Cómo vivir. Una vida con Montaigne

Hay más quehacer en interpretar las interpretaciones que en interpretar las cosas, y más libros sobre los libros que sobre otro tema: no hacemos sino glosarnos los unos a los otros. 
         (Montaigne, “De la experiencia”)


La lectura de Montaigne puede cambiarnos la vida. Esta idea se ha convertido en un lugar común, y en cierta medida estoy de acuerdo con ella, algo cambia. Cuando repaso mis anotaciones de la primera vez que leí los Ensayos redescubro la sensación de que Montaigne sabía algo de mí y por eso me estaba diciendo lo que yo necesitaba, invitándome a participar en un diálogo que aún no ha concluido.

A menudo Montaigne se refiere a lo que él llama uno de sus defectos: la falta de memoria: “Las veces que me he confiado y entregado por entero a mi memoria, dependo tanto de ella que la abrumo; se asusta de su responsabilidad”, escribe en el capítulo IX del tercer libro. Todo lo olvida y ha de anotar lo que quiere conservar en el recuerdo. Sin memoria no es posible la ciencia, por eso él dice ir de un lado para otro en sus escritos. Su vida es su propio libro y en él se diseminan citas, ejemplos y recuerdos.  La vida se nos presenta en toda su complejidad, como si cada línea fuese un bisturí que disecciona al ser humano. Montaigne nos convierte en múltiples y poliédricos.

Hay frases de Montaigne que se nos quedan grabadas y van regresando a nosotros: “no pinto el ser, pinto el paso”, “yo ahora y yo hace un momento somos dos”, “todo acto nos descubre”. Cuando creé este blog busqué un título en aquellas anotaciones y elegí De nada puedo ver el todo, porque sólo quería dejar citas de mis lecturas para no olvidarlas; mis palabras serían nada más que el hilo que ensartara párrafos y frases.

Si descubro en alguien la misma fascinación por Montaigne siento que existe otro hilo que nos une, un diálogo que traspasa las fronteras del tiempo y de la geografía y que nos hace tomar conciencia de nuestro estar aquí como seres humanos. Quizás nadie lo haya expresado de manera tan hermosa como Stefan Zweig en su biografía sobre Montaigne:

Hay en estas páginas un en el que se refleja mi yo, la distancia queda abolida, el tiempo se separa de los tiempos. No tengo conmigo un libro, una literatura, una filosofía, sino a un hombre del que soy hermano, un hombre que me aconseja, que me consuela y traba amistad conmigo, un hombre al que comprendo y que me comprende. Si tomo los Ensayos, el papel impreso desaparece en la penumbra de la habitación. Alguien respira, alguien vive conmigo, un extraño ha entrado en mi casa, y ya no es un extraño, sino alguien a quien siento como amigo.

En “El milagro de los Ensayos” –una de sus Lecturas no obligatorias– Wislawa Szymborska escribe acerca de una nueva edición de los Ensayos en polaco. ¿Qué se puede decir en un breve artículo periodístico? Que todo fue un milagro: que Montaigne viviera lo suficiente como para escribir su obra y que esa obra no se perdiese y se llegara a publicar. “Por tanto”, escribe Szymborska, “propongo leer los ensayos con estupor”:  

Hoy, (…), la existencia de cualquier cosa buena me llena de admiración. Y dado que los Ensayos son precisamente eso, algo bueno (de hecho es uno de los mayores logros que haya alcanzado el alma humana), todo cuanto contiene me maravilla, en  particular, la excepcional amalgama de circunstancias favorables que posibilitaron su redacción.

Sarah Bakewell nos recuerda las palabras de Virginia Woolf en su ensayo sobre Montaigne. La novelista “imaginó a la gente pasando ante el autorretrato de Montaigne como visitantes de una galería. A medida que pasa cada persona, hace una pausa frente al cuadro y se acerca un poco para atisbar entre los dibujos que se reflejan en el cristal”; y escribe Virginia Woolf:

Siempre hay una multitud ante ese cuadro, observando sus profundidades, viendo sus propios rostros reflejados en él, viendo más cuanto más miran, sin ser capaces nunca de decir qué es exactamente lo que ven.  

El encuentro de Sarah Bakewell con Montaigne fue una de esas casualidades de la vida. Estaba en Budapest, iba a hacer un viaje en tren y necesitaba leer algo. Los Ensayos era el único libro en inglés que encontró en una tienda de segunda mano. Entonces comenzó un largo diálogo que culminó veinte años más tarde con la publicación en 2010 de una colección de ensayos: Cómo vivir. Una vida con Montaigne (Ariel, 2011).

Para Bakewell Montaigne inventó esa idea de “escribir sobre sí mismo para crear un espejo en el que otras personas puedan reconocer su propia humanidad”. Se preguntaba a sí mismo y utilizaba su experiencia como respuesta a los grandes interrogantes de la vida. Sarah Bakewell resume esas preguntas en la interrogación: “¿cómo vivir?” que “no es lo mismo que la cuestión ética: ¿Cómo debería uno vivir?”.

