"Madona con abrigo de piel", de Sabahattin Ali


Decía Nabokov que “las grandes novelas son grandes cuentos de hadas”. Platón en El banquete escribió un gran cuento de hadas cuando puso en boca de Aristófanes un discurso acerca del amor. La naturaleza humana habría sido en un principio circular, con cuatro brazos, cuatro piernas, dos rostros, dos órganos sexuales… Había además tres sexos: masculino, femenino y andrógino. Como los seres humanos cometieron un acto de soberbia, al pretender invadir el Olimpo, Zeus decidió castigarlos y los dividió en dos. Pero las mitades separadas morían de tristeza y sólo anhelaban encontrarse. Zeus se compadeció y lo solucionó todo para que pudieran unirse de nuevo. Y argumenta Aristófanes que “Amor es, en consecuencia, el nombre para el deseo y persecución de esta integridad”.

La gran literatura y la cultura popular se han nutrido de este mito de la media naranja y Madona con abrigo de piel (Salamandra, 2017), de Sabahattin Ali, es una variación del mismo tema. La novela se publicó en Turquía en 1943 y en la actualidad se ha convertido allí en un best seller. Nos sigue gustando leer cuentos de hadas en los que los personajes buscan la plenitud: “El alma sólo aparece cuando encuentra a su alma gemela y entonces da un paso al frente sin consultarnos, ni a nosotros, ni a nuestra razón, ni a nuestros planes. Sólo entonces empezamos a vivir de verdad, a vivir con nuestra alma”, escribe el protagonista de la novela.

Madona con abrigo de piel presenta la clásica estructura del manuscrito encontrado. Comienza con una historia marco en la que se incluye la acción principal.  El narrador es un joven de clase media empobrecida que trabaja en una oficina de Ankara, donde conoce a Raif Efendi, el traductor de alemán de la empresa. Raif es un hombre aparentemente simple, aburrido y sin emociones, al que nadie respeta y cuya vida nos recuerda a los personajes de Kafka, sobrepasados por la situación, incapaces de actuar ante el mundo hostil que los rodea.

A Raif lo maltratan en el trabajo y en la casa; su resignación resulta exasperante. Las hijas le demuestran poco cariño, su sufrida esposa parece la criada de un hogar en el que, debido a la carestía de la vivienda en Ankara, se han instalado cuñados, como kafkianos parásitos que se aprovechan sin la menor piedad de Raif Efendi. La vivienda en sí refleja esa situación: las estancias comunes, con cierto lujo pequeñoburgués, contrastan con el caos de los dormitorios fríos donde se hacinan las camas y donde no es posible la intimidad ni el sosiego.

No obstante, nuestro joven y sensible narrador logra acceder al dormitorio donde Raif yace enfermo. Este le pide que le traiga sus cosas de la oficina, entre ellas, la más valiosa, un cuaderno en el que había escrito la historia de su vida. Raif quiere quemarlo, pero ante los ruegos de su compañero, le permite que lo lea antes de hacerlo desaparecer.

Raif Efendi comienza a escribir el cuaderno en 1933, cuando ya vive en Ankara sometido a una existencia anodina. Pero un encuentro le despierta la necesidad de contar lo que le sucedió en Berlín entre 1922 a 1924, unos años cruciales para Alemania, y Turquía. Los personajes de la novela se mueven en un contexto histórico del que Sabahattin Ali (1907-1948) va dando pequeñas, pero significativas, pinceladas. Su propia vida refleja los cambios que se producen en esos años. Hijo de un oficial del ejército del Imperio otomano, nace en Ardino, Bulgaria, un año antes de que el país consiga definitivamente la independencia del Imperio. Vivió en distintas ciudades de Turquía, se graduó en la Escuela de Magisterio de Estambul y, con una beca del Ministerio de Educación, estudia en Berlín de 1928 a 1930. Sufrió algunos meses de prisión por criticar la política de Atatürk, y murió asesinado al intentar escapar del país cruzando la frontera con Bulgaria.

El protagonista de Madona con abrigo de piel sale de su tierra en una época en la que las grandes potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial se están repartiendo el pastel del Imperio Otomano. Raif no llegó a luchar en la Gran Guerra, porque mientras hacía la instrucción se proclamó el armisticio tras el que “todo se desmoronó: ya no existían ni un Gobierno como es debido ni unos ideales y unos objetivos claros”.

Hijo de una familia adinerada, Raif Efendi había nacido en Havras, donde vivía. Pero reinaba un “caos tremendo” y se traslada a Estambul para continuar con su formación. Sin embargo la ciudad también le “resultaba insoportablemente impúdica y caótica”.  Su padre le propone que se marche a Alemania para aprender del oficio del jabón de tocador, ya que, con la “devaluación del marco, Alemania era bastante barata para los extranjeros”.

