Sobre "El gabinete de las hermanas Brontë. Nueve objetos que marcaron sus vidas"

La portada con un retrato que Branwell pintó
de los hermanos: Anne, Emily, Charlotte y el propio Branwell,
aunque acabó borrando su imagen con una columna.

En las honras fúnebres de Emily Dickinson (mayo de 1886), T. W. Higginson, su amigo, y más tarde editor, leyó un poema de Emily Brontë: “No coward soul is mine” (“Mi alma no es cobarde”). Dickinson admiraba a las Brontë y sobre Charlotte había escrito un poema que comenzaba así:

All overgrown by cunning moss,
All interspersed with weed,
The little cage of "Currer Bell"
In quiet "Haworth" laid.[i]

Charlotte fue la última de los hermanos Brontë que quedó con vida, la única que conoció la fama tras la publicación de Jane Eyre en 1847. Cuando murió, embarazada, ya se sabía que detrás de Currer Bell se encontraba esta mujer, hija de un clérigo y casada solo hacía unos meses con Arthur Bell Nicholls, el coadjutor de su padre.

En muy pocos años no solo las obras de las hermanas Brontë alcanzaron el éxito, sino que las tres escritoras parecieron convertirse en personajes de una novela victoriana. Charlotte (1816-1855), Emily (1818-1848) y Anne (1820-1849) habían vivido grandes adversidades. La prematura muerte de su madre las dejó huérfanas siendo muy pequeñas. Sus hermanas mayores, Maria (1814) y Elizabeth (1815), murieron de tuberculosis en 1825, después de soportar las duras condiciones en un internado para hijas de clérigos con pocos recursos. Branwell (1817-1848), el hermano varón, el genio que llegaría a lo más alto en la literatura y el arte, degeneró en un joven degradado por el alcohol y un escándalo amoroso. Emily y Anne mueren de tuberculosis poco tiempo después de que la primera, bajo el seudónimo masculino de Ellis Bell, consiguiera publicar Cumbres borrascosas (1847); y Anne, como Acton Bell, llegara a ver impresas sus novelas Agnes Grey (1847) y La inquilina de Wildfell Hall (1848).

De la Vida de Charlotte Brontë al Gabinete de las hermanas Brontë

A la devoción por las Brontë debió de contribuir la exitosa y temprana Vida de Charlotte Brontë, de la escritora Elizabeth Gaskell, publicada en 1857[ii], cuando solo habían pasado dos años desde la muerte de Charlotte. Patrick Brontë, el padre, y único superviviente de la familia, deseaba que viera la luz una biografía que acallase las especulaciones acerca de la vida de su hija. Y nadie mejor para escribirla que Elizabeth Gaskell, con quien Charlotte había mantenido amistad. De ese modo, ya en la década de 1850, Haworth y los páramos se convirtieron en un lugar de culto, un santuario laico

El gabinete de las hermanas Brontë[iii], de Deborah Lutz, supone un nuevo acercamiento al mundo de estas escritoras a partir de los objetos que se conservan de ellas. En el prefacio su autora escribe: “Mi propósito en estas páginas es situar cada objeto en su contexto cultural y en los momentos de la vida cotidiana de las Brontë”.

El interés romántico de poetas como Wordsworth o Keats por viajar a los lugares donde habían vivido, o por donde habían pasado los escritores admirados, se acrecentó y se transformó en un fenómeno sociológico. La propia Charlotte había visitado en 1850 la casa museo de Walter Scott en Escocia.

En la Vida de Charlotte Brontë, Elizabeth Gaskell recreó los paisajes y el entorno en que vivía la familia Brontë. Cincuenta años después Virginia Woolf escribiría en su artículo “Haworth, noviembre de 1904”[iv]: “No sé si no habría que tildar las peregrinaciones a los santuarios de los hombres célebres de viajes sentimentales, y por tanto condenarlas”, y añadía:

La curiosidad sólo es legítima cuando la casa de un gran escritor o la campiña en que se encuentre algo añada a nuestro conocimiento de sus libros. Es la justificación que se tiene por una peregrinación a la casa, a la campiña de Charlotte Brontë y sus hermanas.

Y acerca de la Vida, de Elizabeth Gaskell, escribe:

Produce la impresión de que Haworth y las Brontë están ligadas indisolublemente. Haworth es expresión de las Brontë, las Brontë son expresión de Haworth. Son como el caracol y su concha.

