Montaigne en Roma

"Su ruina misma está llena de gloria y de pompa". (Montaigne, La vanidad)
Aun las cosas presentes las poseemos sólo con la fantasía. Dado que me encuentro inútil para este siglo, me entrego a aquel otro; y me embelesa tanto, que el estado de la vieja Roma, libre, justa y floreciente —porque no amo ni su nacimiento ni su vejez— me importa y apasiona. (…). ¿Se debe a la naturaleza, o a un error de la fantasía, que la contemplación de los sitios que sabemos fueron frecuentados y habitados por personas cuya memoria tenemos en estima, nos conmueva en cierto modo más que escuchar el relato de sus acciones o que leer sus escritos?
                                                                  Michel de Montaigne, La vanidad

El viaje de Michel de Montaigne por Alemania, Suiza e Italia debía culminar con la llegada a Roma, lugar imaginado y a la vez familiar. Pero, ¿cómo sería Roma?, ¿cumpliría todas las expectativas? Montaigne quien, sometido a un curioso experimento, aprendió latín antes que la lengua francesa, temía que Roma lo defraudase. Por ello su secretario anotó:
Y en cuanto a Roma, adonde los demás ansiaban ir, él deseaba verla menos que otros lugares, pues todo el mundo la conocía. (...). Decía también que le parecía ser igual que esos que leen algún cuento muy placentero, o un hermoso libro, y tienen miedo de que llegue pronto el final.

Llegaron, “a las veinte horas del último día de noviembre,
 festividad de San Andrés, a la puerta del Popolo”
Sin embargo, el señor de Montaigne, cuando ya se hallaba cerca de Roma, no pudo disimular su nerviosismo. En la jornada final se levantaron “tres horas antes de amanecer, tantos eran los deseos que tenía de pisar el suelo de Roma”. Llegaron, “a las veinte horas del último día de noviembre (de 1580), festividad de San Andrés, a la puerta del Popolo”. Al entrar en Roma le confiscaron sus Ensayos y otros libros para que los examinaran los censores de la Inquisición. No se los devolvieron hasta marzo, con una llamada de atención por utilizar demasiado la palabra “fortuna” y por mencionar a poetas heréticos.


Años después, en el ensayo La vanidad, Montaigne escribiría:
(…) No podría volver a ver tan a menudo la tumba de esta ciudad, tan grande y tan poderosa, que no la admirara y venerara. Tenemos en consideración el cuidado de los muertos. Ahora bien, me han criado desde mi infancia con éstos; he sabido de los asuntos de Roma mucho tiempo antes que de los de mi casa. Conocía el Capitolio y su situación antes de conocer el Louvre, y el Tíber antes que el Sena.
Montaigne se encontró con una ciudad cosmopolita, el centro del mundo, donde había tantos franceses que resultaban una molestia “pues en la calle no encontraba a casi nadie que no le saludara en su lengua”. Hasta febrero de 1581 su secretario escribe las anotaciones del Diario de viaje. A partir de entonces es el propio Montaigne quien se encarga de esta tarea:

Yo decía, de entre los méritos de Roma, que es la ciudad más universal del mundo, y donde la extranjería y diferencia de nacionalidad tienen menos importancia; pues por su naturaleza, es una ciudad hecha de remiendos extranjeros; cada uno está aquí como en su casa. Su príncipe domina toda la Cristiandad con su autoridad.
El jueves 26 de enero, el señor de Montaigne, habiendo ido a ver el monte Janículo,
más allá del Tíber, y a examinar las singularidades de aquel lugar (…) y contemplar la situación
de todas las zonas de Roma,  que desde ningún otro lugar se ven tan claramente... 

Durante los cinco meses que permaneció en Roma, alojado en unas habitaciones frente a Santa Lucia della Tinta, Montaigne no dejó de padecer sus dolorosos cólicos. Un día expulsó “una piedra dura, larga y compacta, que tardó cinco o seis horas en pasar por la verga”; en otra ocasión fue “una piedra como un piñón grande y de esa misma forma”. Pero los males se atenuaban en aquel lugar donde todo era entretenimiento:

Yo no he tenido mayores enemigos de mi salud que el aburrimiento y la ociosidad; allí tenía siempre alguna ocupación, si no tan placentera como hubiese podido desear, al menos suficiente para distraerme: como visitar las antigüedades, las viñas, que son jardines y lugares de recreo, de belleza singular, donde aprendí cómo el arte podía servirse perfectamente de un lugar abrupto, montañoso y desigual.

