Sobre haikus y "El invernadero de nieve"

El niño juega.
Su arco de palabras
es invencible.

Un haiku para Manolo Lara Cantizani



En la presentación de "Hainuwele". 27 de abril de 2001. Fotografía de Antonio Ortega
Cuando me encuentre con el poeta Manolo Lara Cantizani paseando por las calles de Lucena, o tomando algo en una terraza, le diré que tiene que escribir una historia; la historia de estos días en los que ha conseguido que todos sus amigos y conocidos lo acompañen en su aventura de escribir haikus. En los momentos difíciles a los seres humanos nos une la poesía; se trata, parafraseando a Juan Ramón Jiménez, de “vencer al miedo cantando”.

He cantado con Manolo Lara en varias ocasiones, como en el grupo carnavalesco que formamos con otros amigos a finales de los años 90. El historiador Arcángel Bedmar, letrista y director musical, nos había contagiado su pasión por el carnaval de Cádiz, y nosotros interpretábamos sus ingeniosas letras con toda la energía posible, pero desafinando. A pesar de nuestra escasa formación musical, disfrutábamos y transmitíamos nuestra alegría. Y eso era lo más importante.

También, durante dos cursos, en épocas distintas, trabajé con Manolo Lara en el IES Juan de Aréjula. Recuerdo sobre todo los años 2000 y 2001, en los que nos sucedieron muchas cosas. Por entonces él había creado la colección de poesía Las cuatro estaciones, editada por el Ayuntamiento de Lucena. De aquella preciosa colección saldrían hitos como Hainuwele de Chantal Maillard (2001), en cuya presentación participé, gracias al empeño de Manolo. Pues cuando él dice: “Lo presentas tú”, sabemos que es una responsabilidad pero, sobre todo, un honor.
En el IES Juan de Aréjula, después de l
dentro de las actividades de la Semana del Teatro,
organizada por la Delegación de Cultura del Ayuntamiento de Lucena.
Además de editar a grandes autores españoles, la colección incluyó a poetas que en España apenas habían sido publicados, como Charles Simic, con la antología Desmontando el Silencio (2004), traducida por Jordi Doce; o Mark Strand, con Aliento (2004), traducido por Julián Jiménez Heffernan.

Manolo Lara consiguió convertir a Lucena en un referente para la poesía en nuestro país, a la vez que trabajaba en distintos institutos como profesor de Enseñanza Secundaria, e inculcaba a los alumnos el amor por la literatura. Desde hace once años es concejal del Ayuntamiento de Lucena y en la actualidad se encarga, entre otras, de las delegaciones de Cultura, Turismo y Deporte. Como animador y difusor cultural su lema sigue siendo “por qué no”; porque en la vida siempre debe haber una nueva aventura en la que embarcarnos.
Con nuestro querido amigo Arnoldo Liberman,
después de su conferencia: "Música y errancia:
Mahler llega a Lucena", organizada por la Delegación de
Cultura del  Ayuntamiento de Lucena en febrero de 2016

En 10 de mayo de 2007 Lara Cantizani presentó en Lucena su libro El invernadero de nieve, con el que había obtenido el XXXIII Premio de Poesía Ciudad de Burgos y que había sido editado por la prestigiosa editorial DVD, ya desaparecida. Como en otras ocasiones me dijo: “Quiero que lo presentes tú”. Y estas fueron algunas de las palabras que escribí entonces:

Presentación de El invernadero de nieve

La poesía es un puente entre la realidad y lo inexplicable. A veces ese puente se halla en el poema oral de una niña, en un avión de juguete o en unos cromos repetidos. Todos trazamos nuestros puentes, pero los poetas logran cristalizarlos en palabras.

Los poemas de El invernadero de nieve están divididos en tres secciones: “charcos”, “lagos” y “mares”. Lara Cantizani ha utilizado la metáfora del agua como título de cada sección. Comenzaremos chapoteando por los charcos, como en nuestra infancia. Después navegaremos por lagos tranquilos e inquietantes, como una estampa japonesa; y terminaremos sumergiéndonos en los mares cada vez más extensos y profundos.

Los haikus ocupan la sección “Charcos”. A estas alturas Lucena podría calificarse como “la ciudad del haiku”. Bajo el magisterio de Lara Cantizani, muchos jóvenes han escrito haikus y han visto publicados sus poemas en varios libros –Once de marzo, antología de haikus desde Lucena, Haikus del mal amor y Deshielo en primavera– que han conseguido gran difusión nacional en la prensa y en importantes encuentros poéticos.