A Virginia Woolf Haworth le pareció un lugar “sórdido y vulgar”. Describe el pueblo, la casa parroquial, rodeada de tumbas: “un pequeño oasis de vida en medio de los muertos”, y el museo que “es bastante deslustrado, una colección de objetos sin vida”, pero de gran interés:

El caso más conmovedor, tanto que es difícil sentirse reverente al verlo, es el que contiene los pequeños recuerdos personales, los vestidos y zapatos de la difunta. El destino natural de tales cosas es morir antes que muera el cuerpo que las ha usado, y como resulta que esas bagatelas sin consecuencias, pasajeras, han sobrevivido, Charlotte Brontë, la mujer, vuelve a estar viva, y olvida el visitante el hecho en esencia memorable de que fue una gran escritora.

Medio siglo más tarde, la escritora Sylvia Plath, junto al poeta Ted Hughes, su marido, visitaría en varias ocasiones los lugares de las Brontë. En su diario[v] Sylvia Plath nos dejó unos “Apuntes de una visita a Yorkshire en septiembre de 1956”, donde hallamos un inventario de objetos, ilustrado con algún dibujo. Y a finales de 1958 escribe:

La cuna de madera, la corona nupcial de Charlotte, de encajes antiguos y madreselva, el lecho de muerte de Emily, los libritos ilustrados y las acuarelas, el servilletero de cuentas, el armario de los apóstoles. Ellas tocaron estos objetos, los usaron, escribieron en una casa impregnada de fantasmas.

De esos viajes nacerían dos poemas titulados “Cumbres borrascosas”, el primero, de Sylvia Plath; el segundo, de Ted Hughes, apareció en Cartas de cumpleaños (1998), libro en el que el poeta recreaba su relación con la que fue su esposa. Al igual que las Brontë, Hughes era hijo de los páramos, que cobrarían vida en poemas como “Emily Brontë”: “The wind on Crow Hill was her darling/ His fierce, high tale in her ear was her secret/ But his kiss was fatal…”.  

En las anotaciones de 1958 Sylvia Plath describe el camino por las colinas, aquel territorio bello e inhóspito, azotado por los vientos: “La casa del amor pervive tanto como el amor en el pensamiento humano… aulaga azul”.

La pasión por la escritura

Los objetos que ocupan cada capítulo de El gabinete de las hermanas Brontë se relacionan con la biografía de las hermanas, con las obras que escribieron y con la sociedad victoriana en la que transcurrieron sus vidas. Lo que podría considerarse  una existencia anodina en un rincón perdido está muy lejos de la realidad; el corazón humano no entiende de geografías y en todos los lugares se encierran los dramas más profundos.

Las obras de las Brontë no surgieron de la nada. Eran mujeres inteligentes, sensibles, y de una gran formación literaria. Siempre, en su corta vida, tuvieron afán por aprender, por superarse y no ser una carga económica. Durante algunos periodos se dedicaron a la enseñanza como institutrices o profesoras. No pudieron cumplir el deseo de tener un colegio propio e independencia económica, pero consiguieron el sueño de convertirse en escritoras.

Deborah Lutz comienza el viaje por los territorios Brontë a través de los libros diminutos que fabricaron y escribieron los pequeños hermanos: “La muerte les condujo a adentrarse en el pozo de la imaginación”. Los libros formaban parte de su vida. Pero entonces eran objetos caros. Se compraban de segunda mano, se volvían a encuadernar, y muchos lectores se suscribían a bibliotecas ambulantes.

Los libros atesoran recuerdos: anotaciones, fechas, firmas para señalar el traspaso de un dueño a otro. Entre las páginas pueden aparecer hojas, flores secas, cartas, recortes de periódico. Ese amor por libros y la necesidad de tenerlos se reflejarán en las novelas de Charlotte, Emily y Anne.

El papel también era muy caro; para anotar algo se utilizaban márgenes de libros, recortes, sobres usados, todo lo que se pudiera reciclar. Elizabeth Gaskell, en su biografía, recoge el testimonio de un comerciante de Haworth que comenzó a vender material de escritorio. En la carta que le envía a Gaskell cuenta “detalles curiosos” de las hermanas:

Ellas compraban mucho papel de escribir y recuerdo que me preguntaba qué harían con tanto. A veces pensé que debían de escribir para las revistas. Cuando se me acababa siempre tenía miedo de que aparecieran; parecían consternadas si no tenía papel.

Coser y leer

La lectura suponía una forma de aislarse, de crear un círculo invisible que separaba al lector de los que lo rodeaban. Pero también se leía en voz alta, mientras los oyentes hacían otro trabajo. Aunque tenían una criada, las hermanas Brontë debían dedicarse a las tareas domésticas. Aprovechaban cualquier momento o lugar para leer, como en la cocina mientras esperaban que subiese la masa de una tarta

Había tanto que coser entonces, remendar y bordar, que la costura era una “asignatura” prioritaria en la educación de una joven de clase media. En el aprendizaje cumplía un papel esencial el dechado, un paño con muestras de costura o bordados. Se bordaban dibujos, pero también letras, frases y citas. Como señala Deborah Lutz “coser un dechado equivalía, la mayoría de las veces, a escribir un texto, donde el hilo que bordaba el paño reemplazaba la tinta en el papel”.

