"Tratado de las mariposas" de Yaiza Martínez

Papilio palinurus, de Rafael Lucena


Recuerdo que, de niña, me maravillaba el misterio de las mariposas. Cuando llegaba la primavera, mi mejor amiga criaba gusanos de seda en una caja de zapatos. Nos gustaba ver cómo las larvas se movían entre las hojas de morera, la planta madre de la que se alimentaban. Aguardábamos a que los gusanos sufrieran la transformación y fueran envolviéndose en una hermosa crisálida. Y seguíamos esperando, pacientemente, porque sabíamos que un día nacería de allí una mariposa. Huevo, larva, crisálida, mariposa; aquellos pequeños seres eran varios y solo uno. ¿Cómo la naturaleza había podido hacer algo tan extraordinario y lo había puesto ante nuestros ojos infantiles, ávidos se saber, de descubrir todos los secretos?

Recuerdo también la llegada de las mariposas a los patios encalados; corríamos detrás de ellas asombrados por su vuelo. Ignorábamos cuál era la especie, solo percibíamos que, con su presencia, alegraban las tardes de primavera y verano. Aquella fiesta cotidiana se fue perdiendo conforme nos adentrábamos en el hábitat urbano. Pero todavía hoy las mariposas aparecen revoloteando entre los geranios de un balcón en la ciudad, para que no nos olvidemos de que ellas continúan siendo una revelación de la vida.

Sabemos, por el Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot, que para algunos pueblos antiguos, las mariposas representaban al alma, la atracción hacia lo luminoso, la vida; o que para el psicoanálisis significa el renacer. Con el Tratado de las mariposas (Tigres de papel, 2018) Yaiza Martínez nos devuelve en clave poética la fascinación por esos seres que conviven con nosotros en el planeta Tierra. “Cuidando lo pequeño se teje protección”, leemos en uno de sus versos. La supervivencia de las especies es nuestra supervivencia.

Este Tratado de las mariposas es algo más que un “escrito o discurso de una materia determinada”, porque en él las mariposas escapan de la destrucción de las vitrinas –“¡Qué hermosas muertas de hambre tras el vidrio!”– para volar libremente a través de las páginas, contándonos su historia y las de otros viajeros que las acompañan, contando nuestra propia historia: nacer, morir y renacer. Permanece la forma, la geometría, la esencia, el alma.

Como en todo buen tratado hay notas aclaratorias y algo más: un cuaderno de campo, un blog que complementa nuestra lectura, para que conozcamos mejor a las mariposas y a los viajeros ilustradores que han colaborado en este proyecto, entre ellos nuestro compañero y amigo Rafael Lucena, con su hermosa Papilio palinurus, la mariposa esmeralda.  

Yaiza ha estructurado su poemario en tres partes, tres estados del lepidóptero. Pequeñas mariposas sobrevuelan los poemas de los dos primeros capítulos; algunas se convertirán en los imagos de la sección final, las mariposas adultas en todo su esplendor.

Iniciamos el viaje en esa caja de zapatos que ahora es lenguaje, cuerpo y mundo. “De la tierra haciendo cascarón y templo”, así comienza la historia de huevos y larvas, acunados por las “plantas madre”, alimento de la mayoría de las mariposas, lugar donde las hembras ponen los huevos, donde nacen las larvas y se alimentan. Es el origen del ciclo, el mundo vegetal. Si una planta se extingue, un mundo desaparece con ella.

De historias de destrucción y de supervivencia nos hablan los once poemas que componen la primera parte. Como la mariposa Lycaeides melissa samuelis, conocida como la Karner Blue, porque fue encontrada en Karner, una aldea del estado de Nueva York.  Pero la urbanización ha destruido al “salvaje lupino” su planta madre: “Han separado la tierra/ y a las criaturas de la tierra/ y a la tierra de sus criaturas”.  

Nuestro viaje nos lleva hasta Japón, donde el accidente nuclear de Fukushima fue causa de mutaciones en la Zizeeria maha. Seguiremos después a la mariposa monarca en su largo peregrinaje desde Canadá a Méjico, a los “santuarios de hibernación”, lugares para proteger a su planta madre y con ella a la monarca, la Danaus plexippus. Para el pueblo indígena de los mazahura estas mariposas son el símbolo de sus muertos, que regresan a visitarlos cada año: “Al final de la ruta una boca/ llama a los muertos”. Porque, como leeremos en la sección final: “El cuerpo es la ruta de los ancestros”.

Desde el parque de Anaga, en Tenerife, nos llega el lamento de la mariposa capuchina; “el paso de los militares”, la avispa para controlar las plagas, ha sido la causa de que no se vea este ejemplar desde los años 90: las avispas “penetran en la niña/ para masticarla desde el interior”. “Me escondí para siempre”, susurra la gigante blanca de la isla de Madeira, pues durante siglos la quema de los bosques donde habitaba ha provocado la desaparición de esta especie.

