domingo, 8 de mayo de 2016

Unamuno en "La isla del viento"

Si alguien busca en el Diccionario de la Real Academia Española el significado de la palabra “cocotología”, encontrará esta definición: “Del fr. cocotte “pajarita de papel” y –logía, término acuñado por Miguel de Unamuno”. “Arte de hacer pajaritas de papel”.

Una pajarita de papel se convierte en el hilo que ensarta la historia de La isla del viento*, el primer largometraje de ficción de Manuel Menchón (Málaga, 1977), director de cine que pertenece a una generación nacida ya en democracia. El nombre de Miguel de Unamuno (1864-1936) está asociado a sus recuerdos de instituto, cuando le obligaban a leer alguna de sus novelas. Para unos las obras de Unamuno eran aburridas lecturas obligatorias; para otros, tenían mucho que ver con sus dudas y anhelos juveniles.

Con el tiempo Manuel Menchón descubrió un episodio clave en la vida de Unamuno y en la historia de España: el acto celebrado en el Paraninfo de Universidad de Salamanca, el 12 de octubre de 1936, Día de la Raza. A pesar de la intensidad dramática de los hechos nadie hasta ahora los había recreado en imágenes.

Manuel Menchón descubrió también una fotografía de Unamuno montado en un camello y otra en la que aparecía el escritor, sonriendo, con las manos atadas por una cuerda que lo unía a su compañero de destierro, el diputado Rodrigo Soriano. Un lugareño de Fuerteventura sostenía el extremo de la cuerda que encadenaba a  aquellos dos cautivos, en una escena que bien podría describirse como una parodia de los galeotes quijotescos. En las dos fotografías Unamuno no llevaba sombrero, a pesar del sol, calzaba unas alpargatas blancas y vestía su peculiar traje negro que le confería el aspecto de pastor protestante.

Fotografía: Casa Museo Miguel de Unamuno
Condenado al destierro por el dictador Primo de Rivera, Unamuno pasará cuatro meses en Fuerteventura –del 10 de marzo al 9 de julio de 1924–. Sus vivencias en la isla y lo sucedido doce años después se enlazan en la película con la creación del personaje de Cala, una niña pobre e inteligente en Puerto Cabras, una joven que ha accedido a la educación, en Salamanca. Ella será la encargada de atesorar la pajarita de papel. “Todos los rapaces de Puerto de Cabras conservan y quieren a estas pajaritas de Unamuno”, escribía en 1924 un articulista en el periódico El Tribuno de Las Palmas.

Estos elementos van conformando el excelente guión de La isla del viento, sin que lo importante sea la fidelidad a la anécdota o a los hechos biográficos, sino la fidelidad “al paisaje del alma”. Manuel Menchón consigue una película sensible y poética, sin olvidar la dimensión política de su protagonista y el sentido del cine como arte y entretenimiento.

El gran José Luis Gómez da vida a Unamuno en una magistral e inolvidable interpretación. Alberto Centeno, el director de fotografía, capta la belleza de la luz y los paisajes isleños para convertirlos en un personaje esencial. Todo ello, –unido a la música, la dirección artística, los personajes secundarios que cumplan la función de dar la réplica al irascible y conmovedor Unamuno– nos demuestra que la creatividad, el trabajo en equipo, el empeño en contar una buena historia, no están reñidos con un bajo presupuesto.

La isla “fuertemente venturosa”

Unamuno transforma Fuerteventura en un lugar mítico, en símbolo de lo más auténtico de España, de la vida y de la libertad. El escritor dedica la primera parte de su libro De Fuerteventura a París (París, 1925) a Ramón Castañeyra, de Puerto Cabras:

¡Ay, mi querido amigo, cuanto viva mi alma y en la forma que viviere, vivirá en ella, (…), esa bendita isla rocosa de Fuerteventura donde he vivido con ustedes, los nobles majoreros, y con el Dios de nuestra España los días más entrañables y más fecundos de mi vida de luchador por la verdad!

