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"La bella extranjera. Praga y el desarraigo", de Monika Zgustova

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La bella extranjera. Praga y el desarraigo es un libro de tamaño pequeño, manejable, cuidadosamente editado. Pero en esas 120 páginas se sintetiza más de un siglo de historia y de literatura. Monika Zgustova  ha reunido ensayos y artículos con los que recorremos las calles de Praga, la ciudad donde ella nació, y que tuvo que abandonar tras el “naufragio de la Primavera”. Era solo una niña cuando vio cómo los tanques rusos “bajaban con enorme estrépito” por la avenida donde vivía: En la ciudad de Kafka –y de Odradek–, el tema del desarraigo fue esencial para toda la pléyade de grandes escritores. A todos esos autores les tocó vivir la marginación que uno experimenta en el totalitarismo cuando se opone a él. La marginación y la culpa por ser diferente. Por las páginas de La bella extranjera pasean Milena y Kafka, Marina Tsvetáieva (la poeta exiliada rusa, enamorada de Praga) y Boumil Hrabal, Václav Havel y Milan Kundera… Y autores más jóvenes como Radka Denemarková, quien escribe: “Sol

La isla de Sajalín, de Antón Chéjov

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  Kafka, Dostoievski y Chéjov en la colonia penitenciaria (La isla de Sajalin I) Antón Chéjov puso pie en la isla de Sajalín el 11 de julio de 1890, tras un largo y difícil viaje de tres meses y veinte días atravesando el continente asiático; pero en La isla de Sajalín nada nos cuenta de todas las dificultades, pues la obra comienza cuando el escritor llega a Nikoláievsk, en la desembocadura del río Amur . Chéjov se embarca en el Baikal, que lo trasladará a Aleksándrovsk , el “centro de la civilización de Sajalín”, “una pequeña y agradable ciudad de tipo siberiano, de unos tres mil habitantes”, donde se encuentra la residencia del comandante de la isla, a quien Chéjov visita al día siguiente de su llegada. El comandante le facilita un salvoconducto con el que le autoriza a visitar todas las prisiones y colonias; lo único que no le puede conceder es que se entreviste con presos políticos. Chéjov camina por Aleksándrovsk y se da de bruces con la realidad. Toda la isla era una cárcel:

Kafka, Dostoievski y Chéjov en la colonia penitenciaria

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El 10 de noviembre de 1916, en la galería Goltz de Múnich, Franz Kafka ofreció una lectura pública de su relato inédito En la colonia penitenciaria . Según el testimonio de un asistente al acto –el escritor y grafólogo suizo Max Pulver– de pronto “se oyó un golpe sordo”. Era una mujer que se había desmayado y a la que tuvieron que atender y sacar de allí. A pesar de la confusión ,  Kafka siguió leyendo tranquilamente, mientras la sala se iba vaciando: “Algunos huyeron en el último momento, antes de ser aplastados por la visión del escritor”. Max Pulver se quedó hasta el final, pasó el resto de la velada con Kafka y se inventó  esta leyenda, aderezada con la visión profética del holocausto nazi que ofrecería la obra: “Por más absurda y repugnante que pareciera aquella colonia penitenciaria, no era más que una imagen anticipada de nuestro tiempo”.   Acerca de En la colonia penitenciaria , Kafka escribe en una carta a Kurt Wolff: “No solo el relato es penoso, sino que nuestro tiempo en ge

