jueves, 12 de octubre de 2017

Cómo vivir. Una vida con Montaigne

Hay más quehacer en interpretar las interpretaciones que en interpretar las cosas, y más libros sobre los libros que sobre otro tema: no hacemos sino glosarnos los unos a los otros. 
         (Montaigne, “De la experiencia”)


La lectura de Montaigne puede cambiarnos la vida. Esta idea se ha convertido en un lugar común, y en cierta medida estoy de acuerdo con ella, algo cambia. Cuando repaso mis anotaciones de la primera vez que leí los Ensayos redescubro la sensación de que Montaigne sabía algo de mí y por eso me estaba diciendo lo que yo necesitaba, invitándome a participar en un diálogo que aún no ha concluido.

A menudo Montaigne se refiere a lo que él llama uno de sus defectos: la falta de memoria: “Las veces que me he confiado y entregado por entero a mi memoria, dependo tanto de ella que la abrumo; se asusta de su responsabilidad”, escribe en el capítulo IX del tercer libro. Todo lo olvida y ha de anotar lo que quiere conservar en el recuerdo. Sin memoria no es posible la ciencia, por eso él dice ir de un lado para otro en sus escritos. Su vida es su propio libro y en él se diseminan citas, ejemplos y recuerdos.  La vida se nos presenta en toda su complejidad, como si cada línea fuese un bisturí que disecciona al ser humano. Montaigne nos convierte en múltiples y poliédricos.

Hay frases de Montaigne que se nos quedan grabadas y van regresando a nosotros: “no pinto el ser, pinto el paso”, “yo ahora y yo hace un momento somos dos”, “todo acto nos descubre”. Cuando creé este blog busqué un título en aquellas anotaciones y elegí De nada puedo ver el todo, porque sólo quería dejar citas de mis lecturas para no olvidarlas; mis palabras serían nada más que el hilo que ensartara párrafos y frases.

Si descubro en alguien la misma fascinación por Montaigne siento que existe otro hilo que nos une, un diálogo que traspasa las fronteras del tiempo y de la geografía y que nos hace tomar conciencia de nuestro estar aquí como seres humanos. Quizás nadie lo haya expresado de manera tan hermosa como Stefan Zweig en su biografía sobre Montaigne:

Hay en estas páginas un en el que se refleja mi yo, la distancia queda abolida, el tiempo se separa de los tiempos. No tengo conmigo un libro, una literatura, una filosofía, sino a un hombre del que soy hermano, un hombre que me aconseja, que me consuela y traba amistad conmigo, un hombre al que comprendo y que me comprende. Si tomo los Ensayos, el papel impreso desaparece en la penumbra de la habitación. Alguien respira, alguien vive conmigo, un extraño ha entrado en mi casa, y ya no es un extraño, sino alguien a quien siento como amigo.

En “El milagro de los Ensayos” –una de sus Lecturas no obligatorias– Wislawa Szymborska escribe acerca de una nueva edición de los Ensayos en polaco. ¿Qué se puede decir en un breve artículo periodístico? Que todo fue un milagro: que Montaigne viviera lo suficiente como para escribir su obra y que esa obra no se perdiese y se llegara a publicar. “Por tanto”, escribe Szymborska, “propongo leer los ensayos con estupor”:  

Hoy, (…), la existencia de cualquier cosa buena me llena de admiración. Y dado que los Ensayos son precisamente eso, algo bueno (de hecho es uno de los mayores logros que haya alcanzado el alma humana), todo cuanto contiene me maravilla, en  particular, la excepcional amalgama de circunstancias favorables que posibilitaron su redacción.

Sarah Bakewell nos recuerda las palabras de Virginia Woolf en su ensayo sobre Montaigne. La novelista “imaginó a la gente pasando ante el autorretrato de Montaigne como visitantes de una galería. A medida que pasa cada persona, hace una pausa frente al cuadro y se acerca un poco para atisbar entre los dibujos que se reflejan en el cristal”; y escribe Virginia Woolf:

Siempre hay una multitud ante ese cuadro, observando sus profundidades, viendo sus propios rostros reflejados en él, viendo más cuanto más miran, sin ser capaces nunca de decir qué es exactamente lo que ven.  

