viernes, 21 de octubre de 2016

“El silbato”: leyendo a Eudora Welty

Bottle trees, Fotografía de Eudora Welty.
En The Eudora Welty Foundation
Una cortina de follaje (1941) reunía los primeros relatos de Eudora Welty (Jackson, Misisipi 1909-2001), por entonces una joven fotógrafa y escritora de una extraordinaria sensibilidad. El libro recibió el elogio de su admirado William Faulkner. Eudora Welty reflejaba en su obra el mundo del Sur, de la América profunda, durante la época de la Gran Depresión.

En algunos relatos los personajes hablan sin cesar y en ese parloteo vamos conociendo algo de sus vidas. En otras historias, en cambio, predomina un silencio pesado e inquietante. El lector intuye que cuando ese silencio se rompa puede que se desvele algún misterio o que este quede oculto para siempre, en el terreno de lo que no se ve, lo que no se oye, pero está ahí, respirando con nosotros.

Así sucede en “El silbato”, cuyos  protagonistas, Jason y Sara Morton, unos “ancianos” ateridos, intentan dormir vestidos junto al fuego. El frío y la luna se convierten en otros personajes esenciales de la historia:

 La oscuridad era fina, como un vestido viejo y gastado por muchos inviernos, que deja siempre que el frío cale hasta los huesos. Luego salió la luna. Entre los espesos bosques de hojas muertas descoloridas destacaba una granja como una piedra blanca en el agua. Un ojo más minucioso y escrutador que el de la luna podría haber visto todo lo que pertenecía a los Morton, hasta las pequeñas tomateras en sus limpias hileras próximas a la casa, grises y plumosas, sobrecogedoras por su desvalida fragilidad.

Eudora Welty describe la soledad de Jason y Sara, su incomunicación, pues no hay nada que decir, sólo existe el cansancio y el frío que, “como una blanca mano opresora aplastaba y cubría la vivienda”. Pero todo es silencio:

A veces pasaban varios días, semanas, sin que cruzaran una palabra. No eran viejos, en realidad, solo tenían cincuenta años. Aun así, el cansancio inundaba sus vidas, con una inmensa falta de necesidad de hablar, con una pobreza que podía haberles unido como un desastre demasiado grande para ser discutido, pero que les dejaba sin embargo separados y sin deseos de comprenderse. Quizá, años atrás, la cólera o la pasión hubiesen iniciado la larga costumbre del silencio. ¿Quién podría decirlo ahora?

Jason duerme, Sara piensa en el día del “embarque”, en la fiesta, aunque “el resto del tiempo pensaba únicamente en el frío, en el frío de antes y en el de después. No podía evitar sentir el escalofrío del aquí y el ahora, que para ella no significaba en absoluto pensar, sino un simple temblor en la oscuridad”.

Sara logra dormirse antes de que irrumpa el tercer protagonista, el silbato del señor Perkins, el que domina sus vidas. Perkins se ha convertido en el propietario de la granja de los Morton, como de tantas otras granjas. Cuando amenaza la helada, se oye el silbato insistente en el pueblo y los granjeros salen a cubrir las tomateras con sus ropas, con sus colchas; el frío se adueña por completo de sus cuerpos, apenas cubiertos con enaguas o camisetas.

“¿Por qué aquel frío inmóvil caía sobre ellos como los dientes de una trampa?”, parecen lamentarse Jason y Sara bajo la blanca luz de la luna. El trabajo está hecho y vuelven semidesnudos a la casa. Están solos, pero les une la miseria y el frío y, por un instante, una rebeldía suprema.

Fuera sigue la helada, dentro solo hay un deseo, el calor, aunque sea a costa de perder los más pobres pertenencias: un tronco de cerezo, una mesa, una silla rota. El fuego se reaviva y dos seres desvalidos dejan escuchar sus voces, apenas dos palabras, mientras que “como si deseara extraer algo más que sus vidas, el silbato continuaba sonando”.

2 comentarios:

  1. No la conozco, nada en absoluto. Hay tanto que no conocemos, Carmen. La busco, la leeré. Tengo ganas de leer algo nuevo, aunque no lo sea. Que suene el silbato..

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    1. Te gustará, Emilio. Yo voy a seguir sumergiéndome en el territorio Welty. Ya os iré contando.

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