Chéjov. Dos biografías y un viaje literario

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  En una carta a Milena Jensenská, Franz Kafka escribía: “Me gusta mucho Chéjov, a veces locamente” [1] . Creo que a Antón Chéjov le hubiera gustado esta frase. No se puede expresar de una manera más sencilla, sin que sobre ninguna palabra, la admiración que despierta Chéjov en sus lectores. Alguna vez creé el Club de la Materia Kafkiana, del que formaban parte “todos aquellos que hubiesen escrito algo sobre Kafka, real o ficticio, con amor verdadero y no por tediosa erudición”. Pues bien, del mismo modo podría crearse el Club de la Materia Chejoviana, al que pertenecerían, como miembros de honor, Irene Nemirovski, Natalia Ginzburg y Janet Malcolm. Irène Némirovsky (Kiev, 1903-Auschwitz, 1942) escribió una biografía Chéjov. A principios de 1942, pudo revisar las pruebas de este libro, que no llegaría a ver publicado. En julio de 1942 fue deportada a Auschwitz, donde murió de tifus el 17 de agosto. La Vie de Tchekhov [2] se editó en octubre de 1946.  En sus páginas parece como si sob

"Wattebled o el rastro de las cosas" (À la recherche de la cheminée perdue)

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Como le sucede al fotógrafo y escritor Paco Gómez, autor de Wattebled o el rastro de las cosas, me entusiasmo a menudo con cualquier chorrada. No sé si ese entusiasmo podría llamarse “enfermizo”. Lo único cierto es que las cosas sin importancia pueden convertirse en hilos que tejen historias, como la magdalena de Proust de En busca del tiempo perdido .       La obra de Paco Gómez me ha llegado a través de Mario Jurado, poeta y crítico literario, que ha escrito una preciosa reseña , un homenaje a este libro que es un objeto artístico en sí mismo. Hemos disfrutado hablando de nuestra lectura, de las fotografías, del tacto de las páginas, de los detalles como el diseño de las guardas, que imita el papel pintado de aquel salón en un lugar del norte de Francia.   La historia de Wattebled o el rastro de las cosas ( Fracaso Books , 2020) comienza un domingo de otoño de 2019, cuando Paco Gómez encuentra en un puesto de El Rastro de Madrid unas cajas con negativos de cristal de principios

“Novela de ajedrez” de Stefan Zweig

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  “Sé que te gusta este autor. ¿Quieres estrenar el libro o ya lo has leído? Las ilustraciones son muy hermosas”. Con estas palabras y con una fotografía de la portada, me informaba mi amiga Mª Sierra Amo sobre la llegada de un nuevo libro a la biblioteca de Lucena : La novela de ajedrez (Edelvives, 2020), de Stefan Zweig, con dibujos de David Álvarez (Tlacuiloa), y prólogo y traducción de Rafael Hernández Arias.   En pocos minutos ya estaba saludando, tras los cristales, a María Teresa Ferrer y Mª Sierra Amo, bibliotecarias de Lucena, para conseguir el libro que me habían reservado. Todavía lo tengo en mis manos, pero pronto volverá a la sección de novedades de esa biblioteca cargada de recuerdos, que se ha ido convirtiendo con los años en otro segundo hogar para mí.   Hace tiempo que leí esta novela en la colección Austral, de la editorial Espasa-Calpe. Era la cuarta edición, de 1973, que un buen amigo había conseguido en los años 80, hurgando entre los estantes de una papelería

"El infinito en un junco" y el club de los letraheridos

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Biblioteca de Peñarroya-Pueblonuevo Un día, mientras hablaba con un amigo sobre la película Fahrenheit 451 de François Truffaut, basada en la novela de Ray Bradbury, descubrí que uno de los personajes literarios con el que me sentía identificada era el de aquella mujer rodeada de montones de libros que los bomberos habían rociado con gasolina. Si sus amados libros habían sido condenados a la hoguera, ella también ardería. Y, ante el estupor de esos bomberos, cuya misión era quemar libros, la mujer encendió una cerilla y la dejó caer.   El infinito en un junco (Siruela, 2019), de Irene Vallejo, es una declaración de amor a los libros y a la lectura, un ensayo personal en el que la erudición se transforma en un diálogo de la autora con sus lectores. Irene Vallejo es una letraherida, que confiesa con humildad su pasión y rinde su particular homenaje a los libros, esos compañeros de viaje en el camino de la vida. Que libros como El infinito en un junco se conviertan en best sellers ,