El haiku se desarrolla a partir de la waka –­poema japonés– o tanka –poema corto–, de treinta y una sílabas, distribuidas en cinco segmentos de cinco, siete, cinco, siete y siete sílabas. A partir del siglo XV, los japoneses suprimieron los dos versos finales de la estrofa y crearon el haiku (cinco, siete, cinco). Son varias las causas de esta brevedad. Una de ellas hay que buscarla en la propia lengua japonesa, con sólo ciento veintiséis sílabas estrictas. La poesía japonesa tuvo un crecimiento interior y desarrolló un complejo sistema de alusiones y símbolos. La poesía occidental adopta la forma del haiku pero la dota de nuevos contenidos y matices. El haiku puede aludir al instante y a los sentidos, algo que predomina en el haiku de Lara Cantizani titulado “Funambulista”:

En equilibrio
el horizonte rojo
tensa la tarde.

Pero la forma del haiku se puede utilizar para jugar con los conceptos, las palabras y las paradojas, como en este haiku, un acertijo en el que, a través del humor, se nos presenta la fragilidad de la condición humana:

El astronauta
cuando llega a la luna
no ve la luna.

El ingenio desbordado de Lara Cantizani encuentra aquí su cauce  –volvemos a la metáfora del agua–.  Es un río que somete a disciplina, hasta llegar a la esencia. Y si nos gusta guardar algunos poemas o su destello en la memoria, con los haikus hasta los más desmemoriados conseguimos atrapar las palabras. Cada uno de nosotros encontrará haikus o un haiku especial. Para mí hay varios especiales: “Adriana y Elisa”, “Bosque perenne”, “En mi memoria”. Pero uno me persigue sobre todos, se trata, precisamente de “El perseguido”:

El perseguido
por una adivinanza
que no es su sombra.

Lara Cantizani escribe haikus pero no es japonés, por más que parezca que se le  achinan los ojos y que nos contagia esa extraña metamorfosis. Al contrario que en la literatura japonesa, pasa del haiku a la waka o tanka. De tres a cinco versos. Son los lagos, misteriosos, limpios –a pesar de la nieve sucia–, y llenos de quietud. En ellos encontraremos la visión fugaz de un paisaje, de un detalle, de un objeto. Tan sólo un instante, una hoja, una hierba o un vilano nos transportan a una estación del año. O dos labios extranjeros hacen que arda el mar. Hay mucho amor también en estos versos. Y erotismo. A menudo está presente la metáfora clásica del fuego pero renovada, como en el haiku:

Jugar con fuego
en la nieve tu aliento
fumata blanca.
    
En la sección “Mares”,  los poemas se extienden, fluyen a través del verso libre. Poemas “Ciego ante el peligro” o “En tanto que tan poco” son una muestra de ese toque de humor inteligente que tanto le gusta a Manolo Lara. Otros versos conseguirán inquietarnos, hacernos andar como el funambulista que tensa la tarde. Porque de la misma forma, el poeta tensa el poema hasta que está tan cargado que su riqueza expresiva nos deja en suspenso, sin saber de qué lado caer, o manteniéndonos en esa cuerda floja con versos como “hay vidas imperfectas. Seres tan prescindibles como la piel de los invernaderos”, o “la arquitectura feliz del desorden moral / es un mosaico de teselas sin equilibrio”.

Estos últimos versos pertenecen a “El peso del orden”, un poema distinto en el que Lara Cantizani da un giro poético, sin olvidar su estilo, su manera de que todo parezca un juego, pues, a partir de un simple juego, mientras dispone “…en fila india, /con Elisa, / las estampas repes / de los Pokemon de Adriana traza el puente (“pienso en el orden del mundo”) hacia esa otra realidad sin sentido que es la miseria que devora a los más débiles, a los niños. El libro se cierra con “El poema de los dones de mis hijas” y los versos: “Lo grande,/ a veces tan pequeño”. Dos versos breves, pocas palabras que tanto nos dicen acerca de lo en verdad nos importa en la vida.

Hay poesía, humor y amor en este libro. El invernadero de nieve es una metáfora. De nuevo el agua, aunque esta vez en estado sólido. Un invernadero de nieve no nos sirve para nada. La nieve se derrite y forma charcos, lagos y mares. Es algo inútil, pero ¿y si existiera el invernadero? La literatura no sirve para nada. Es algo inútil, no nos alimenta, no nos paga la hipoteca, no nos vuelve ricos. Sin embargo, no podemos vivir sin literatura, sin una canción en los oídos, sin unos versos que nos lleven hacia adentro, por caminos y puentes que sólo recorre la poesía. Los invernaderos de nieve no sirven para nada, pero no podríamos vivir sin ellos.

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