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios
temptaris numeros. ut melius, quidquid erit, pati!
seu pluris hiemes seu tribuit Iuppiter ultiman,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum, sapias, vina liques, et spatio brevi
spem longam reseces. dum loquimur, fugerit invida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero
           
No investigues, pues no es lícito, Leucónoe, el fin que ni a mí
ni a ti los dioses destinen; a cálculos babilonios
no te entregues. ¡Vale más sufrir lo que haya de ser!
Te otorgue Júpiter varios inviernos o solo el de hoy,
que destroza el mar Tirreno contra las rocas, prudente
sé, filtra el vino y en nuestro breve vivir la esperanza
contén. Mientras hablo, el tiempo celoso habrá ya escapado:
goza del día y no jures que otro igual vendrá después.

HORACIO, traducción de Manuel Fernández Galiano, en Odas y Epodos (Ediciones Cátedra, 2000)

[2] El relato Odio, amistad, noviazgo, amor y matrimonio está incluido en la antología de Alice Munro Todo queda en casa (Editorial Lumen, 2014)

2 comentarios:

  1. Qué lejos, Carmen, están los latinismos cultos como el "carpe diem" de los latinajos actuales usados para camuflar las irregularidades de los políticos: "in vigilando", "in eligendo" son eso, latinajos baratos. Verdad?

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    1. Desde luego, Alfonso. Menos mal que siempre nos quedará Horacio...

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