El encuentro de Sarah Bakewell con Montaigne fue una de esas casualidades de la vida. Estaba en Budapest, iba a hacer un viaje en tren y necesitaba leer algo. Los Ensayos era el único libro en inglés que encontró en una tienda de segunda mano. Entonces comenzó un largo diálogo que culminó veinte años más tarde con la publicación en 2010 de una colección de ensayos: Cómo vivir. Una vida con Montaigne (Ariel, 2011).

Para Bakewell Montaigne inventó esa idea de “escribir sobre sí mismo para crear un espejo en el que otras personas puedan reconocer su propia humanidad”. Se preguntaba a sí mismo y utilizaba su experiencia como respuesta a los grandes interrogantes de la vida. Sarah Bakewell resume esas preguntas en la interrogación: “¿cómo vivir?” que “no es lo mismo que la cuestión ética: ¿Cómo debería uno vivir?”.

Detrás de la pregunta “¿cómo vivir?” hay veinte intentos de respuesta, veinte ensayos que giran en
torno a una anécdota, a un hecho trascendental de la vida de Montaigne, “o de la vida de sus lectores”. "No te preocupes por la muerte, presta atención, lee mucho, sobrevive al amor y a la pérdida, usa pequeños trucos, cuestiónatelo todo, ten una habitación privada en la trastienda, sé sociable, convive con los demás, despierta del sueño de la costumbre, vive con moderación, conserva tu humanidad, ve mundo, reflexiona sobre todo"; estas son algunas de las respuestas. Pero la respuesta más importante de todas se halla en la propia vida.

Montaigne quería vivir una buena vida, que esta fuese plena en cada instante y que no se le escapara de las manos. Y en ese intento de búsqueda creó un nuevo género y le puso un nombre: “ensayo”.

Sarah Bakewell se pregunta qué hubiera pasado si Montaigne hubiera vivido en la era de las comunicaciones masivas en Internet: “No docenas o centenares en una galería, sino millones de personas se ven a sí mismos reflejados desde distintos ángulos”. Recuerda los consejos de Flaubert a un amigo sobre cómo leer a Montaigne: “No lo leas como hacen los niños, por diversión, ni tampoco como los ambiciosos, para instruirte. No, debes leerlo para vivir”.

Montaigne dejó atrás el miedo a la muerte, su preocupación por ella, y convirtió su vida, en el objeto de su investigación y su escritura. Un accidente, en que llegó a sentir lo que podía ser la muerte, le llevó a cambiar por completo de vida; dejó su trabajo de magistrado en Burdeos y, en 1572, a los treinta y ocho años, empezó a escribir los ensayos. Era su manera de agarrar la vida, que esta no se le escapara, manteniendo la sorpresa ante todas las cosas.

Los ensayos, según la edición
de Marie de Gournay
(Acantilado, 2007)

Y así, en los Ensayos, va fluyendo la conciencia de su autor. Existe un título, una frase inicial, pero no sabemos hacia dónde nos conducirá esa corriente. Como escribe Sarah Bakewell, Virginia Woolf era una de las lectoras fascinadas “por esa forma que tiene Montaigne de representar el “flujo de su experiencia”, “de minuto en minuto””. Es el mismo “flujo de conciencia” de la narrativa del siglo XX.

"No lo sé"

Todos somos a veces un poco tontos, nos envanecemos por las cosas más insignificantes, pero eso forma parte de nosotros:                

Si los demás se examinaran con atención, como hago yo, se encontrarían, como yo, llenos de inanidad y tontería. No puedo librarme de ellas sin librarme de mí mismo. Todos estamos impregnados de esas cosas, tanto unos como otros, pero a aquellos que se dan cuenta les va un poco mejor... aunque no lo sé.

“No lo sé”, “creo”, “me parece”, “quizá”, son expresiones con las que Montaigne matiza sus ideas, impregnadas del escepticismo que guió su vida y su obra. 

Amaba los libros, los mejores compañeros de viaje, y amaba a los escritores como el biógrafo Plutarco, que iba más allá de los hechos para adentrarse en el alma de su biografiado. También Plutarco dejaba parte de su alma en sus libros. Y eso es lo que quería Montaigne, leer con el alma, que los libros fuesen como personas.

“Los dioses juegan con nosotros a la pelota”    

Montaigne vivió en tiempos turbulentos; fue testigo de las guerras religiosas –“conflictos”– que desde 1562 asolaron Francia y la sumieron en el caos y la decadencia. La crisis económica se había cebado en los más débiles y había alimentado los radicalismos de protestantes y católicos.