Se podía “ir a escuchar sermones” o “disputas de teología”, o incluso a conversar con “alguna mujer de las públicas”, “para oír su charla y participar en sus sutilezas”, aunque las conversaciones, como todo lo demás, solían ser bastante caras:

Todas esas diversiones me tenían bastante atareado; de melancolía, que es mi muerte, y de tristeza, no tenía ocasión alguna, ni dentro ni fuera de casa.

No encontró mujeres de una belleza excepcional, a pesar de su fama, aunque anotó que “como en París, la belleza más singular se encontraba en poder de aquellas que la ponían en venta”.  En cuanto a los hombres, escribe: “No sé cómo no tienen modales de duques, condes o marqueses, aun siéndolo, sino una apariencia un poco vil”.

Desde Navidad a Pascua

El sepulcro más bello es el de Santa Rotonda, a causa de
sus luminarias. Entre otras cosas hay un gran número
 de lámparas girando y dando vueltas sin cesar de arriba abajo

Montaigne tuvo tiempo de conocer las costumbres de la Roma de su época. El día de Navidad, fue a San Pedro a la misa del Papa –Gregorio XIII, por entonces–. Le dieron un buen sitio para no perderse detalle. Vio cómo utilizaban “cierto instrumento para beber el cáliz tomando precauciones contra el veneno”; y observó cómo el papa y los cardenales charlaban durante toda la misa. El secretario anotó: “Estas ceremonias parecen más ostentosas que devotas”

En otra ocasión el Papa le concedió una audiencia a Montaigne, y su secretario describió una ceremonia fría y teatral. El papa aconsejó “al señor de Montaigne que persistiera en la devoción que siempre había tenido a la Iglesia y en el servicio del Rey cristianísimo, y que él les serviría de buena gana en lo que pudiera: esto es mera fraseología italiana”.

Ni a Montaigne ni a sus compañeros de viaje les pareció que el carnaval romano “fuera gran cosa”. En el Diario se mencionan las carreras del Corso “una calle muy larga de Roma que recibe su nombre por eso”. Corren “caballos, montados por niños pequeños que los azuzan a latigazos”. Pero también hacen correr “bien a cuatro o cinco niños, bien a judíos, o a viejos totalmente desnudos, de un extremo a otro de la calle”.

De este modo resumía Montaigne el ambiente de Roma:

Esta es una ciudad en la que sólo existen la corte y la nobleza; todos participan en la ociosidad eclesiástica. No hay una calle comercial, o menos que en una ciudad pequeña; solo hay palacios y jardines. (…) La ciudad apenas cambia de aspecto en un día laborable o en un día de fiesta.

A los romanos les gusta pasear; es “el ejercicio más corriente”. Por lo general “la empresa de salir de casa se hace solamente para ir de calle en calle sin tener donde detenerse”. De ese modo se puede ver a las damas tras las celosías: “saben mostrarse por donde tienen lo más agradable; os presentarán solamente la parte superior del rostro, o la inferior, o un lado, pues se cubren o se descubren de tal forma que no se ve una sola fea en la ventana”.

Montaigne asistió a ejecuciones, como la de Catena, “un famoso ladrón y capitán de bandidos”, al que después de estrangular “despedazaron en cuatro cuartos”: “Hacen morir a los hombres con una muerte simple y ejercen su rudeza después de la muerte”. Aunque también contempla la ejecución de dos hermanos a los que primero “se les torturó con tenazas, luego les cortaron la mano delante de dicho palacio”.  También fue testigo de un exorcismo, y asistió a la antigua ceremonia de circuncisión de los judíos. Además tuvo tiempo para visitar tranquilamente la biblioteca del Vaticano, donde se podía acceder a las grandes joyas bibliográficas “sin ninguna dificultad”.  

Montaigne observa la teatralidad romana: “Las gentes me parecen menos devotas que en las buenas ciudades de Francia, pero mucho más ceremoniosas: pues en esto son exageradas”. Y para argumentarlo relata algunas anécdotas:

Estando un individuo con una cortesana, acostado en la cama y dedicado a prácticas libertinas, sonaron a las veinticuatro horas las campanadas del Ave María: ella se arrojó inmediatamente del lecho al suelo y se puso de rodillas para hacer su oración.

El cielo bajo el que Roma había estado situada

"Está convencido, por el arco de Severo, de que estábamos a más de dos picas por encima del
 antiguo suelo; y lo cierto es que, en casi todas partes, se camina sobre el borde 
superior de los viejos muros que la lluvia y los carruajes dejan al descubierto".

