Con Pío Baroja y “el 98 fantástico” en “Desde la última vuelta del camino”(I)




Andrés Hurtado y Pío Baroja: dos caminos distintos

Pío Baroja (1872-1956) ha sido uno de los novelistas más leídos en España. A ello ha contribuido el que sus novelas estuviesen incluidas en los programas de estudio del Bachillerato. Durante generaciones se ha leído el Árbol de la ciencia (1911), libro que hoy se continúa estudiando y analizando como el paradigma de la novela de principios del siglo XX. La obra despierta curiosidad en los alumnos por el mundo que recrea, por su estilo ágil, de fácil comprensión; y por el protagonista, Andrés Hurtado, un joven atormentado contradictorio, desilusionado con el mundo que le rodea, incapaz de adaptarse a la realidad.

La vida de Andrés Hurtado es, en parte, un trasunto de la del propio Pío Baroja. Treinta años más tarde, para escribir Infancia y juventud, el segundo tomo de sus memorias, Pío Baroja se limitó a copiar literalmente algunos fragmentos de El árbol de la ciencia; sobre todo, lo referido a su etapa de estudiante de medicina. Influido por sus lecturas filosóficas, y en especial –al igual que Hurtado– por Schopenhauer, Baroja escribe: “Pronto perdí el entusiasmo revolucionario, y fui evolucionando hacia una tendencia escéptica, agnóstica y medio budista”.

Baroja sitúa a Andrés en el mismo barrio donde vivió de joven con su familia: “Aquel barrio de Atocha donde fuimos a vivir no me gustaba nada. Me parecía feo y antipático, como si estuviera todo presidido por el Hospital General”. Sin embargo, al pobre Andrés su creador lo deja huérfano de madre, a pesar de la importancia que esta tuvo para el escritor. Baroja vivió con Carmen Nessi (1849-1935), su madre, hasta la muerte de esta.  

Yo siempre he sido de estos tipos maternales que se sienten más unidos a la madre que al padre. Esto Freud lo explica de una manera fantástica, suponiendo una rivalidad amorosa del chico por su padre —el complejo de Edipo—, lo que me parece una explicación un poco de mala literatura.

El novelista comenzó en 1888 los estudios universitarios, en los que había poca ciencia y mucha mediocridad. Como su personaje, Baroja confiesa que buscó una recomendación para un examen de septiembre: “El examen, que hice días después, me asombró por lo detestable. Me tocaron de las últimas lecciones del programa. Me levanté de la silla, confuso y lleno de vergüenza”. Y ni Andrés ni Baroja sienten simpatía por el profesor Letamendi, famoso médico, admirado por Menéndez Pelayo y Galdós. Modestamente, como en otras ocasiones, Baroja afirma: “Todo era bluff, retórica y palabrería. Creo que la fama de Letamendi la he comenzado a demoler yo”.

En 1893, con apenas 21 años y nula experiencia, Baroja era ya médico y obtuvo una plaza en Cestona donde “empecé a sentirme vasco, y recogí este hilo de la raza que ya para mí estaba perdido”. A Andrés Hurtado, en cambio, lo situó en Alcolea, un pueblo manchego. Pero los dos tuvieron que soportar el duro trabajo de médico rural, y los dos se convencieron de que eso no estaba hecho para ellos. Así que Baroja acabó trasladándose a Madrid para regentar la panadería de unos familiares. Con él se llevó su pesimismo, que no le abandonaría en toda su vida:

Pensaba que en la vida no había ni podía haber justicia. La vida era una corriente tumultuosa e inconsciente, donde los actores representaban una comedia que no comprendían, y los hombres llegados a un estado de claridad intelectual contemplaban la escena con una mirada compasiva y piadosa.

Se sentía confuso en sus ideas, carecía de un plan de vida. Todo ello lo llevaba “al mayor desconcierto y a una sobreexcitación cerebral, continua e inútil”:

Tenía un pesimismo agudo. Me parecía que todo me iba a salir mal en la vida, y quizá lo mejor era acabar lo antes posible.