En 1922 Raif Efendi es un joven de veintitrés años que aún no ha estado con ninguna mujer y que deja un caos para sumirse en otro, el Berlín de la inflación. En El mundo de ayer, Stefan Zweig escribía que en ningún momento de la historia se había dado “una época de locura de proporciones tan enormes. Se habían alterado todos los valores, y no sólo los materiales; (…), Berlín se convirtió en la Babel del mundo”.

La descripción de Zweig concuerda con la visión de Sabahattin Ali, aunque en Madona con abrigo de piel adquiere unos tintes más suaves. Su autor no vivió, como Zweig, la gran locura, que había acabado cinco años antes. No obstante las impresiones de Raif Efendi nos dan una idea de cuál era la situación. Raif encuentra en la calle a unos “muchachitos con las caras pintarrajeadas como si fueran mujeres”; llevaban “altas botas rojas” y miraban “provocadoramente a los transeúntes”. Y nos describe de este modo el baile de fin de año al que asiste:

Allí podía verse en todo su esplendor el entusiasmo desenfrenado de los años de la posguerra. Era realmente triste observar a muchachos de cuerpos escuálidos, caras con pómulos prominentes y ojos brillantes como si padecieran una enfermedad nerviosa, perdidos en una alegría desmedida; o a mujeres jóvenes que creían que habían encontrado en la desinhibición sexual la mejor forma de rebelarse contra las ataduras injustas e irracionales de la sociedad y contra sus prejuicios.

Casi un año después de llegar a Berlín, Raif Efendi descubre a su gran amor. Era a mediados de octubre de 1923. El día 29 de ese mes nace un nuevo estado, la República de Turquía y en la embajada de Berlín los ciudadanos turcos que allí viven se reúnen para celebrarlo. En noviembre acaba la terrible inflación alemana y se inicia una nueva etapa en la que todo parece normalizarse y reina el optimismo.

Desde niño la lectura era el único medio que Raif Efendi tenía para mitigar su soledad. A su padre le irritaba que su hijo se refugiara en los libros: “En ocasiones me quitaba las novelas y las tiraba”. Raif comenzó a vivir en la literatura. Sin embargo no encontraba en el mundo real a aquellos personajes con los que se “identificaba en los libros”. Berlín representaba la posibilidad de aprender una lengua y de conocer “en esa «Europa» a personas que hasta ahora sólo se había encontrado en las novelas”.

Raif Efendi pierde pronto la fascinación por Berlín. Era una ciudad con calles más anchas y limpias y con habitantes “más rubios”, solo eso. Y su vida continúa como siempre. Vive en una pensión, disfruta leyendo en alemán y le impresionan los escritores rusos. Se está convirtiendo en un lector maduro, pero “todavía no había comprendido que en la vida no hay nada tan maravilloso como lo que nos imaginamos”.

Sabahattin Ali
También visita museos y exposiciones. Decide a ir a una muestra colectiva de jóvenes pintores, a pesar de que no le gusta la pintura moderna, quizás por el deseo de llamar la atención con nuevos experimentos. Sin embargo queda fascinado con el cuadro realista de una mujer con abrigo de piel. Era el autorretrato de Maria Puder una joven pintora. Del cuadro le atrae “la expresión curiosa de la cara, un tanto salvaje, un tanto orgullosa y muy enérgica, como nunca le había visto antes a una mujer”. Ella era la mujer de los libros, la que había buscado durante toda su vida. En la reseña de un periódico llaman al cuadro “Madona con abrigo de piel”, por su parecido con la Virgen María en la Madona de las Arpías de Andrea del Sarto.

Con “su cara pálida, sus ojos negros y su larga nariz”, Maria no es uno de esos habitantes rubios de la ciudad. Hija de una católica y un abogado judío, convertido al catolicismo, era una alemana de Checoslovaquia, que se había trasladado a Berlín, donde vivía con su madre. Debido a la inflación, había desaparecido la renta familiar que les había quedado tras la muerte del padre. Por eso se ve obligada a trabajar en un cabaret, donde los focos no pueden ocultar la suciedad del dobladillo de un largo y escotado vestido blanco.

Raif se lleva una gran decepción al descubrirla: “Me causó una aflicción indescriptible que trabajara allí y se viera obligada a lanzar a su alrededor sonrisas forzadas y a coquetear sin ganas”. La educación musical de Maria le permitía tocar el violín mientras cantaba “con su voz grave, casi masculina, semejante a la de un contralto”. Era una voz “hermosa y conmovedora”: “Entonaba las canciones con un quejido tembloroso, como si salieran de los labios de un adolescente borracho”.

