viernes, 18 de marzo de 2016

“Dos años, ocho meses y veintiocho noches” en Lucena


Nosotros, por nuestra parte, nos llamamos a nosotros mismos simplemente «nosotros». «Nosotros» somos la criatura que se cuenta historias a sí misma para entender qué clase de criatura es.
                                      Salman Rushdie, Dos años, ocho meses y veintiocho noches

Dos años, ocho meses y veintiocho noches, es decir, mil y una noches, fue el tiempo que tardó en crearse una dinastía a la que su patriarca, Ibn Rushd, bautizó como Duniazada, “la gente del mundo”, en honor a Duniazar, la hermana de la famosa protagonista de Hazar Afsané, Sherezade.

Así lo relatan las crónicas futuras mil ochocientos años después. Historia o mitología, tal vez sueño o leyenda, lo cierto es que los hechos se transmitieron de boca en boca y en muchas versiones: “Algunos lo llamamos cuento de hadas. Pero en una cosa estamos todos de acuerdo: contar una historia del pasado comporta también contar una historia del presente”, dice el cronista.
La Iglesia de San Mateo se construyó en el mismo lugar donde estuvo la sinagoga
que más tarde sería mezquita. Cuando Ibn Rushd vivió en Lucena ya se había iniciado la
decadencia de la aljama judía. Muchos judíos que no se quisieron convertir al Islam tuvieron
que marcharse. Algunos de los más cultos formaron parte de la Escuela de Traductores de Toledo.
Este artículo es una aportación más a la historia. Nos centraremos en el lugar donde todo comienza y añadiremos algunas imágenes que puedan serles útiles a aquellos que deseen profundizar en la materia, viajando con la literatura a través del tiempo y el espacio.

Salman Rushdie, encargado de recoger las palabras de los cronistas del futuro, ya nos hablaba en 
Imagen cedida por el gran cronista gráfico 
Antonio Muñoz Cañete, "ORTEGA",:
"Las plantas pródigas desbordaban lasalmenas 
del jardín del palacio de los duques de Mecinaceli". 
Pero durante una época prosaica los jardines 
desaparecieron. Ahora, como podemos ver en la
imagen de la portada, hay un edificio
donde se ubica la oficina de Correos.
Joseph Anton, sus memorias, del vínculo que le unía a Ibn Rushd: “El primer obsequio que recibió de su padre, un obsequio como un mensaje en una cápsula del tiempo, que él no entendió hasta su vida adulta, fue el apellido de la familia. “Rushdie” era una invención de Anis”, su padre.

Anis adoptó el apellido “Rushdie” por su admiración a Ibn Rushd (“Averroes” en Occidente),el filósofo cordobés hispano-árabe del siglo XII que llegó a ser qadi o juez de Sevilla, traductor y reconocido comentarista de las obras de Aristóteles. Su hijo llevó el apellido durante dos décadas sin comprender que su padre, un auténtico erudito del islam que a la vez carecía por completo de fe religiosa, lo había elegido en señal de respeto a Ibn Rushd (…).

Como Las mil y una noches, Dos años, ocho meses y veintiocho noches es un relato que contiene muchos otros relatos. A veces estos se bifurcan o confluyen, o caen como capas de una caja china, dando la impresión “de que la digresión es el verdadero principio del universo, de que el único tema verdadero es que el tema siempre está cambiando”.

De esta historia fueron protagonistas seres humanos y también yinn y yinnias –genios y genias–, esas criaturas “hechas de fuego sin humo”, “caprichosos, extravagantes y juguetones”, que viven en su propio mundo, el Peristán o País de las Hadas, separado del nuestro por un velo; pero a veces el velo se abre.

La historia comienza en el año 1195, cuando Ibn Rushd, médico personal del califa almohade Abu Yusuf Yaqub en Córdoba, fue expulsado de la corte y desterrado a Lucena “una aldea llena de judíos que ya no podían decir que lo eran porque la dinastía que había gobernado antes al-Ándalus, los almorávides, los había obligado a convertirse al islam”.