Una vez en Roma, Montaigne hizo bien las tareas. Como no se fiaba de los guías, él mismo “se ocupó de instruirse”. Y pronto, con mapas y libros que leía por la noche, dominó la materia “y de día iba a poner en práctica sobre el terreno lo que había aprendido; así que, en pocos días, hubiera podido fácilmente guiar a su guía”. En Roma se caminaba sobre ruinas, que apenas quedaban al descubierto por la lluvia o los carruajes. Así, escribe el secretario:

Decía que de Roma no se veía más que el cielo bajo el que había estado situada y el plano de su asentamiento; que el conocimiento que tenía de ella era una ciencia abstracta y contemplativa, en la que no había nada que percibieran los sentidos; que los que decían que al menos se veían las ruinas de Roma decían demasiado; pues las ruinas de un aparato tan temible proporcionarían más honor y respeto a su memoria: esto no era más que su sepulcro.

Montaigne se admira de que en tan poco espacio como ocupan los siete montes, y entre ellos los más famosos, el Capitolio y el Palatino, “se erigiera allí un número tan grande de edificios”.  Las ruinas del Foro Romano, limpias y cuidadas que ahora vemos, solo eran en 1580 “unos restos similares al derrumbamiento de una gran montaña desmenuzada en horrendos peñascos”:

"Y el monte Savello no es otra cosa que una parte
de las ruinas del teatro Marcelo".
Con frecuencia ha sucedido que, tras haber excavado a fondo en la tierra, no se llegaba a encontrar más que el capitel de una columna altísima que aún estaba en pie más abajo. (…). Sin embargo, sobre las mismas ruinas de los viejos edificios, tal como el azar los ha dejado, destruyéndolos, han plantado las bases de sus nuevos palacios, como sobre grandes trozos de roca, firmes y seguros. Es fácil ver que algunas calles están a más de treinta pies de profundidad por debajo de las actuales.

Montaigne nunca pudo imaginar que aquellos papeles que escribió en su viaje se publicaran dos siglos después. Un hallazgo que celebraron grandes lectores de los Ensayos como Stendhal, quien en 1829 escribiría sus Paseos por Roma. Stendhal se sorprende de que Montaigne no se admirara de las obras de arte. Sin embargo reconoce que “el genio (de Montaigne) consiste en adivinar y estudiar atentamente las disposiciones de los pueblos”.

Es cierto que no escribió de “los frescos del Correggio, de Miguel Ángel, de Leonardo da Vinci, de Rafael”, que de las iglesias solo dijo que son “menos bellas que en la mayoría de las buenas ciudades de Italia”, y que mencionó sólo de pasada, las esculturas que le habían gustado:

El Moisés, en la sepultura de San Pedro in Vincula
El Adonis que está en la casa del obispo de Aquino; la Loba de bronce y el Niño que arranca la espina, del capitolio; el Laocoonte y el Antinoo del Belvedere; La Comedia del Capitolio; el Sátiro de la viña del cardenal Sforza; y de las obras nuevas el Moisés, en la sepultura de San Pedro in Vincula; y la bella mujer que está a los pies del papa Pablo III, en la nueva iglesia de San Pedro: estas son las estatuas que más me han agradado en Roma.

Pero no era esta su Roma, la que él había venido a buscar, aquella de la que quizás solo quedaban al descubierto las ruinas menos dignas, como si a "los enemigos de esta gloria inmortal les hubiera impulsado a arruinar primero lo más bello y lo más digno que había”:

Los edificios de esta Roma Bastarda que ahora se iban adhiriendo a esas ruinas antiguas, aunque tuviesen algo que pudiera causar admiración a los siglos presentes, le hacían recordar precisamente los nidos que los gorriones y las cornejas cuelgan en Francia de las bóvedas y las paredes de las iglesias que los hugonotes acaban de demoler.

La más noble ciudad
El miércoles 19 de abril, Michel de Montaigne partió de Roma para seguir visitando balnearios y otros lugares de Italia. Regresó el domingo 1 de octubre, cuando “se sentía en esa estación un frío grandísimo y un viento helado de la Tramontana”. Ese mismo día recibió “las cartas de los Jurados de Burdeos”, en las que le comunicaban que le habían hecho gobernador de la ciudad.  Dejó Roma el domingo 15 de octubre, aunque siguió llevándola consigo.

En el ensayo La vanidad, como muestra de esta “necia inclinación” que todos padecemos, transcribe su famosa bula: “una bula auténtica de ciudadanía romana, que me fue otorgada recientemente, cuando estuve allí, pomposa en cuanto a sellos y letras doradas, y otorgada con una generosidad del todo graciosa”. Sí, es una tontería, una muestra de vanidad, pero “no puede librarse de ella sin destruirse a mismo”:
Dado que no soy ciudadano de ninguna ciudad, estoy muy satisfecho de serlo de la más noble que ha habido y habrá nunca. 

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