Unamuno recordaba la isla y a los que le habían acompañado en tertulias y paseos durante aquellos meses: “Dejé esa roca llorando. Es que dejaba en ella raíces en la roca y raíces de roca”. Y hacía dos promesas: “Volveré con el cuerpo, porque con el alma sigo ahí”. La otra promesa, en la que insiste en varias ocasiones, es la de escribir el libro que tratará sobre su cautividad y al que pondrá por título: “Don Quijote en Fuerteventura, ‘Don Quijote en camello a modo de Clavileño’”.

Aquellos sonetos eran “un diario íntimo de la vida íntima de su destierro. En ellos se refleja toda la agonía –agonía quiere decir lucha– de su alma de español y de cristiano”. Acerca del libro escribía en el prólogo del Romancero del destierro (1928):

Durante mi confinamiento en la isla hispano-africana de Fuerteventura escribí unos cuantos sonetos que con otros escritos en París en los primeros meses de mi destierro allí y acompañados de notas intercaladas entre ellos compusieron mi libro De Fuerteventura a París (…) Tampoco todos aquellos sonetos son de circunstancias políticas aunque todos ellos, hasta los que se podría llamar religiosos, y aún místicos, están inspirados por la actualidad política de mi España. ¡Actualidad política! La actualidad política es eternidad histórica y por lo tanto poesía.

En cuanto a la forma elegida, Unamuno había defendido en un principio la libertad métrica, pues para él el ritmo debía brotar del contenido poético, del pensamiento. Pero ya en un artículo de 1911 confiesa que se está reconciliando con la rima, “fuente de asociación de ideas”, fruto del azar y no de nuestra voluntad. Después comenzó a cultivar el soneto: “¡Qué intensidad de emoción no alcanza un sentimiento cuando se logra encerrarlo en un cuadro rígido, en una forma fija!”.

A los dos meses de su llegada a la isla, Unamuno escribe: ¡Oh, fuerteventurosa isla africana,/ sufrida y descarnada cual camello,/ en tu mar compasiva vi el destello/ del sino de mi patria!”. Unamuno recoge en sus poemas las vivencias e impresiones cotidianas, como en el que escribe el 16 de mayo, “mientras enteramente desnudo tomaba baños de sol en la azotea del “Hotel Fuerteventura”, de Puerto Cabras”: “Al sol de la verdad pongo desnuda/ mi alma; la verdad es la justicia”.

La relación de Unamuno con la isla se va estrechando y así lo reflejan sus sonetos, los comentarios, y los artículos publicados en distintas revistas. El gofio, comida esencial de los majoreros, se convierte en materia poética. En un artículo publicado en la revista Caras y Caretas de Buenos Aires, escribe: “¡Esqueleto de pan! Símbolo también de esta tierra fuerteventurosa”. Para Unamuno “el gofio es el alimento de la austera resignación, de la resignada austeridad”. Más tarde, en 1928, escribe estos  versos: “¡Ay qué molino de viento/ Don Quijote de La Mancha,/ el que en mi Fuerteventura/ me molió el gofio del alma!”.

En un soneto se refiere la falta de agua, el mayor problema de la isla: “¡Agua, agua, agua! tal es la magua/ que oprime el pecho de esta gente pobre”. Recorre la isla a lomos de un camello; visita, entre otros lugares, Betancuria y en un poema –“Enjalbegada tumba es Betancuria”– describe la austera tristeza, la blancura del pueblo y de la iglesia, donde se oían los rezos de unas majoreras tocadas con sus mantillas blancas.

También en la revista Caras y caretas publica un artículo sobre la aulaga mejorera: “La aulaga es un esqueleto de planta; la camella es casi esquelética y Fuerteventura es casi un esqueleto de isla”. Unamuno descubre en la aulaga, la retama, la flor del desierto de Leopardi, cuya poesía había traducido: “Y nunca hubiera creído que esta flor del desierto me habría de acompañar y animar en la más fuerte de mis aventuras quijotescas”.