Imagen tomada justo donde
se ubicaba la antigua muralla. La calle
Flores de Negrón lleva
al barrio de Santiago, que en
época de Ibn Rushd solo era un arrabal
Las ideas liberales de Ibn Rushd “resultaban inaceptables para los cada vez más poderosos fanáticos bereberes que se estaban propagando como la peste por la España árabe”, así que “Ibn Rushd, filósofo al que ya no se le permitía exponer su filosofía y cuyos escritos habían sido prohibidos y sus libros quemados, se sintió inmediatamente cómodo entre aquellos judíos que no podían decir que eran judíos”.

El cronista nos dice que Ibn Rushd vivía en “una casa humilde de ventanas diminutas situada en un callejón sin pavimentar y se sentía terriblemente oprimido por la ausencia de luz”. Se dedicó a la medicina, y a otros negocios, como la trata de caballos, “e invirtió dinero en la fabricación de las grandes tinajas de loza en las que los judíos que ya no eran judíos almacenaban y vendían aceite de oliva y vino”.

Un día una chica de dieciséis años se presentó en casa de Ibn Rushd. Dijo llamarse Dunia, “el mundo”, y se convirtió en gobernanta y amante del filósofo. Durante dos años, ocho meses y veintiocho días, Dunia quedó embaraza tres veces y dio a luz cada vez “hasta once, o posiblemente diecinueve,” hijos e hijas. Todos “heredaron su rasgo más distintivo: no tenían lóbulos en las orejas”.

Esa asombrosa fertilidad llevó a Ibn Rushd “a cobrar honorarios exorbitantes a sus pacientes, los enfermos y débiles de Lucena”. El otro problema del anciano filósofo era saciar el apetito sexual de Dunia; así que, para entretenerla, se convirtió en un gran contador de historias, siguiendo el ejemplo de Sherezade, la protagonista del libro persa del que ya se hablaba en esos días, aunque el filósofo aún no lo había leído.

La iglesia de Santiago, en cuya construcción se emplearon
materiales de la derruida sinagoga ubicada en el centro de Lucena

Ibn Rushd fue rehabilitado, volvió a su cargo de médico de la corte de Córdoba y dejó plantada a Dunia, que más tarde se iría también a su mundo: “Para los aldeanos de Lucena fue como si se hubiera esfumado, tal vez convirtiéndose en el humo sin fuego”. Y los dos mundos estuvieron mucho tiempo apartados: “Las ranuras del mundo quedaron cubiertas por las hierbas sin imaginación de las convenciones y por las matas espinosas de lo tediosamente material”. Los hijos de Dunia crecieron y se multiplicaron, y cuando los judíos fueron expulsados de España, la Duniazada se extendió por el mundo. 
           
La incoherencia de los filósofos

El castillo, que después sería el palacio ducal de Medinaceli
La crónica se detiene también en la relación que mantienen Ibn Rushd y Al-Ghazali de Tus. Cien años antes de lo sucedido en Lucena, Al-Ghazali había escrito el libro La incoherencia de los filósofos: “La filosofía, decía en tono de burla, era incapaz de demostrar la existencia de Dios, ni siquiera la imposibilidad de que existieran dos dioses”. Ibn Rushd escribió una réplica, La incoherencia de la incoherencia, y por eso acabó derrotado: “En todos sus escritos había intentado reconciliar las palabras razón, lógica y ciencia con las palabras Dios, fe y Corán”.

Pero ochocientos años después vino la “Era de la extrañeza”. Se abrieron los velos que separaban los dos mundos y comenzaron a ocurrir cosas tan peregrias como que las cenizas de los dos pensadores llegaran a comunicarse y reanudaran sus disputas, y que a los dos los visitaran sus respectivos yinni.

Porque Dunia era la princesa Centella, una yinnia capaz de enamorarse, y fue a charlar con las cenizas de su amado Ibn Rushd, al que le confesó cuál era su verdadera naturaleza. Entonces Ibn Rushd le pidió perdón por haberla abandonado, reconoció legítimamente a la Duniazada y le pidió un deseo a su amada: que sus descendientes supieran de su enemistad con el Dios malicioso de  Al-Ghazali  –para quien la vida de los vivos carece de valor– y se enfrentasen a él.