Esta relación con las tareas domésticas, y en especial la costura, se refleja también en las obras de las Brontë. El personaje de Nelly, en Cumbres borrascosas, cose mientras le cuenta a Lockwood la historia de lo que había sucedido antes de que él llegara:

Emily consigue que el relato y la costura se desarrollen a la vez, y los ritmos de la segunda influyen en la cadencia del primero. La criada y el trabajo doméstico tienen el poder de enmarcar, dar forma y unir con puntadas las tramas vitales de los que la rodean, algo que también le sucede a la novelista.

Las mujeres pasaban mucho tiempo juntas, cosiendo. A veces alguna de ellas leía en voz alta o contaba historias. La costura se consideraba un deber para la mujer; por eso negarse a coser era una forma de rebeldía. Las hermanas Brontë no hicieron nada más que lo que se esperaba de unas jóvenes de su condición social.

Una mujer no debe hacer de la literatura la razón de su vida

De las tres hermanas, Emily era el espíritu más solitario y libre. Amaba caminar sola por los páramos. Catherine, en Cumbres borrascosas, quería ser una niña de nuevo, salir de la cárcel de su cuerpo de mujer.  

Deborah Lutz menciona la carta que Charlotte envió al escritor Robert Southey, y la famosa respuesta de este, el 12 de marzo de 1837, que aparece trascrita en la biografía de  Elizabeth Gaskell:

Una mujer no puede ni debe hacer de la literatura la razón de su vida. Cuanto más se consagre a sus propios deberes, menos tiempo tendrá para ella, sea como objetivo o esparcimiento. A esos deberes aún no ha sido llamada, y cuando lo sea tendrá menos ansia de celebridad. No buscará la emoción en la imaginación, pues ya traerán demasiada las vicisitudes de esta vida y las angustias de las que no ha de esperar quedar exenta, sea cual fuere su estado.

No todo son objetos en El gabinete de las hermanas Brontë. También aparecen las mascotas, y en especial la relación que Emily mantenía con el fiero Keeper, su perro, a quien ella sabía amansar. Esa lucha es la que veremos en la relación entre Catherine y Heathcliff en Cumbres borrascosas. Así, después de la muerte de aquella “Heathcliff “emitió un aullido que no era humano sino de bestia salvaje a la que se degüella con cuchillos y lanzas”.

Cartas y escritorios

Para escribir la Vida, Elizabeth Gaskell dispuso de parte de la correspondencia de Charlotte. Las cartas que le escribió a su amiga Ellen Nussey eran las más numerosas; aunque Ellen no las entregó todas y censuró nombres y frases.

Como escribe Deborah Lutz, “lo delicioso de una carta tenía que ver, en parte, con su capacidad de replicar una porción espiritual o física del yo. Las cartas podían estar unidas a los cuerpos porque, para Charlotte y sus contemporáneos, tenían importancia como objetos materiales”. Además escribir cartas se consideraba “una expresión «femenina» de su sentimentalismo”.

En 1926, al leer las cartas de Charlotte a Ellen, Vita Sackville-West, la inspiradora del Orlando de VirginiaWoolf, “dijo que dejaban «escaso lugar a dudas de las verdaderas tendencias de Charlotte. Que ella fuera consciente es otra cuestión. Pero, evidentemente, son cartas de amor»”. Por lo demás era normal que niñas y mujeres compartiesen cama y que disfrutasen de esa compañía, como Charlotte y Ellen; algo que no resultaba de mayor interés en la sociedad victoriana.

Una historia especial es la de las cartas que Charlotte le escribió al señor Heger, su profesor en Bruselas. Elizabeth Gaskell omitió en la Vida cualquier referencia a este amor por un hombre casado. Heger tiró las cartas más apasionadas a la basura, pero su mujer las recogió, unió los pedazos y los conservó durante años. En 1913 sus hijos donaron las cartas al British Museum.
           
En el capítulo dedicado a los escritorios portátiles, Deborah Lutz se refiere al proceso creador de Emily Brontë quien, al igual que Emily Dickinson en sus envelope poems, utilizaba cualquier tipo de papel para escribir sus poemas: “esquinas rasgadas de alguna carta, márgenes de ensayos o pedazos de cartón marrón claro”. Luego los corregía mientras los pasaba a limpio en sus cuadernos. Aquellos papeles los guardaba en su escritorio, un objeto tan pequeño que, cuando se cerraba, era como  una caja de zapatos que escondía mágicos tesoros.