Unamuno menciona en este artículo los tres libros que se llevó consigo al destierro: “Un ejemplar del Nuevo Testamento en su original griego, (…), en papel como tela de cebolla, y dos ediciones microscópicas (…) de la Divina Comedia y de las Poesías, de Leopardi”. Estas serán sus lecturas esenciales, pero también podrá disponer de la excelente biblioteca de Ramón Castañeyra en donde releerá a Galdós.

En el artículo “Este nuestro clima” describe Fuerteventura como un “paisaje bíblico”, evangélico, al igual que su clima: “Aquí se funden y se derriten en el lecho del alma las parábolas, las metáforas y las paradojas evangélicas”. El clima es una bendición y “¡cómo se duerme!”: “¡En mi vida he digerido mejor mis íntimas inquietudes! Estoy digiriendo el gofio de nuestra historia”.

Y en “La Atlántida”, publicado en Caras y Caretas, el 7 de junio de 1924, Unamuno exclama: “¡Ésta es mi Atlántida! ¡Ésta es mi Ínsula Barataria!”.

Platón inventó, creó, no descubrió, la Atlántida, y Don Quijote inventó, creó, no descubrió, para Sancho, la Ínsula Barataria. Y yo espero por la intercesión de Platón y de Don Quijote, o con la ayuda de ambos, inventar, crear y no descubrir la isla de Fuerteventura.

“¡La mar, la mar, la mar! Amar la vida / y amamantarse de la lucha eterna”

A pesar de haber nacido en Bilbao, Unamuno, como una experiencia religiosa, descubre la mar en Fuerteventura, y llega “a una comunión mística con ella”. Si el 24 de mayo, contemplando el último retrato de su mujer escribe: Eres tú, Concha mía, mi costumbre”, pues ella es su “baluarte”, su “más hondo consuelo”, a finales de junio escribirá: “Te has hecho ya, querida mar, costumbre”.

Durante días, por la noche, Unamuno acudía a la costa “a ver si llegaba señal del barco francés que había de sacarme del confinamiento”. Y en un soneto del 25 de mayo leemos estos versos: “Ya como a propia esposa al fin te abrazo,/ ¡oh mar desnuda, corazón del mundo!”.

En el barco, rumbo a Francia, recordará una carta de su “amigo del alma J. E. Crawford Flitch”, su traductor al inglés, que lo acompañó cuarenta días en la isla. Flitch hablaba de que ahora estaba regresando al “desierto de la civilización”, y sus palabras inspiran estos versos de Unamuno: “Un oasis me fuiste, isla bendita;/  la civilización es un desierto/ donde la fe con la verdad se irrita.”

Con la ayuda M. H. Dumay, director de Le Quotidien, que había arreglado todos los detalles, Unamuno se había fugado de la isla. En un comentario escribe: “El día 9 nos evadimos y el 11 llegamos a Las Palmas, donde me reuní con mis hijos. Unos días antes, el 2 de julio, había llegado su amiga argentina Delfina Molina Vedia de Bastianini, mi amiga argentina, con su hija, y se fue el 6”.

Fuerteventura está presente en París, como escribe en la dedicatoria a su amigo Jean Cassou: “Es aquí, en París, donde he digerido a Fuerteventura y con ella lo más íntimo, lo más entrañado de España, que la bendita isla fuerteventurosa simboliza y concentra”. Unamuno echa de menos “la visión del mar”, oír “de Dios el inmortal susurro”. “El cielo aquí, en París, no es más que un charco”, escribe en un soneto.

