Baroja, Kafka y demás judíos ("Desde la última vuelta del camino" II)

Con Pío Baroja y el "98 fantástico" en "Desde la última vuelta del camino" (I)

El árbol de la ciencia

En El árbol de la ciencia (1911), Pío Baroja escribe:

El doctor Iturrioz, tío carnal de Andrés Hurtado, solía afirmar, probablemente de una manera arbitraria, que en España, desde un punto de vista moral, hay dos tipos: el tipo ibérico y el tipo semita. Al tipo ibérico asignaba el doctor las cualidades fuertes y guerreras de la raza; al tipo semita, las tendencias rapaces, de intriga y de comercio.

Solo se trata de una afirmación puesta en boca de un personaje. Baroja reflejaba en El árbol de la ciencia los problemas de la sociedad española a través de su protagonista, Andrés Hurtado, que andaba tan perdido como puede hallarse cualquier joven a su edad. Un joven que piensa, filosofa, y que analiza, con la ayuda del doctor Iturrioz, su tío, una persona pragmática para quien lo más importante es adaptarse al medio y que, al igual que su sobrino, muestra sus opiniones a modo de sentencias inamovibles.

Según la crítica, la personalidad de Baroja está representada en estos dos personajes. Andrés sería el Baroja joven, e Iturrioz, el hombre maduro, con experiencia de la vida, que se ha retirado al locus amoenus de una terraza del madrileño barrio de Argüelles a cuidar sus plantas y a vivir y filosofar tranquilamente.

Las opiniones de su tío le sirven a Andrés Hurtado para caracterizar a sus dos compañeros de estudio, Julio Aracil y Montaner:

Aracil era un ejemplar acabado del tipo semita. Sus ascendientes debieron ser comerciantes de esclavos en algún pueblo del Mediterráneo. A Julio le molestaba todo lo que fuera violento y exaltado: el patriotismo, la guerra, el entusiasmo político o social; le gustaba el fausto, la riqueza, las alhajas, y como no tenía dinero para comprarlas buenas, las llevaba falsas y casi le hacía más gracia lo mixtificado que lo bueno.

Y añadía: “Miraba los bienes de la tierra con ojos de tasador judío”. 

Tampoco Montaner salía bien parado de su condición semítica:

De ser cierta la clasificación de Iturrioz, Montaner también tenía más del tipo semita que del ibérico. Era enemigo de lo violento y de lo exaltado, perezoso, tranquilo, comodón.

Más adelante, en el trascendental capítulo “El árbol de la ciencia y el árbol de la vida”, al reflexionar sobre estos dos conceptos bíblicos y su historia, Iturrioz exclama:

—¡Cómo se ve el sentido práctico de esa granujería semítica! —dijo Iturrioz—. ¡Cómo olfatearon esos buenos judíos, con sus narices corvas, que el estado de conciencia podía comprometer la vida!

La conversación continúa con estas reflexiones de sobrino y tío:

—¡Ah, claro! El semitismo, con sus impostores, ha dominado al mundo, ha tenido la oportunidad y la fuerza; (…). Hoy, después de siglos de dominación semítica, el mundo vuelve a la cordura, y la verdad aparece como una aurora pálida tras de los terrores de la noche.

—Yo no creo en esa cordura —dijo Iturrioz— ni creo en la ruina del semitismo. El semitismo judío, cristiano o musulmán, seguirá siendo el amo del mundo, tomará avatares extraordinarios. ¿Hay nada más interesante que la Inquisición, de índole tan semítica, dedicada a limpiar de judíos y moros al mundo? ¿Hay caso más curioso que el de Torquemada de origen judío?

—Sí, eso define el carácter semítico, la confianza, el optimismo, el oportunismo... Todo eso tiene que desaparecer. La mentalidad científica de los hombres del norte de Europa lo barrerá.