Uno de los atractivos de Madona con abrigo de piel es la creación de esos personajes en los que los papeles tradicionales se invierten. Maria es una mujer nueva, moderna, que antepone su libertad al rol que la sociedad le había asignado. Raif es un hombre sensible, que intenta comprender y comportarse de una manera distinta a lo que se espera de él.

Maria habla sin tapujos: “Siempre soy así de clara. Como un hombre. De hecho, en muchos aspectos parezco un hombre. Quizá por eso estoy sola”. Odia a los hombres “por todo lo que exigen a los demás como si ése fuera su derecho natural”. No soporta “que la mujer se vea obligada a comportarse siempre de una forma pasiva ante el hombre”. Y es consciente de que su actitud ante los hombres “la condenó a una soledad espantosa”. En un momento de la conversación Maria le dice a Raif:

No existe en el mundo criatura que persiga victorias tan cómodas, ni que sea tan egoísta y engreída o que esté tan satisfecha consigo misma, y al mismo tiempo sea tan cobarde y perezosa, como los hombres.

Sin embargo ella quiere amar a un hombre:

Un hombre que pueda arrastrarme sin recurrir a la fuerza. Un hombre que me ame y camine a mi lado sin pedirme nada, sin dominarme, sin agraviarme. O sea, un hombre de verdad, un hombre realmente fuerte.

Maria piensa que Raif “tiene cosas de mujer”, de chica joven, y por eso le gusta. A Raif le sorprende y le entristece porque era lo mismo que le decían sus padres, desde niño.

Al principio Raif y Maria mantienen opiniones distintas acerca del amor. Para Raif  “todo el afecto y toda la simpatía que se manifiestan bajo formas diversas entre dos personas era una especie de amor”. En otra ocasión Raif le dice a Maria que quien tiene capacidad de amar  “nunca concentrará su amor en una única persona ni esperará que nadie lo haga. Cuanta más gente amemos, con mayor intensidad querremos a quien amamos en primer lugar”.

Para Maria, en cambio, el amor “es algo fuera de toda lógica, indescriptible y de naturaleza desconocida. Que te guste alguien, quererlo, es una cosa, y desear con todo tu cuerpo y toda tu alma, desearlo todo, es algo muy distinto. En mi opinión, eso es el amor. ¡Un deseo irresistible!”.

En Madona con abrigo de piel asistimos al encuentro de dos soledades. En su primera conversación Maria le pregunta a Raif si está “espiritualmente” solo en Berlín:

 —(…) Pero no únicamente en Berlín. Estoy solo en el mundo entero. Desde que era niño.
 —Yo también estoy sola. (…) Estoy tan sola que podría asfixiarme. Tan sola como un perro enfermo.

Ellos no son de Berlín, como tampoco lo era Kafka, judío checo de habla alemana, que, casualmente, en las fechas en que se sitúa la novela, residía con Dora Diamant en Berlín, la única ciudad en la que él creía que podía vivir. A Raif le parece extraño que Maria, aunque no profese ninguna fe, sea de origen judío. Cuando ella le pregunta si es antisemita, él le responde que en su tierra “eso no tiene cabida”. En otra ocasión pasean por el Jardín Botánico y Maria reflexiona:

Me acuerdo de mis antepasados, que quizá vivieran hace siglos en los mismos lugares que estos árboles y estas plantas tan peculiares. A nosotros, como a ellos, nos arrancaron de nuestras raíces y nos dispersaron por el mundo, ¿no?

Diez años más tarde, cuando Raif Efendi comienza a escribir el cuaderno, Hitler llega al poder. La novela se publica en plena Segunda Guerra Mundial. Es posible que en sus años de aprendizaje en Alemania Sabahattin Ali leyera algún relato de los pocos que había publicado Kafka; y es probable que leyera a Stephan Zweig, que había alcanzado un enorme éxito antes de que Hitler prohibiera sus libros. Tras el auge de la literatura vanguardista, triunfaba una prosa amable, del gusto del público, con un estilo claro y elegante, el mismo que Rafael Carpintero Ortega, traductor de Madona con abrigo de piel, ha recreado en un castellano impecable y hermoso.

Puede que echemos de menos conocer el destino de los personajes de la historia marco, pero nos conformamos con la maestría en la descripción de esas escenas de un realismo kafkiano. Con los años Madona con abrigo de piel cayó en el olvido, y ahora, como sucedió con las obras de Zweig, se ha convertido en un gran éxito. Quizás porque, bajo esa capa de literatura predecible, hay un estrato más profundo, una historia de amor con unos protagonistas que intercambian los papeles tradicionales y que viven en un mundo inestable, como en la cuerda floja de la Historia.

Publicado en Tendencias 21

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