“Los que clamáis “indulto” id a la porra/ que a vuestra triste España no me amoldo”

En De Fuerteventura a París abundan los sonetos en los que Unamuno muestra su indignación ante la situación política. Alfonso XIII es a menudo objeto de su ira. Se burla de él por su cultura superficial, por ocultar en un supuesto casticismo su falta de rigor. Son varias las anécdotas que sirven para el objetivo de Unamuno y en algunas de ellas compara a Alfonso XIII con su bisabuelo, Fernando VII:

Un siglo ya que al turbulento Riego
hizo ahorcar el abyecto rey Fernando,
el vil tirano de cobarde mando,
siglo en que España no ha hallado sosiego.

Vuelve el digno biznieto al mismo juego
y nos quiere colar de contrabando
la monarquía neta al par que dando
a su tronchado cetro sangre en riego.

Con Primo de Rivera, el “Ganso Real”, Unamuno se despacha a gusto en numerosos sonetos como este: “Fuera de tu casino, tu cotarro,/ no había mundo para ti, mastuerzo”, que finaliza así: “Vuelve a ser nadie ya, pero muy pronto,/ que si no hasta tus mismos asistentes/ te dirán: ¡Tonto! ¡Tonto! ¡Tonto!”.

Y en el comentario al soneto “No hay un puñado de tierra perdido”, referido al desastre de Marruecos, Unamuno escribe: “¡Tumbas! Eso es lo que hemos sembrado por el mundo; eso es lo que dejaremos en Marruecos: Que no será la cuna de ningún español que nos ensanche el cielo”.

En París Unamuno continuará escribiendo sonetos combativos. En uno de ellos se lamenta por la muerte de unos jóvenes revolucionarios condenados a garrote vil; y se manifiesta contra la pena de muerte, a la vez que se burla de Alfonso XIII al que le parece que esta manera de aplicar la pena es muy humana pues se lleva a cabo sin “efusión de sangre”.

 “Venceréis, pero no convenceréis”

Han pasado doce años. Es el 12 de octubre de 1936 y Unamuno, rector honorífico de la Universidad de Salamanca, sale de su casa para dirigirse al paraninfo de la Universidad, donde va a tener lugar un acto académico en conmemoración del Día de la Raza. En su bolsillo lleva una carta en la que la mujer del pastor protestante Aquilino Cocó, su amigo, le ruega que interceda por su esposo ante Franco.

Para entonces, Unamuno, que había apoyado el golpe de estado militar, ya sabe que la misión de los golpistas no es defender la República, sino reprimir a sus oponentes. Ha sufrido el asesinato de queridos amigos como Casto Prieto Carrasco, alcalde republicano de Salamanca, y sabe que de nada sirve su intercesión con el generalísimo.

Unamuno siempre estuvo comprometido con la cuestión social. A finales del siglo XIX había ingresado en el PSOE y había escrito en publicaciones como La lucha de clases, de Bilbao. Cuando se proclamó la II República Unamuno es reconocido fuera y dentro de España como uno de los más grandes intelectuales. La República lo había nombrado “Ciudadano de Honor”. Pero Unamuno no se doblega ni se acomoda a las circunstancias. Abomina de los desmanes revolucionarios que condujeron a la quema de conventos. Critica la consideración de vascos y catalanes como nacionalidades oprimidas, lo que para él significa “envenenar la historia y falsearla”.

Conocemos lo que sucedió aquel 12 de octubre a partir de testimonios de testigos presenciales y de distintos estudios y análisis. Para muchos la mejor recreación es la de Luciano G. Egido en su obra Agonizar en Salamanca, (Alianza, 1986). En el estrado del paraninfo, se hallaba presidiendo la primera dama, Carmen Polo, pues su esposo se había convertido en Jefe de Estado hacía dos semanas. La sede oficial de Franco se ubicaba en el palacio arzobispal, cedido por monseñor Pla y Daniel, quien también ocupaba su puesto en el estrado, junto al general José Millán Astray, fundador de la Legión y responsable de la propaganda del Cuartel General del generalísimo Franco.