Casi al final de la obra, en una conversación con Lulú, Andrés Hurtado, que ahora trabaja como médico de higiene, se refiere a los horrores a los que están sometidas las prostitutas en los burdeles y después afirma:

Todo eso es lo que queda de moro y de judío en el español; el considerar a la mujer como una presa, la tendencia al engaño, a la mentira... Es la consecuencia de la impostura semítica; tenemos la religión semítica, tenemos sangre semita. De ese fermento malsano, complicado con nuestra pobreza, nuestra ignorancia y nuestra vanidad, vienen todos los males.

Las afirmaciones de los personajes de Baroja no se refieren al odio religioso hacia los judíos, sino que están más cercanas al antisemitismo moderno, surgido en el siglo XIX y que tan magistralmente analizó Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo.

Judíos, comunistas y demás ralea

En Pío Baroja (Taurus, 2012), José Carlos Mainer, bajo el epígrafe de “Estrategias de
sobrevivencia”, escribe acerca de la vuelta de Pío Baroja a España, entre abril de 1937 y febrero del 38. Baroja se había marchado a Francia después de un episodio en el que su vida corrió peligro, al ser detenido por unos requetés. Su postura resultaba también incómoda para los republicanos, pues había escrito en los años anteriores algún que otro artículo contra el comunismo.

En Rojos y Blancos, memorias publicadas póstumamente en 2006, Baroja se refiere al libro Judíos, comunistas y demás ralea:

Algunos me achacan como si yo hubiera hecho algo terrible, el que se publicara un libro mío con el título de Comunistas, judíos y demás ralea, en tiempo de la guerra civil. Este libro no es más que una recopilación de artículos y trozos de libros míos. El título de la obra es lo que resulta algo detonante; pero no lo puse yo, sino el editor en Valladolid, en 1938. Naturalmente, algunas frases están suprimidas, porque ya se sabe que no iban a pasar por la censura. Algunas cosas no corresponden bien al texto, porque en este libro, que por el título llama ralea a los judíos, hay un gran elogio de Walter Rathenau, y en España protestaron de este elogio algunos alemanes.

Baroja cuenta que le escribió a Ruiz-Castillo, el editor de Reconquista, para decirle que el título le parecía “un poco exagerado”. E incluso copia una postal que el editor le envió, para pedirle que lo aprobase: “Creo que da idea del contenido del libro y que sería difícil encontrar otro más editorial, “más de público””.

El libro llevaba un prólogo de Ernesto Giménez Caballero: “Un precursor español del fascismo (Pío Baroja)”; en realidad se trataba de un artículo que había aparecido en 1934 en la revista JONS, y, al parecer, el editor no le había pedido permiso a Giménez Caballero para utilizarlo.

“No obstante, no es este volumen el que mejor representa el pensamiento del escritor en estos días de turbación”, escribe Mainer en su biografía.  En el libro se recogen algunos artículos, y fragmentos de conferencias, del “Discurso de ingreso en la Academia”, de 1935, y de obras como Los visionarios, Aurora Roja o El tablado de Arlequín.

En uno de los artículos, titulado “El fondo del marxismo”, Pío Baroja escribe:

¿Por qué esta doctrina no ha evolucionado como todas las demás, no se ha dividido y no se ha fraccionado? La razón, o por lo menos una de las razones principales, es que en el fondo inconsciente del marxismo hay un elemento étnico, y este elemento es el judío. La raza judía tiene, desde hace siglos, el deseo de imponerse al mundo. El judío cree que está destinada para él la soberanía de los pueblos. Tiene una gran idea de su superioridad, un profundo desprecio por los demás, y es hombre de pocos escrúpulos.