Sarah Bakewell dedica un capítulo a este contexto histórico en el que se escribieron los Ensayos. Frente a la locura, la intransigencia y la crueldad, la voz de Montaigne llama al sentido común, a la razón y la cordura. Montaigne no llegó a conocer el final de las guerras, pues no acabaron hasta 1598, seis años después de su muerte. Algunos le acusaron de tibieza, pero él no vivió al margen y cumplió con sus deberes como ciudadano. Llegó a ser nombrado alcalde de Burdeos, una ciudad católica en medio de territorios protestantes, y ejerció dignamente su cargo conforme a sus ideas filosóficas, marcadas por las tres escuelas pragmáticas: estoicismo, epicureísmo, y sobre todo, escepticismo

Parce que c’estoit luy; parce que c’estoit moy

“Porque yo era él, porque él era yo” se convirtió en frase proverbial para describir la amistad perfecta. Así definió Montaigne su amistad con La Boétie, poeta y autor de De la servidumbre voluntaria, una obra en la que hablaba acerca de la tiranía y de cómo los tiranos embaucan al pueblo. Para Sarah Bakewel el pensamiento de La Boétie, muerto prematuramente, y el de Montaigne se fundieron en los Ensayos y, escribiéndolos, Montaigne logró sobreponerse a la soledad, y al dolor. Nunca llegó a olvidar a La Bóetie.

Cuando los románticos empezaron a leer a Montaigne vieron en él una actitud rebelde y admiraron la emoción con la que describía esta amistad. Sin embargo parte de su filosofía no encajaba con el espíritu romántico. Él rechazaba el “frenesí”, y defendía “la mediocridad”, en el sentido de que no somos tan diferentes y de que “cada hombre encierra la forma entera de la condición humana”.

Un diálogo con los lectores

Hasta llegar a los lectores románticos y a los que les sucedieron, Montaigne tuvo que sobrevivir al flujo de la historia; y logró salir airoso. Sus ensayos fueron un bestseller en los años finales de su
Ensayos completos,  (Cátedra, 2003)
Algunas citas de Montaigne las 
he tomado de esta edición, o 
de la edición de Acantilado. Y otras
se las debo a Anna Herrera, 
traductora de 
Cómo vivir
vida y después de su muerte. Pero a mediados del siglo XVII Montaigne comenzó a levantar sospechas. No se veían bien sus comparaciones del ser humano con animales en la “Apología de Raimundo Sabunde”, o que escribiera: “Cuando juego con mi gata, ¿quién sabe si yo no soy un pasatiempo para ella más de lo que ella es para mí?”.
 
Tanto Descartes como Pascal desaprobaron a Montaigne. Pierre Nicole y Antoine Arnauld lo atacaron en su libro Logique du Port-Royal (1662). Más tarde en la edición de 1666 pidieron que los Ensayos “se incluyesen en el Índice de libros prohibidos de la Iglesia católica, como texto antirreligioso y peligroso”. En 1676 los ensayos entraron en el Índice, y allí permanecieron hasta 1854. Pero Montaigne siguió siendo muy leído, aunque entre sus lectores estuvieran en la categoría de “libertinos”, ateos, escépticos y “vividores de mala reputación”.

En Inglaterra Shakespeare fue uno de los primeros lectores de la traducción que Florio había hecho de los Ensayos. En un fragmento de La tempestad hay una clara influencia de Montaigne. Algunos críticos buscan similitudes entre Hamlet y Montaigne, por esa duda permanente, y por la idea de que en nosotros habita un doble. Pero, al fin y al cabo, Shakespeare y Montaigne compartían la misma atmósfera de finales del Renacimiento.

Montaigne no dejó de leerse en Inglaterra y en toda Europa, a lo largo de estos siglos. En el XIX Nietzsche, uno de los más entusiastas lectores de Montaigne, lo describe como el espíritu “más libre y vigoroso que ha habido”: “El hecho de que semejante hombre haya escrito aumenta el gozo de vivir sobre la tierra”.

Mi libro es siempre uno

En “De la vanidad”, escribía Montaigne:

Mi libro es siempre uno. Salvo que a medida que se le renueva para que el comprador no se vaya con las manos vacías, permítome adjuntarle (pues no es más que una marquetería mal ensamblada) algún mosaico superpuesto.