Habló en primer lugar el decano de la Facultad de Filosofía y Letras, y a continuación el profesor Francisco Maldonado, quien se refirió a catalanes y vascos calificándolos, entre otras cosas, de “explotadores del hombre y del nombre español”. Unamuno sacó de su bolsillo un papel que desdobló –la carta de la mujer de Aquilino Cocó– y allí comenzó a anotar algunas  palabras. Después intervino, con un florido discurso, José María Pemán, intelectual invitado.

No estaba previsto que Unamuno hablase pero, como él mismo dijo, le habían tirado de la lengua:

Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo he hecho otras veces. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. (…) Vencer no es convencer y hay que convencer sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. 

Y continuó hablando indignado por lo que se había dicho contra catalanes y vascos:
“Y yo, como sabéis nací en Bilbao, soy vasco y llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis. Eso sí es Imperio, el de la lengua española y no…”. Fue aquí cuando Millán Astray gritó: “¡Mueran los intelectuales!”; y también “¡Viva la muerte!”,  aunque el momento exacto varía según las versiones.

En La isla del viento Manuel Menchón recrea admirablemente la tensión de la escena: “Os falta razón y derecho en la lucha. Es inútil pediros que penséis en España”, dice Unamuno, cuya exclamación “¡venceréis, pero no convenceréis!”, se hará famosa en todo el mundo.

“Hacerme al fin el que soñé, poeta”

Preocupado por el problema del lo que él llamaba sus “yos ex-futuros”, aquello que pudo haber sido y no llegó a ser, Unamuno escribió en Fuerteventura el soneto:Al frisar los sesenta mi otro sino”:

Vuelve el que pudo ser y que el destino
sofocó en una cátedra en Castilla,
me llega por la mar hasta esta orilla
trayendo nueva rueca y nuevo lino.
Hacerme, al fin, el que soñé, poeta (…)


Después de aquellos hechos Unamuno vivirá confinado en su casa, bajo vigilancia, hasta el día de su muerte, el 31 de diciembre de 1936. Continuó trabajando hasta el final. Escribió apuntes para lo que sería su libro El resentimiento trágico de la vida. Volvió a la poesía y al soneto. El 21 de diciembre escribe: “Cuán me pesa esta bóveda estrellada/ de la noche del mundo, calabozo/ del alma en pena”. El último soneto está fechado el 28 “–día de inocentes–“ y acaba con el verso “del tiempo al fin la eternidad se adueña”.



*La Isla del Viento participó en la sección oficial del XXX Festival Internacional de Cine de Mar de Plata, en noviembre de 2015. Se proyectó en el Festival de Cine de Málaga de 2016, el 23 y el 25 de abril, en la sección Premier. Y en el Festival de Cinéma de Mémoire Commune de Nador ha obtenido el Premio al Mejor Guión de Largometraje, y la Mención Especial del Jurado Científico. La película se estrenará en salas comerciales el 18 de noviembre de 2016.  

8 comentarios:

  1. Estupendo Carmen.Un placer leerte igual que el cachito de tarde que compartimos en Málaga en el estreno de esta maravilla de película. UN abrazo fuerte

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    1. Un abrazo, Mari Ángeles. Gracias por tu lectura y por recordar esa tarde en la que tuvimos la suerte de asistir al estreno

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  2. Con qué admirable facilidad has engarzado tres temas (película, isla, escritor). Carmen, tengo que felicitarte y agradecerte que, con esta media hora de lectura, he aprendido más sobre Unamuno que en la tarde entera que le dediqué cuando estudiante.
    Gracias y un abrazo

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  3. Muchas gracias, Alfonso, por tan generosa lectura. Un abrazo

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  4. muchas gracias carmen. sabes de donde puedo descargarla?

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    1. Pronto se estrenará online. https://www.filmin.es/pelicula/la-isla-del-viento?origin=searcher&origin-type=primary

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