Y continúa, utilizando como argumento esa gran falsedad que fueron “Los protocolos de los Sabios de Sion”, un libelo antisemita que se publicó por primera vez en la Rusia zarista en 1902, para justificar los pogromos que sufrían los judíos. “Los protocolos” fueron muy difundidos y Hitler los usó como prueba de la amenaza judía:

Hace algunos años se publicó en Rusia el libro titulado “los Protocolos de los Sabios de Sion”. Nadie sabe quién ha escrito ese libro, pero, evidentemente, ha salido de medios próximos al judaísmo. En esa obra se habla de la conquista del mundo por los hebreos.
Al judío, para mandar, le estorban las diferenciaciones nacionales de Europa, que fueron humillantes para ellos. De aquí nace ese fondo semítico contra las naciones europeas, el deseo de que se hundan. El judío quiere pasar a ser apisonadora por el continente, que no haya particularismos, que no haya más valor que el dinero.

“El comunismo es hoy la gran cruzada que la raza judía hace contra el mundo europeo y su cultura con un fin de catequista”, concluye Baroja

París 1899. Un español en el país de Dreyfus

En Final del siglo XIX y principios del XX (1945), el tercer tomo de sus memorias, Baroja escribe acerca de la primera vez que estuvo en París, en 1899. Llegó a principios de verano, para probar fortuna y encontrar un trabajo en alguna empresa editorial. No tuvo suerte en este sentido, pero el viaje le permitió conocer París a fondo, y ser testigo de los acontecimientos que se produjeron a causa del denominado affaire Dreyfus, que, como señala Hannah Arendt “resultó relevante para el nacimiento del antisemitismo, y fue influido por este”.

Siguiendo el resumen de Hannah Arendt, en 1894 Alfred Dreyfus, un oficial judío del Estado Mayor francés, fue acusado y condenado por espionaje en favor de Alemania. Lo condenaron a deportación perpetua a la isla del Diablo.

Todo había sido un error, y desde entonces se publicaron escritos a favor de Dreyfus, como el famoso “J’accuse” de Zola. En junio de 1899, se anuló la sentencia original contra Dreyfus. Y una semana más tarde Dreyfus fue perdonado por el presidente de la República.

La mecha entre dreyfusistas y antidreyfusistas estaba encendida, y se produjeron altercados que Baroja presenció:

Algo debe de tener esta raza judía característico y especial, porque todos los grandes santones de la historia han sido judíos o, por lo menos, semíticos. Su seguridad, su pedantería, sus afirmaciones rotundas, les han hecho dominar el mundo.

Sobre  Dreyfus señala que, “como muchos judíos, era arrogante e impertinente. Por lo poco que he visto, los judíos no saben estar en su puesto”. Sin embargo, para Baroja:

Resucitar la fobia judía cuando los judíos se iban asimilando y desapareciendo, era una perfecta estupidez.
No es que yo tenga una simpatía especial por los judíos ni por los moros. Me parecen personajes de zarzuela; pero no creo que por eso haya que perseguirlos.

Y sí es cierto que entre los judíos, en el terreno científico, había habido “grandes hombres; pero hay que reconocer que la mayoría de ellos se manifiestan con un carácter impertinente y soberbio bastante ridículo. Cierto es que para gente perseguida es difícil colocarse en un término medio”.

París, escribe Baroja, “se agitaba con pasión desbordada en el asunto Dreyfus”, había riñas en los cafés y peleas en las calles”. En unos altercados, en los que se habían convocado manifestaciones dreyfusistas, los hermanos Machado y Baroja fueron “a presenciar la lucha que, seguramente, iba a haber en las calles entre dreyfusistas y antidreyfusistas”. Acabaron refugiándose en un portal, huyendo de la caballería republicana. Antonio Machado perdió un tacón de la bota, pero pudo recuperarlo. Más adelante, hablando del escritor Bonafoux, escribe Baroja:

En aquel tiempo, muchos éramos dreyfusistas pero no con el arrebato y furor de Bonafoux. En los productos de la inteligencia no se puede separar lo que es judío de lo que no lo es. (…) Además, ahora se va viendo que semitas y arios nacen de un tronco común. Los europeos que no somos ni una cosa ni otra somos los vascos, los etruscos, los fineses, quizá más parientes de los paleolíticos.



