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Mostrando entradas de junio, 2012

Esmé y el pez plátano

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Abril es el mes más cruel, hace brotar lilas en tierra muerta, mezcla memoria y deseo, remueve lentas raíces con lluvia primaveral. T. S. Eliot, La tierra baldía Los hombres que han vivido esta guerra merecen alguna clase de melodía trémula interpretada sin vergüenza ni arrepentimiento. Seguiré esperando ese libro. Salinger, entrevista en Esquire , octubre de 1945 Por el camino de Holden , y II                                              El 13 de mayo de 1945, en una carta a su amiga Elizabeth Murray, Salinger contaba cómo había vivido el 8 de mayo, día en que los alemanes se rindieron. Mientras fuera todo era celebración y algarabía, Salinger se quedó solo en su habitación, sentado en la cama, agarrando una pistola del calibre 45 y preguntándose qué pasaría si se disparaba con ella en una mano. Estaba cayendo en una profunda depresión que lo llevaría al hospital de Nuremberg para recibir tratamiento por estrés postraumático, algo que sería bastante co

Por el camino de Holden, I

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El verdadero poeta no elige su material.  Es evidente que el material lo elige a él                         Salinger , Seymour: Una introducción. Cuando en 1953 Salinger publicó la antología Nueve cuentos , sólo incluyó dos relatos cuyos protagonistas habían sido soldados en la Segunda Guerra Mundial: Un día perfecto para el pez plátano , que narra el día en que Seymour Glass se suicida, y Para Esmé, con amor y sordidez . Pero la guerra permanece latente en la vida de otros personajes y emerge como muerte absurda en El tío Wiggily en Connecticut , donde la protagonista recuerda al hermano de Seymour, Walt Glass, el chico del que se había enamorado y que había muerto en el Pacífico mientras empaquetaba una cocinita japonesa que un coronel quería mandar a su casa. La cocinita estaba llena de petróleo y le estalló en la cara. Kenneth Slawenski , en la biografía J. D. Salinger. Una vida oculta , se detiene de manera pormenorizada en los años que Salinger pasó en el ejérci

Cajas

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Le hicieron un regalo. Era una caja enorme y dentro había otra caja –la broma de siempre–. Y así abrió cajas un día tras otro. Cada vez eran más pequeñas pero no se agotaban. Dio las gracias por el regalo, el final importaba algo menos: cada caja le había traído su pequeña porción de eternidad. A.A.G.