Algunas tumbas de la antigua necrópolis judía
Durante “dos años, ocho meses y veintiocho días”, Dunia, la que había amado a un hombre por su mente, empezó a reunir a su estirpe, entre la que se encontraba Geronimo Manezes, vivo retrato de Ibn Rushd, un jardinero que vivía en Nueva York pero había nacido en Bombay. El señor Gerónimo cuidaba “las mil y una hectáreas de la finca La Incoerenza” propiedad de la conocida como Dama Filósofa. La crónica narra detalladamente la historia de Gerónimo y sus relaciones amorosas, especialmente la que quizás mantuvo con su antepasada Dunia.

Nosotros los limitaremos a decir que “la era de la Extrañeza” dio paso a la Guerra de los Mundos. Los descendientes de Dunia, la princesa de los yinni, luchaban en su bando. Allí estuvieron Teresa Saca Cuartos, Jinendra Kapoor, o Bebé Tormenta, un bebé milagroso que podía identificar la corrupción: “En cuanto les ponía el dedo encima, los corruptos literalmente empezaban a mostrar en sus cuerpos las señales de la podredumbre moral”. Dunia despertó en ellos al yinn que tenían dentro.
Una imagen del castillo tomada desde el Coso. La torre del
Moral aparece de color rosa. Esa noche debió de visitarnos algún yinn.
Al-Ghazali, Zumurrud y otros de la banda

Los yinn oscuros, denominados ifrits, también salieron por el mundo a hacer de las suyas. El jefe era el Gran Ifrit Zumurrud Shah, yinni personal del filósofo Al-Ghazali, desde que este lo liberara de una botella. Zumurrud no había concedido a su libertador los tres deseos que prescribe la norma en estos casos. Aunque Al-Ghazali estuviera muerto Zumurrud debía cumplir con su palabra. Y este fue el deseo de Al-Ghazali:

Infunde el miedo (…). El miedo es lo único que lleva a los pecadores hacia Dios. El miedo es una parte de Dios, en el sentido de que es la respuesta apropiada de esa débil criatura que es el Hombre al poder infinito y la capacidad punitiva del Todopoderoso.

A Zumurrud lo acompañaban Zabardast el Hechicero, Rubí Resplandeciente el Poseedor de Almas y Ra’im Bebesangre. A los ifrits les gustaba jugar sembrando el terror, pero después había que organizar y para eso no estaban preparados. De modo que Zumurrud visitó la tierra de A, en manos de “una banda de asesinos ignorantes que se hacían llamar los Empollones”, expertos, eso sí, en el arte de prohibir cosas:

Les habría gustado prohibir a las mujeres directamente, pero hasta ellos se daban cuenta de
que no era del todo factible, de forma que se contentaban con hacer las vidas de las mujeres tan desagradables como fuera posible.

Zumurrud se había burlado de Al-Ghazali, pero acabó superando a su maestro, quien había conseguido convertirlo en “soldado de un poder superior”. El Gran Ifrit había descubierto que el miedo y la codicia eran “las herramientas con que se puede controlar a esos insectos”. Y  siguió hasta las últimas consecuencias las enseñanzas de Al-Ghazali:

Y el miedo lleva a la fe, no a modo de cura del miedo, sino de aceptación de que el miedo a Dios es la condición natural y adecuada del destino humano. Enséñales a temer el uso indebido de las palabras. No hay crimen que al Todopoderoso le resulte más imperdonable.
           

La torre del Homenaje. En las mazmorras estuvo preso el rey Boabdil,
Imagen tomada en una de esas noches en las que
los yinn y yinnias visitan Lucena. De ahí que haya aparecido, frente
a la torre, el Empire State Building en miniatura.
Hugo Casterbridge y el regreso a los orígenes

El compositor británico Hugo Casterbridge –que no tenía lóbulos en las orejas y que procedía de inmigrantes judíos hispanos– popularizó el término “extrañeza” y creó un nuevo grupo intelectual que asumía una postura que él denominaba “posatea”. Para un mejor conocimiento de la teoría de Casterbridge les remitimos a la crónica de los hechos.

Lo cierto es que sus palabras le granjearon furiosas multitudes de enemigos que se agolpaban alrededor de su casa, arengados por un predicador llamado “Yusuf Ifrit, que olía a humo, y que se inmiscuía hasta en el gobierno”. Para Yusuf Ifrit “había que exterminar una plaga que contagiaba a todos”. Se contagiaba con los libros, el baile, la pintura, y sobre todo, con la música:

De modo que al compositor Casterbridge lo visitó un policía. Me temo que va a tener que mudarse usted, señor, hasta que la situación se tranquilice, no podemos garantizar su seguridad en este lugar, y también tiene que pensar en sus vecinos, señor.