Kafka y las Bagatelas de otoño

En 1949 aparece Bagatelas de otoño, el séptimo libro de Desde la última vuelta del camino.
Las bagatelas, con las que Baroja pretendía concluir sus memorias, son un cajón de sastre, en el que se incluyen desde anécdotas más o menos graciosas, hasta cartas que algunas mujeres le han enviado a Baroja, como prueba de la admiración o curiosidad que sintieron hacia el escritor.

En un breve capítulo, titulado “Los judíos”, arremete contra Freud: “Yo en eso del psicoanálisis creo muy poco o nada. Todo ello me parece palabrería judaica”. En cuanto a la idea de que “el libido o la libido —no sé cómo se dice—, según él, domina al mundo”, escribe Baroja:

Pero ¿qué novedad puede tener esto? La Biblia se encuentra llena de historias libidinosas, de erotismo, de venganza, de sangre, dadas no como anécdotas, sino como esencias de la Humanidad. Freud, como judío, tenía que conocer la Biblia muy bien. En todas las literaturas aparece esa idea de la supremacía de la sensualidad.

Para después concluir:

En su teoría erótica, Freud no hace más que exagerar la nota vulgar, como Karl Marx exageró la suya. El uno dice: «Todo es erotismo.» El otro asegura: «Todo es economía.» Como los dos tienen una parecida exaltación semítica, necesitan conservar el entusiasmo por su descubrimiento y dentro del descubrimiento.(…). El judío es lírico para todo: para lo grande, para lo pequeño, para lo limpio y para lo sucio.”

Otro de los capítulos de Bagatelas está dedicado a Kafka, a quien ha leído en los últimos tiempos. Baroja recuerda que lo primero que leyó fue en “la Revista de Occidente: una novela en que un hombre cree que se convierte en una araña”:

Me parece un Dostoievski muy en pequeño. Es un representante de la histeria judía. No va, como Dostoievski, a las grandes locuras humanas, por atracción espontánea, sino por el psicoanálisis dirigido por mixtificaciones de Freud y de los surrealistas. Kafka debía de ser un judío enfermo, tuberculoso, exaltado: un visionario.
 Tuvo al parecer el entusiasmo místico de pensar en la sinagoga, y después creyó como en un artículo de fe en el psicoanálisis, invención de otro judío, Freud, y mezcló esto con el surrealismo, superrealismo o como se llame.
 Se ve que los judíos, con un sentido comercial, lo mismo explotan la voluntad que la neurastenia. La sinagoga sirve para todo: para la salvación y para hacer buenos negocios; es la Bolsa de la histeria del judío.
 Kafka parece que acepta con entusiasmo dos teorías modernas; una, completamente judía: el psicoanálisis de Freud, y la otra, a medias: el surrealismo.
 Llevado por estas corrientes, en parte falsas, y por su carácter de hombre débil y neurótico, se trastorna por completo y sus obras son interesantes como fruto patológico del tiempo.
 Europa tiene la culpa, en parte, de haber producido el judío exaltado; le ha perseguido y ha hecho de él un tipo intransigente.
 El judío en Europa lo único que puede ser en buenas condiciones es un científico: el hombre como Einstein, la gran figura del semitismo actual y de la ciencia moderna. En la política, en la literatura, en las artes, el judío fallará porque se siente perseguido y tiene que dar una nota estridente y colérica. (…).

No cabe duda de que Kafka se interesó por la obra de Freud. Pero en cuanto al surrealismo que se le achaca, hay que tener en cuenta que Kafka murió el 3 de junio de 1924; y el Primer manifiesto del surrealismo fue publicado por André Breton en octubre de ese mismo año. 

La breve nota sobre Kafka se cierra con Zweig:

Últimamente parecía que ser judío era una ventaja, no sólo para tipos de gran talento, como Bergson y demás, sino parar escritores medianos, como Stefan Zweig y otros fabricantes de biografías mediocres.