Detrás de la pregunta “¿cómo vivir?” hay veinte intentos de respuesta, veinte ensayos que giran en
torno a una anécdota, a un hecho trascendental de la vida de Montaigne, “o de la vida de sus lectores”. "No te preocupes por la muerte, presta atención, lee mucho, sobrevive al amor y a la pérdida, usa pequeños trucos, cuestiónatelo todo, ten una habitación privada en la trastienda, sé sociable, convive con los demás, despierta del sueño de la costumbre, vive con moderación, conserva tu humanidad, ve mundo, reflexiona sobre todo"; estas son algunas de las respuestas. Pero la respuesta más importante de todas se halla en la propia vida.

Montaigne quería vivir una buena vida, que esta fuese plena en cada instante y que no se le escapara de las manos. Y en ese intento de búsqueda creó un nuevo género y le puso un nombre: “ensayo”.

Sarah Bakewell se pregunta qué hubiera pasado si Montaigne hubiera vivido en la era de las comunicaciones masivas en Internet: “No docenas o centenares en una galería, sino millones de personas se ven a sí mismos reflejados desde distintos ángulos”. Recuerda los consejos de Flaubert a un amigo sobre cómo leer a Montaigne: “No lo leas como hacen los niños, por diversión, ni tampoco como los ambiciosos, para instruirte. No, debes leerlo para vivir”.

Montaigne dejó atrás el miedo a la muerte, su preocupación por ella, y convirtió su vida, en el objeto de su investigación y su escritura. Un accidente, en que llegó a sentir lo que podía ser la muerte, le llevó a cambiar por completo de vida; dejó su trabajo de magistrado en Burdeos y, en 1572, a los treinta y ocho años, empezó a escribir los ensayos. Era su manera de agarrar la vida, que esta no se le escapara, manteniendo la sorpresa ante todas las cosas.

Los ensayos, según la edición
de Marie de Gournay
(Acantilado, 2007)

Y así, en los Ensayos, va fluyendo la conciencia de su autor. Existe un título, una frase inicial, pero no sabemos hacia dónde nos conducirá esa corriente. Como escribe Sarah Bakewell, Virginia Woolf era una de las lectoras fascinadas “por esa forma que tiene Montaigne de representar el “flujo de su experiencia”, “de minuto en minuto””. Es el mismo “flujo de conciencia” de la narrativa del siglo XX.

"No lo sé"

Todos somos a veces un poco tontos, nos envanecemos por las cosas más insignificantes, pero eso forma parte de nosotros:                

Si los demás se examinaran con atención, como hago yo, se encontrarían, como yo, llenos de inanidad y tontería. No puedo librarme de ellas sin librarme de mí mismo. Todos estamos impregnados de esas cosas, tanto unos como otros, pero a aquellos que se dan cuenta les va un poco mejor... aunque no lo sé.

“No lo sé”, “creo”, “me parece”, “quizá”, son expresiones con las que Montaigne matiza sus ideas, impregnadas del escepticismo que guió su vida y su obra. 

Amaba los libros, los mejores compañeros de viaje, y amaba a los escritores como el biógrafo Plutarco, que iba más allá de los hechos para adentrarse en el alma de su biografiado. También Plutarco dejaba parte de su alma en sus libros. Y eso es lo que quería Montaigne, leer con el alma, que los libros fuesen como personas.

“Los dioses juegan con nosotros a la pelota”    

Montaigne vivió en tiempos turbulentos; fue testigo de las guerras religiosas –“conflictos”– que desde 1562 asolaron Francia y la sumieron en el caos y la decadencia. La crisis económica se había cebado en los más débiles y había alimentado los radicalismos de protestantes y católicos.

Sarah Bakewell dedica un capítulo a este contexto histórico en el que se escribieron los Ensayos. Frente a la locura, la intransigencia y la crueldad, la voz de Montaigne llama al sentido común, a la razón y la cordura. Montaigne no llegó a conocer el final de las guerras, pues no acabaron hasta 1598, seis años después de su muerte. Algunos le acusaron de tibieza, pero él no vivió al margen y cumplió con sus deberes como ciudadano. Llegó a ser nombrado alcalde de Burdeos, una ciudad católica en medio de territorios protestantes, y ejerció dignamente su cargo conforme a sus ideas filosóficas, marcadas por las tres escuelas pragmáticas: estoicismo, epicureísmo, y sobre todo, escepticismo

Parce que c’estoit luy; parce que c’estoit moy

“Porque yo era él, porque él era yo” se convirtió en frase proverbial para describir la amistad perfecta. Así definió Montaigne su amistad con La Boétie, poeta y autor de De la servidumbre voluntaria, una obra en la que hablaba acerca de la tiranía y de cómo los tiranos embaucan al pueblo. Para Sarah Bakewel el pensamiento de La Boétie, muerto prematuramente, y el de Montaigne se fundieron en los Ensayos y, escribiéndolos, Montaigne logró sobreponerse a la soledad, y al dolor. Nunca llegó a olvidar a La Bóetie.

Cuando los románticos empezaron a leer a Montaigne vieron en él una actitud rebelde y admiraron la emoción con la que describía esta amistad. Sin embargo parte de su filosofía no encajaba con el espíritu romántico. Él rechazaba el “frenesí”, y defendía “la mediocridad”, en el sentido de que no somos tan diferentes y de que “cada hombre encierra la forma entera de la condición humana”.