Hemos de decir que estos hechos guardan cierta similitud con lo sucedido a Salman Rusdhie, el autor que ha puesto por escrito estas crónicas. Pero esto solo son simples conjeturas.
La gran silla de Lucena delante de la famosa fábrica de muebles
Varios lugares del mundo fueron testigos de batallas y otros enfrentamientos, como la cumbre de las ruinas del gran zigurat de Ur o el asiento de la gran silla de Lucena, donde Hugo Casterbridge fue llevado por un secuestrador, un gran Ifrit, claro. De forma que la historia, que se había desarrollado especialmente en Nueva York, regresa “a Lucena, España, el punto de partida de todo”.

Y en este punto el cronista se detiene en una breve descripción de Lucena, ochocientos años después (mil años antes de que se redacte la crónica). Lucena se ha convertido en un pueblo con numerosas fábricas de muebles. Delante de una de ellas los hermanos Huertas, de cuya existencia damos fe:

Habían construido la silla más grande del mundo, de más de veinticinco metros de alto; fue en aquella silla donde se sentó tranquilamente el Gran Ifrit Zabardast, frío como un reptil, gigantesco pero no tan enorme como su examigo Zumurrud el Grande, llevando en la mano la figura indefensa de Hugo Casterbridge de una forma que a los cinéfilos del público que se estaba congregando les recordó irresistiblemente a Fay Wray forcejeando en la poderosa mano de Kong.

La gran silla justo en el
momento en que se disponía
a aterrizar un Gran Ifrit
No podemos contar lo que sucedió en esa silla, sólo diremos que el Gran Ifrit Zabardast el Hechicero, secuaz de Zumurrud, era gran enemigo de Dunia debido al amor de esta por los humanos; y que allí, en el asiento de la silla, se desarrolla uno de los diálogos más hilarantes de la crónica, el que mantienen el flemático Casterbridge y Zabardast, quien, erigido en un nuevo Cronos, le preguntó al músico si quería decir unas palabras:

El compositor respondió: es terrible cuando uno está hablando metafóricamente y la metáfora se convierte en verdad literal. Cuando dije que los dioses inventados por los hombres se habían levantado para destruirnos, lo estaba diciendo sobre todo en sentido figurado. Resulta inesperado, y casi gratificante, descubrir que mis palabras eran más exactas de lo que yo creía. (…)

A estas elevadas palabras, Casterbridge añadió las siguientes: “Está claro que nunca me habría imaginado a un dios caníbal, (…). Me resulta... decepcionante”.
           
Hay sitio para la esperanza

Mil años después el cronista que recoge los hechos nos recuerda que “la locura que desencadenaron los yinn entre nuestros antepasados era también la locura que acechaba dentro de todos los corazones humanos” y que “al final la cólera, por muy profundamente justificada que esté, termina destruyendo a los coléricos. Igual que lo que amamos nos hace renacer, lo que odiamos nos degrada y acaba con nosotros”. Nosotros, por nuestra parte, nos sentimos orgullosos de que la Duniazada, la gloriosa estirpe cuyo heroísmo ensalzan las crónicas, tuviera sus orígenes en el lugar donde vivimos.

Por último no queremos dejar de mencionar las palabras que Ibn Rushd dijo desde su tumba: “hay sitio para la esperanza”, porque


Los tiranos carecen de originalidad y no aprenden nada del legado de sus predecesores. Se mostrarán brutales y asfixiarán y engendrarán odio y destruirán lo que los hombres aman, y al final será eso lo que los derrote. En última instancia, todas las batallas importantes son conflictos entre el odio y el amor, y tenemos que aferrarnos a la idea de que el amor es más fuerte que el odio.



Publicado en Tendencias 21

2 comentarios:

  1. Reconozco que he escogido un mal día (22M, Bruselas) para leer tu precioso
    trabajo. Menos mal que, al final, me he encontrado con la conclusión tan esperanzadora que Ibn Rushd dictó desde su tumba.
    Gracias, Carmen, un abrazo.

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    1. Gracias por tu lectura, Alfonso. Sin esperanza no podríamos vivir. Un abrazo

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