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Chéjov. “Errand” o “Tres rosas amarillas”

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  El 17 de enero de 1904 la compañía del Teatro de Arte de Moscú estrenó El jardín de los cerezos . Al final de la obra, y entre grandes aplausos, Antón Chéjov subió al escenario para saludar; el público quedó sobrecogido al ver la debilidad y el deterioro físico del escritor. El 29 de enero Chéjov cumplía cuarenta y cuatro años y seis meses después moriría en Badenweiler, Alemania. Su mujer, la actriz Olga Knipper, recordaba aquella noche del estreno: “Parecería que la suerte hubiese decidido mimarlo por esta vez y concederle, por un corto tiempo, todo lo que él quería… Moscú, el invierno, el teatro”. Según Konstantin Stanislavski, cofundador del Teatro de Arte, aquel día de triunfo tuvo cierto “aire de funeral”.     A Chéjov le supuso un esfuerzo enorme escribir El jardín de los cerezos ; apenas avanzaba unas líneas al día. Si se encontraba en Yalta, pensaba que necesitaba Moscú para concentrarse; pero en Moscú hacía demasiado frío. Tampoco los médicos se ponían de acuerdo acerc

Chéjov. Dos biografías y un viaje literario

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  En una carta a Milena Jensenská, Franz Kafka escribía: “Me gusta mucho Chéjov, a veces locamente” [1] . Creo que a Antón Chéjov le hubiera gustado esta frase. No se puede expresar de una manera más sencilla, sin que sobre ninguna palabra, la admiración que despierta Chéjov en sus lectores. Alguna vez creé el Club de la Materia Kafkiana, del que formaban parte “todos aquellos que hubiesen escrito algo sobre Kafka, real o ficticio, con amor verdadero y no por tediosa erudición”. Pues bien, del mismo modo podría crearse el Club de la Materia Chejoviana, al que pertenecerían, como miembros de honor, Irene Nemirovski, Natalia Ginzburg y Janet Malcolm. Irène Némirovsky (Kiev, 1903-Auschwitz, 1942) escribió una biografía Chéjov. A principios de 1942, pudo revisar las pruebas de este libro, que no llegaría a ver publicado. En julio de 1942 fue deportada a Auschwitz, donde murió de tifus el 17 de agosto. La Vie de Tchekhov [2] se editó en octubre de 1946.  En sus páginas parece como si sob

"Wattebled o el rastro de las cosas" (À la recherche de la cheminée perdue)

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Como le sucede al fotógrafo y escritor Paco Gómez, autor de Wattebled o el rastro de las cosas, me entusiasmo a menudo con cualquier chorrada. No sé si ese entusiasmo podría llamarse “enfermizo”. Lo único cierto es que las cosas sin importancia pueden convertirse en hilos que tejen historias, como la magdalena de Proust de En busca del tiempo perdido .       La obra de Paco Gómez me ha llegado a través de Mario Jurado, poeta y crítico literario, que ha escrito una preciosa reseña , un homenaje a este libro que es un objeto artístico en sí mismo. Hemos disfrutado hablando de nuestra lectura, de las fotografías, del tacto de las páginas, de los detalles como el diseño de las guardas, que imita el papel pintado de aquel salón en un lugar del norte de Francia.   La historia de Wattebled o el rastro de las cosas ( Fracaso Books , 2020) comienza un domingo de otoño de 2019, cuando Paco Gómez encuentra en un puesto de El Rastro de Madrid unas cajas con negativos de cristal de principios