De modo que Montaigne fue añadiendo y superponiendo fragmentos desde que en 1580 se publicaran por primera vez los Ensayos, hasta que en 1588 saliera una edición muy aumentada. Pero él siguió escribiendo hasta el final. Con estas premisas, una edición crítica de los Ensayos resulta bastante complicada.

Después de su muerte, Mary de Gournay, su fille d’alliance, se dedicó a trabajar en la edición que se publicaría en 1595, la que se leyó durante siglos. En 1772 se encontró la denominada “copia de Burdeos”, anotada, aunque no se le hizo mucho caso hasta finales del siglo XIX, cuando los estudiosos comenzaron a comparar las ediciones y hallaron algunas diferencias significativas.

Se comenzó a dudar de Mary de Gourney, entre otras cosas por los elogios que Montainge le dedicaba y que podían haber sido añadidos por la propia Mary. Pero ella misma merece un capítulo aparte.  Como Señala Sarah Bakewel, supo ver todo lo que Montaigne tenía de moderno: “el estilo, la estructura divagatoria, su voluntad de revelarlo todo”. Ella creó, o ayudó a crear, el mito de Montaigne.

La guerra de ediciones no ha concluido aún, como tampoco hemos acabado nuestro diálogo con Montaigne y sus lectores. Podemos encontrarlos en Internet y llevarnos sorpresas, como la que me produjo el blog de crítica literaria Je dis ce que j’en sens. Su autor, Joan Flores Constans, había elegido, al igual que yo, una frase del mismo ensayo de Montaigne, “De Demócrito y Heráclito”.

Como vivir. Una vida con Montaigne es una lectura de Montaigne y una invitación a que leamos los Ensayos y a que sigamos maravillándonos de su existencia. 

miércoles, 19 de julio de 2017

Stendhal y sus "Paseos por Roma"

Siempre me han gustado los libros de viaje y los mapas. Disfruto hojeando guías, buscando lugares en google o trazando líneas en el plano de una ciudad. La preparación de un viaje es un placer en sí mismo. Cuando no podemos viajar con la realidad lo hacemos con la imaginación.

Este vicio lo comparto con José Trapiello, Pipo, dueño de Librería Juan de Mairena. Hace unas semanas le comenté que quería viajar por Italia a través de Montaigne y Stendhal. Pipo decidió acompañarme y pidió a la distribuidora dos ejemplares de la edición del Diario de viaje a Italia de Montaigne. Sin embargo, cuando comenzó a buscar los Paseos por Roma de Stendhal, mi librero encontró una página de Internet en la que el libro había alcanzado un precio treinta veces superior a los diez euros en los que había salido a la venta. Se trataba de una primera edición ya descatalogada.

Mientras Pipo atendía a otros clientes, aproveché para mirar las estanterías repletas de libros que no habían sido comprados y que permanecían durante años en los anaqueles esperando a algún lector. Cuando llegué a la “s” lo vi: eran los Paseos por Roma de Stendhal, en la primera edición de 2007. Estaba nuevo, sin haber sido dañado, a pesar de ser una edición de bolsillo. Por supuesto mi librero me lo vendió a su precio original, con un pequeño descuento.

jueves, 6 de abril de 2017

Stein, Hemingway, Woolf y la generación perdida


Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, 
vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue.
De una carta de Ernest Hemingway a un amigo (1950)

Imaginemos a Ernest Hemingway un día de 1933, cuando cae en sus manos la Autobiografía de Alice B. Toklas y lee las páginas que Gertrude Stein le dedica. El gran escritor y creador de un personaje único: él mismo, debió de sentirse bastante enfurecido con su autora.

A través de Alice, Stein –creadora también de otro gran personaje: ella misma– había hecho un malicioso retrato de Hemingway. El escritor había sido muy bien recibido en el 27 de la rue de Fleurus, cuando llegó siendo un atractivo y ambicioso joven. Hemingway y Stein conversaban mucho sobre la vida y el arte; ella le daba consejos: “Hay mucha descripción aquí, y descripción no demasiado buena. Vuelva a empezar y escriba con más cuidado”.

miércoles, 15 de marzo de 2017

"Autobiografía de Alice B. Toklas" I (Una rosa es una rosa es)

En 1933 Gertrude Stein (Alleghany, 1874-Neuilly-sur-Seine, 1946) publica la Autobiografía de Alice B. Toklas, con la que alcanza el éxito comercial y el reconocimiento del público. En esta obra abandona sus experimentos literarios y desciende a niveles más populares, del gusto de los lectores. Sin embargo, Stein había utilizado una técnica innovadora: había escrito su propia autobiografía valiéndose de la voz de Alice B. Toklas (San Francisco, 1877- París, 1967), su compañera desde hacía veinticinco años.