Pero la mariposa, como los seres que habitamos la tierra, posee una enorme capacidad de adaptación. Un impulso vital le permite sobrevivir en las circunstancias más adversas. Así tenemos a la Biston betularia de Manchester. Si en un principio fue blanca para camuflarse entre la corteza de los abedules, las industrias derivadas del carbón tiñeron de negro las cortezas, y durante años la mariposa fue cambiando sus alas para adaptarse al nuevo medio:

“niña come
esta hoja de hollín
sobre la corteza de los abedules”

La mariposa bandera argentina también se encuentra en peligro si desaparece su planta madre. En la región Punta del Indio se les rinde cada año un homenaje: “y allá donde se iza/ la tierra es sagrada”.

Contraportada de
Tratado de las mariposas,
con el poema Morpho azul y la
ilustración de Laura Giordani
Y de este modo, nuestros huevos y larvas se han convertido en crisálidas “
toca la costura entre mundo y cuerpo”. En su camino hacia la continuidad de la vida las acompañan otros seres: “Parten los Viajeros/ hacia la restauración de la Frondosa”. Las notas nos remiten a los nombres científicos de las mariposas, nombres de resonancias mitológicas que conformarán el mundo simbólico de la tercera parte del poemario. También los nombres comunes de las mariposas atesoran una historia, desde la forma de sus cuerpos hasta la majestuosidad del vuelo. Seres con dos nombres, con múltiples significaciones, como la luz que se refleja en las escamas de sus alas y las trasforma en cristales, en prismas donde esa luz se convierte en transparencia o color: azules, esmeraldas, amarillos, rojos o anaranjados.

Pero no adelantemos el final. Acompañemos a esas madres y niñas entre versos que hablan de muerte y destrucción, como en el poema “Nadie”, y su Tatochila Theodice, la mariposa blanca de Chile. Por un momento  parece que nos adentramos en un cuerpo-mundo donde “entre el montón de huesos/ respira la música”. Es un viaje “en realidad dirigido/ al núcleo del costillar”, a la “celosía de huesos”. La poesía da voz a lo que permanece enterrado y oculto, a lo que no se quiere nombrar, para de ese modo borrar su existencia. Hay una muerte después de la muerte: el silencio y el olvido. La palabra recupera la memoria, “Hazlo saber”:

“es doble la muerte
cuando los huesos
se ocultan a la luz”

“Benjamin Driscoll”, personaje del cuento La mañana verde de Ray Bradbury, vuela con la Heliconius erato, “el pequeño cartero”. “Agua y paciencia para el latido”, leemos en el poema. Esta mariposa, de origen muy remoto, guarda la memoria de los lugares donde hay néctar y polen. Después, en la sección “Imago”, oiremos su orden: “Obedece al amor/ Traslada a los poetas/ Erato”. Aunque ahora estamos comenzando y aprendiendo; con la vegetación aparece la vida:

“En el corazón
tocan los Viajeros
el bosque y la savia-cincel
de las algas primeras”

Seguimos el viaje a través de la historia y la memoria de los que fueron silenciados, como Hipatia, mujer y filósofa que sufrió la crueldad y la destrucción por su condición de mujer: “En el esternón encuentra golpe, hoguera,/ desolladura”. Pero Hipatia es Actias luna, una mariposa nocturna que burla a sus depredadores, los murciélagos, girando su cola para desviar el sonido y confundirlos. La memoria de Hipatia sobrevive. Cuando de la crisálida salga como imago la Actias luna comprobaremos que “Como en mil y un relatos se muestra/ a la fuerza vence lo sutil”.

Vence el amor; lo sabe bien la Hypolimnas bolina o mariposa de la luna azul, cuyas hembras no abandonan las hojas donde ponen los huevos. Hay que “acostar a las niñas en un pozo seguro/ y hacer de cada órgano/ lumbre y nevero”, nos dice en el poema “Jojo”:

Llegan los Viajeros al día
es tiempo para jugar

No hay que temer el viaje. De eso nos habla la “Pieza de Ismael y de Laertes”, con su hermosa Papilio machaon, la macaón: “Las mariposas tocan tórax y brazos/ con la boca de la infancia”. Frente al poder, se alza de nuevo el silencioso resistir de las mujeres en la historia:

“qué consuela este acuario circular

de las mujeres
donde cuerpo y pensamiento
se reúnen”

Con “Naia”, nombre que se le dio al esqueleto de una adolescente de más de 12.000 años de edad, viaja la Calyptra thalictri, o polilla vampiro que se alimenta de sangre o lágrimas: “En la montaña del ser/ vino a posarse la mano”.