Zweig, además de Proust, era una de las bestias negras para Baroja: “Este escritor, y autor de biografías ahora muy en boga, llamado Zweig”, que se cree que ha descubierto a Fouché, cuando “el tipo de Fouché es cosa conocida, y yo mismo he escrito de él en las Memorias de un hombre de acción, pintándole como un gran político”. En otra ocasión, Baroja se refiere a las famosas memorias de Zweig:

En un libro de Stefan Zweig que me ha prestado un amigo, y que se titula El mundo de ayer, al celebrar la libertad de París dice que las muchachas más bonitas no tenían reparo en entrar con un negro o con un chino en un petit hôtel. Falsedad de pequeño judío. No creo que sea cierto ni tampoco beneficioso si fuera verdad.

Como un jilguero metido en una ratonera

En Rojos y Blancos Baroja escribe acerca de las conversaciones que mantiene en Suiza
con su amigo Paul Schmitz, quien decía que todas las gentes del centro de Europa “hablaban con mucha pasión de la competencia profesional que hacían los judíos: “Creían que estos tenían menos escrúpulos que los demás y que por ello resultaban más peligrosos”. Fue su amigo suizo el que le recomendó que fuera a Alemania y se presentara a Hitler: “¡Qué fantasía! ¿Para qué iba yo a presentarme a Hitler? Ni él habría oído citar mi nombre, ni yo tenía simpatía por su política”.

En Bagatelas  Baroja dice de Max Jacob que  “era como un payaso triste”, al que se le nota también “la histeria judía”. Más adelante hablará de su muerte, en 1944, en Drancy, un campo de concentración cercano a París “donde los alemanes encerraron a los judíos”:

Ya no era joven; no pudo soportar la dureza de su cautiverio, y murió con su cruz de Israel en su blusa de prisionero. ¡Qué estupidez! Max Jacob acabó en el campo de concentración como un jilguero metido en una ratonera.

También en Bagatelas de otoño recuerda Baroja que en París, en la primavera del 40, fue a verle un pariente de Einstein, que le contó cosas curiosas, entre ellas que:

Los judíos en Alemania, sobre todo los intelectuales, se suicidaban con una facilidad verdaderamente rara. Efectivamente, poco después supe por una señorita amiga, profesora del Liceo, que una muchacha joven, judía, guapísima, que estaba empleada en una clínica, al saber la entrada de los alemanes en Francia, había tomado una gran inyección de cloroformo y había muerto instantáneamente.

En Galerías de tipos de la época (1947), Baroja había escrito:


Respecto a los campos de concentración de Alemania con los judíos y sus prisioneros, cuando algunos decían que las crueldades que se contaban de ellos no podían ser verdad, yo, sin tener más datos que los de todo el mundo, creía que debían ser ciertos.

Sin embargo el argumento que utiliza para corroborar esta afirmación es el de que "en el alemán existe, dentro de su gran cultura, algo que le permite llegar a la barbarie y a la crueldad, lo que no pasa en los demás europeos cultos. (...). La crueldad latina y la crueldad rusa son más espontáneas".

Un año después, en La intuición y el estilo, el quinto tomo de sus memorias, Baroja se había referido a Hitler en estos términos:


Al declararse la guerra estaba yo en la ciudad universitaria (en París), y un joven francés me dijo: «Vaya usted a oír la radio, que está hablando Hitler». El discurso, aun oído por radio, era sensacional. Daba la impresión de un energúmeno, de alguien que estaba aullando o rugiendo. Se ve que los pueblos están perdidos cuando unas cuantas vulgaridades dichas con furia pueden arrastrar a unas matanzas tan horrorosas.

Pero el Partido Nazi, liderado por Hitler, y uno de cuyos ejes centrales fue el racismo y el antisemitismo, había pasado de ser una fuerza minoritaria, en la década de los años veinte, a ser el partido con más escaños en las elecciones parlamentarias de 1932.  En poco tiempo, lo que comenzó siendo una ideología decimonónica, un tema de conversación y disquisiciones, fue penetrando de manera compleja en la política europea y terminó convirtiéndose en una de la mayores barbaries perpetradas por el ser humano.

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