Este original recurso le permite a Stein escribir acerca de ella misma sin ahorrarse elogios y, al mismo tiempo, inmortalizar a su querida amiga Alice B Toklas. Pero que nadie espere encontrar algún chisme acerca de la relación amorosa entre ellas. Solo sabremos que se convierten en inseparables y que Alice admira profundamente a Gertrude. En cuanto al inicio de la convivencia, Alice se limita a decir:

Cuando llegué a París por vez primera, una amiga que me acompañaba y yo nos alojamos en un hotelito del Boulevard Saint-Michel, y luego alquilamos una vivienda en la rue Notre-Dame des Champs, y luego mi amiga regresó a California, y yo fui a vivir con Gertrude Stein en la rue de Fleurus.

lunes, 6 de febrero de 2017

"Manual para mujeres de la limpieza", de Lucia Berlin

Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016) reúne 43 de los 77 relatos que publicó Lucia Berlin a lo largo de su vida. El tono autobiográfico de buena parte de estas narraciones ha convertido a su autora en una heroína a medio camino entre los personajes del atormentado Dostoievski y los del distante y humano Chejov.

La vida de Lucia Berlin (1936 - 2004) se desarrolló por diferentes lugares. Nació en Alaska, donde su padre trabajaba como ingeniero de minas, y vivió su primera infancia en pueblos mineros de Idaho, Kentucky y Montana. En 1941 su padre marchó a la guerra y Lucia, su hermana y su madre se fueron a vivir con sus abuelos a El Paso. Lucia Berlin padecía escoliosis y tuvo que llevar de niña un corsé ortopédico.

Su adolescencia transcurrió en Santiago de Chile, donde pertenecía a la élite norteamericana. Estudió en la Universidad de Nuevo México y fue alumna de Ramón J. Sender. A los 17 años se casó con un escultor y tuvo dos hijos. Antes de que naciera el segundo, su marido ya la había abandonado por el arte. En 1958 se casó con un pianista y se trasladó a Nueva York. Dos años después se marchó con su amigo Buddy Berlin a México, se casó con él y tuvo dos hijos, pero en 1968 se divorcian. El señor Berlin era un adicto a la heroína

miércoles, 18 de enero de 2017

“¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?”, de Jeanette Winterson

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? (Lumen, 2012), de Jeanette Winterson podría parecer un manual de autoayuda, pero no lo es; aunque para su autora la escritura de este libro se convirtió en una terapia, una forma de reconciliarse con la historia de su vida.

De Jeanette Winterson había leído hacía mucho tiempo La pasión; me atrajo profundamente y pensaba volver algún día a esta escritora. Cuando hace unos meses cayó en mis manos ¿Por qué ser feliz cuando se puede ser normal? me dije que, aunque solo fuera por el título, merecía la pena visitar a Winterson. Y no me defraudó.

Jeanette Winterson es capaz de escribir acerca de sus complicadas circunstancias vitales con inteligencia, humor y una enorme fuerza narrativa. De este modo, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? cumple fielmente el tópico lector de “nada más comenzar la primera página no podemos abandonarlo”. Winterson sabe moverse por el terreno de la metáfora y las comparaciones que fluyen de modo natural en una prosa ágil y aparentemente sencilla. Es el estilo el que construye la genial recreación de la señora Winterson, como recién salida de una novela de Dickens.

lunes, 2 de enero de 2017

"Brindis" (sobre un cuadro de Germán Bandera)

"Brindis" de Germán Bandera
Óleo sobre lienzo, (Ø 143)

Brindis

Pesar el tiempo, medirlo,
contarlo:
doce segundos, doce campanadas,
doce uvas,
un anillo nada en el champán,
la espuma rebosa en las copas.

Reímos, nos buscamos, nos besamos.
Pensamos: es hermoso estar aquí
reunidos,
en este lugar del tiempo.´

C. A.


Con este cuadro de Germán Bandera, una celebración de la vida, os deseo todo lo mejor para el 2017