En este tejido del tiempo, nunca están solas las mariposas; entre la luz de la “Pieza de la luciérnaga” o el dolor de “Magma”: “Mi pueblo muerto/ genera tejido de observación, / susurro miel de aguarda”. Y en los poemas “Amaris” y “María”, la niña de Sierra Nevada, una de las diez especies más amenazadas del mundo, cuida a la vulneraria, su planta madre: Lamiendo a la madre/ se cura el esqueje.

El amor se yergue frente a la ira y la cólera del poema “Aquiles”: “El azufre volcánico ha invadido este mar, cuerpo de Erinias/ que de amor aprendió violencia”. La Attacus atlas, la mariposa más grande del mundo, aparece en el “Pléyades”, hijas del titán Atlas. Pero este lepidóptero, de treinta centímetros, carece de boca en su etapa adulta y muere a los pocos días de convertirse en imago: “El gigante carece de boca/ pero piensa/ piedra de Toukbal sostiene el cielo”.

Los viajeros sobreviven a un mundo hostil, porque se conserva la memoria del amor, como en el poema “Pan”, donde regresa la mariposa de la luna azul: “Acarician los Viajeros la malla del alma/ crecida sin madre”. Otra vez “el pespunte late” y los seres que habitan la tierra se funden en uno. De este modo leemos en la “Pieza de la paz”:

“Las mujeres
atraviesan la puerta
para salvar la ciudad
Detuvieron la guerra
No lo dice la Historia

Solo voceaban los niños”

“Las dos caras de esta moneda rezan solo dar”, escribe Yaiza en el poema “Antonio D. Varela”, un canto a la generosidad, a la palabra como portadora de luz, como un cauce donde el desorden, el caos, se convierten en el lenguaje de la razón y la justicia: “se impone logos al viento”.

Otros poemas nos hablan de resignación, de soledad, pero también de calma, alegría y crecimiento (“el cuerpo de agua alcanzará el mar”, leemos en “Sinclair”). En “Asclepias” la mariposa monarca nos lo recuerda, para que no lo olvidemos nunca:

“A ras de tierra
son cincuenta años luz

y guarda

la moneda de amor que liba”

En la “Pieza del maestro”, “palpan los viajeros el deseo/ de enseñar al desierto a ser agua”. Todo parece volver a su lugar y el orden se restaura: “el Reino Vegetal impregna el canto”.

Ha sido un largo camino el de estos lepidópteros que en el capítulo final se han convertido en adultos, en mariposas de breve pero intensa vida. Qué poco sabíamos de ellas, y cuánto nos han enseñado. Ahora vuelan al ritmo de los versos, de la naturaleza. Nos piden que las dejemos volar y que volemos con ellas, a través de las metáforas, de las imágenes que Yaiza Martínez ha ido engarzando para crear un mundo, un lugar en el lenguaje donde reposar tranquilos, pero sin olvidarnos de una amorosa vigilancia.

“La forma es el color”, nos dice de la morpho azul, y la “mariposa de cristal” nos enseña la “transparente geometría de los instintos”, mientras la  mariposa arlequín agita majestuosamente sus alas, o la Caligo, nos remite a las tinieblas, un estado que existía antes que el caos.

Nos conmueve la belleza de algunas mariposas, que se sienten atraídas por la fruta podrida, la arena empapada de orín y los flujos de los animales muertos, como la mariposa del madroño. Y admiramos las distintas formas de sobrevivir, como la de la Vanessa atalanta que utiliza la técnica del camuflaje “la fe es culpa del color  y el resto es rúbrica alar que convence / de amar la batalla”. O la de la mariposa cebra, y su vuelo circular para huir de los extraños:

“Y un espiral de plata la lleva
  Al reloj azul del ápice

Siempre al mismo punto distinto”

El poemario se cierra con el poema de la mariposa blanca de Chile, en el que se repiten versos como un círculo. Es el regreso, el renacer y nosotros estamos allí, somos los “animales lectores”, que habitan en “edificios tiernos /que se pueden comer”, en la naturaleza. De este modo concluye y se inicia de nuevo, el Tratado de las mariposas, el ciclo de la vida:

Cuando el fuego se apaga
aquí
la forma siempre es el color

el cómo y el qué
son un circuito


Este texto se leyó en la Presentación de "El tratado de las mariposas", de Yaiza Martínez
en la sala de fondo local de la Biblioteca Pública Municipal de Lucena. 5 de abril de 2018 







Comentarios

  1. Me agradó mucho asistir a este acto en el que todo resultó muy grato: la bien elaborada presentación de Carmen Anisa, la lectura apacible de una selección de poemas por parte de la autora, Yaiza Martínez, y hasta el público asistente que se mostró muy atento de principio a fin. Gracias

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    1. Gracias, como siempre, a ti, Alfonso. Por tu asistencia y apoyo. Me alegro mucho de que os gustara. Fue un acto muy especial para nosotras

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