Recuerdos finales: álbumes y mechones

El capítulo “La muerte hecha materia: mechones de pelo” se centra en la costumbre del hairwork, la joyería elaborada con cabello, cuyo origen se remonta a la Edad Media: “Tales joyas parecían pequeños sepulcros donde el pelo reemplazaba al cadáver”. A partir de estos objetos se rememora la muerte de Branwell, Emily y Anne, así como la de los personajes de las novelas de las Brontë y de otros autores

Charlotte tenía una pulsera de amatistas “hecha de pelo trenzado de Emily y Anne”. No se sabe si les pidió el pelo en vida, o se lo cortaron después de su muerte. Al morir Charlotte, las criadas le cortaron una larga trenza y después la repartieron con el esposo de la escritora. Además Ellen Nusse, se llevó varios rizos; con ellos se hizo alguna joya y el resto lo regaló a sus amigos. 

Los mechones de pelo representaban a los ausentes, eran una parte de ellos. Con los años la fotografía reemplazaría a estos recuerdos. Pero esta nueva tecnología no la conocieron las Brontë. Solo su padre, Patrick, llegaría a ser fotografiado.

De Charlotte se conserva también un álbum que confeccionó con helechos recogidos durante su viaje de novios a Irlanda, nueve meses antes de su muerte. Deborah Lutz nos habla del fanatismo por estas plantas y del valor erótico de las mismas. Es curioso que Jane Eyre terminara viviendo con su amado Rochester en una casa llamada Ferndean Manor ("Ferndean significa "Valle de los helechos""). Las Brontë adoraban los helechos, una fascinación en la época victoriana, al igual que el deseo de componer álbumes de recuerdos. El álbum de Charlotte coincidió con lo que quizá fue su primera experiencia sexual, aunque en sus escritos no dejó constancia de sus sentimientos acerca de ello.

Retorno a Haworth

En poco tiempo, las “reliquias” de las Brontë adquirieron valor y supusieron una fuente de beneficios. El último capítulo de El gabinete –“Reliquias nómadas”–, reconstruye las distintas vicisitudes de los objetos hasta llegar al día de hoy y a su ubicación actual. Algunos materiales considerados auténticos se desvelaron como astutas falsificaciones, y no sabemos cuántas de ellas pueden andar todavía por el mundo. Lo único cierto es que, como escribe Deborah Lutz:

Para muchos, las Brontë continúan siendo santas seculares: las cosas que podrían haber tocado acrecientan su magnetismo personal. Sin estas poderosas emociones, estos objetos morirían como todos los demás, tragados por el olvido. Los suyos, en cambio, nos hablan de la necesidad de creer que una vida puede reconstruirse a través de sus restos materiales, que la trayectoria de ese cuerpo amado a lo largo del tiempo no se ha perdido para siempre.




[i] J148 - All overgrown by cunning moss,

Toda conquistada por astuto musgo,
Toda atravesada de hierba
La pequeña jaula de “Currer Bell”
Reposaba en el silencio de “Haworth”.

Ese pájaro – al ver que los otros
Cuando la escarcha se afilaba
A otras latitudes se marchaban –
Hizo con calma lo mismo

Pero su retorno fue distinto
–Pues verdes son las colinas de Yorkshire – 
–Pero no en todos los nidos
Pueden encontrarse ruiseñores–

O ---

Recolectado en sus errantes paseos–
Confirmar puede Getsemaní
Atravesando qué angustiosos trances
Alcanzó el asfódelo.  

Dulces son los sonidos del Edén
A sus atónitos oídos–
Oh, qué tarde ésa para el Cielo
La que “Bronte” entró en él.  

Emily Dickinson
(Traducción de Mario Jurado Bonilla)


[ii] Gaskell, Elizabeth, Vida de Charlotte Brontë, 1857, trad. de Ángela Pérez. Alba Editorial, Barcelona, 2001.
[iii] Lutz, Deborah, El gabinete de las hermanas Brontë. Nueve objetos que marcaron sus vidas”, 2015, trad. de María Porras Sánchez. Ediciones Siruela, Madrid, 2017.
[iv] Virginia Woolf, “Haworth, noviembre de 1904”, The Guardian, 21 de diciembre de 1904, en Horas en una biblioteca, ed. y trad. de Miguel Martínez-Lage, El Aleph, Barcelona 2005.
[v] Sylvia Plath, Diarios completos, Karen V. Kukil y Juan Antonio Montiel (eds.), traducción de Elisenda Julibert, Alba Editorial, Barcelona 2016, pp.352, 353, 620.

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