Un diálogo con los lectores

Hasta llegar a los lectores románticos y a los que les sucedieron, Montaigne tuvo que sobrevivir al flujo de la historia; y logró salir airoso. Sus ensayos fueron un bestseller en los años finales de su
Ensayos completos,  (Cátedra, 2003)
Algunas citas de Montaigne las 
he tomado de esta edición, o 
de la edición de Acantilado. Y otras
se las debo a Anna Herrera, 
traductora de 
Cómo vivir
vida y después de su muerte. Pero a mediados del siglo XVII Montaigne comenzó a levantar sospechas. No se veían bien sus comparaciones del ser humano con animales en la “Apología de Raimundo Sabunde”, o que escribiera: “Cuando juego con mi gata, ¿quién sabe si yo no soy un pasatiempo para ella más de lo que ella es para mí?”.
 
Tanto Descartes como Pascal desaprobaron a Montaigne. Pierre Nicole y Antoine Arnauld lo atacaron en su libro Logique du Port-Royal (1662). Más tarde en la edición de 1666 pidieron que los Ensayos “se incluyesen en el Índice de libros prohibidos de la Iglesia católica, como texto antirreligioso y peligroso”. En 1676 los ensayos entraron en el Índice, y allí permanecieron hasta 1854. Pero Montaigne siguió siendo muy leído, aunque entre sus lectores estuvieran en la categoría de “libertinos”, ateos, escépticos y “vividores de mala reputación”.

En Inglaterra Shakespeare fue uno de los primeros lectores de la traducción que Florio había hecho de los Ensayos. En un fragmento de La tempestad hay una clara influencia de Montaigne. Algunos críticos buscan similitudes entre Hamlet y Montaigne, por esa duda permanente, y por la idea de que en nosotros habita un doble. Pero, al fin y al cabo, Shakespeare y Montaigne compartían la misma atmósfera de finales del Renacimiento.

Montaigne no dejó de leerse en Inglaterra y en toda Europa, a lo largo de estos siglos. En el XIX Nietzsche, uno de los más entusiastas lectores de Montaigne, lo describe como el espíritu “más libre y vigoroso que ha habido”: “El hecho de que semejante hombre haya escrito aumenta el gozo de vivir sobre la tierra”.

Mi libro es siempre uno

En “De la vanidad”, escribía Montaigne:

Mi libro es siempre uno. Salvo que a medida que se le renueva para que el comprador no se vaya con las manos vacías, permítome adjuntarle (pues no es más que una marquetería mal ensamblada) algún mosaico superpuesto.

De modo que Montaigne fue añadiendo y superponiendo fragmentos desde que en 1580 se publicaran por primera vez los Ensayos, hasta que en 1588 saliera una edición muy aumentada. Pero él siguió escribiendo hasta el final. Con estas premisas, una edición crítica de los Ensayos resulta bastante complicada.

Después de su muerte, Mary de Gournay, su fille d’alliance, se dedicó a trabajar en la edición que se publicaría en 1595, la que se leyó durante siglos. En 1772 se encontró la denominada “copia de Burdeos”, anotada, aunque no se le hizo mucho caso hasta finales del siglo XIX, cuando los estudiosos comenzaron a comparar las ediciones y hallaron algunas diferencias significativas.

Se comenzó a dudar de Mary de Gourney, entre otras cosas por los elogios que Montainge le dedicaba y que podían haber sido añadidos por la propia Mary. Pero ella misma merece un capítulo aparte.  Como Señala Sarah Bakewel, supo ver todo lo que Montaigne tenía de moderno: “el estilo, la estructura divagatoria, su voluntad de revelarlo todo”. Ella creó, o ayudó a crear, el mito de Montaigne.

La guerra de ediciones no ha concluido aún, como tampoco hemos acabado nuestro diálogo con Montaigne y sus lectores. Podemos encontrarlos en Internet y llevarnos sorpresas, como la que me produjo el blog de crítica literaria Je dis ce que j’en sens. Su autor, Joan Flores Constans, había elegido, al igual que yo, una frase del mismo ensayo de Montaigne, “De Demócrito y Heráclito”.

Como vivir. Una vida con Montaigne es una lectura de Montaigne y una invitación a que leamos los Ensayos y a que sigamos maravillándonos de su existencia. 

Comentarios

  1. Una gran deuda pendiente, los Ensayos. Recuerdo que un amigo decía que era una reencarnación de Montaigne. Leyéndote se me ocurre que muchos deben haber tenido esa impresión. Saludos, Carmen. Me alegra que de vez en cuando sigas escribiendo acá.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Cuánto me alegro de verte por aquí, Vero. Espero que un día te acerques a los ensayos y los disfrutes tanto como. Cuando todo resulta confuso vuelvo a Montaigne, y nunca me defrauda

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

"Madona con abrigo de piel", de Sabahattin Ali

Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexievich

Stein, Hemingway, Woolf y la generación perdida

Unamuno en "La isla del viento"

Solaris y la solarística