Y eso fue lo que le reservó el destino a su personaje, Andrés Hurtado, que decidió acabar pronto con su vida. Sin embargo, Baroja encontró un camino distinto, el de la literatura:

Había sido médico de pueblo, industrial, bolsista y aficionado a la literatura. Había conocido bastante gente. El ir a América no me seducía. Llegar a tener dinero a los cincuenta años no valía la pena para mí. Quería ensayar la literatura. Ya comprendía que ensayar la literatura daría poco resultado pecuniario, pero mientras tanto podía vivir pobremente, pero con ilusión. Y me decidí a ello.

Desde la última vuelta del camino

Desde la última vuelta del camino no son unas memorias convencionales. Ni siquiera presentan un orden estrictamente cronológico. En ocasiones parecen más bien un cajón de sastre donde todo cabe: fragmentos de artículos escritos por la crítica, o por el propio Baroja, ajustes de cuentas, sobre todo con escritores, o ideas preconcebidas que se van repitiendo cada ciertos capítulos.

Pero está presente también en esas páginas el mejor Baroja, el que deja atrás por instantes su tono gruñón y sentencioso y muestra su entusiasmo y curiosidad por el mundo que le rodea; a veces muy a su pesar. En esos momentos el novelista se olvida de ese “yo” con el que empieza reiteradamente las frases y su prosa fluye de tal manera que desaparece ese descuido de estilo del que tanto se vanagloria.

Baroja no va a desnudar su yo en las memorias; va a seguir siendo el personaje que él mismo había creado: Pío Baroja. No obstante los siete tomos publicados en vida del autor resultan de un gran interés para saber más acerca de la visión barojiana de la vida, de la literatura y de su época.

Las memorias de Pío Baroja comenzaron a publicarse por entregas en la revista Semana, que Manuel Aznar Zubigaray había fundado en 1939. La primera entrega es del 29 de septiembre de 1942. El 9 de septiembre de 1943 saldría la última: “El estudiante de Medicina”.

Fueron un total de cuarenta y cinco entregas, que formarían parte del primer volumen de las memorias, El escritor según él y según los críticos, y de casi la mitad del segundo, Familia, infancia y juventud. Estos libros aparecerían en 1944 en la editorial Biblioteca Nueva. En 1945 se publicó, el tercer tomo, Final del siglo XIX y principios del XX; en 1947, Galerías y tipos de la época, el cuarto volumen. De 1948 son La intuición y el estilo (al que seguiría en la edición de 2006, textos inéditos hasta entonces, que se publicaron con el título Ilusión y realidad) y Reportajes. Y en 1949 salió a la luz Bagatelas de otoño, el último tomo publicado en vida.

Sin embargo Baroja no dejó de escribir o recopilar textos, y quedaron inéditos La guerra civil en la frontera (2005), y Rojos y blancos, publicado por primera vez en 2006.  

Ese 98 fantástico

Baroja siempre rechazó la existencia de la Generación del 98, idea que se repite en varios libros de las memorias. Así, escribe en El escritor según él y según sus críticos:

Yo siempre he afirmado que no creía que existiera una generación del 98. El invento fue de Azorín, y aunque no me parece de mucha exactitud, no cabe duda que tuvo gran éxito, porque se ha comentado y repetido en infinidad de periódicos y de libros no sólo de España, sino del extranjero

Para Baroja los miembros de la generación “no tenían puntos de vista comunes, ni aspiraciones iguales, ni solidaridad espiritual, ni siquiera el nexo de la edad”. Parecía como si se quisiera simplificar y clasificar con vistas a crear un manual de literatura.

En 1913 Azorín había acuñado el término de Generación del 98 en unos artículos aparecidos en diario ABC. Para Baroja los miembros de la generación no tenían un ideal común ni una influencia de pensadores extranjeros, ni siquiera de Nietzsche, al que en esa época solo se conocía de un modo “fragmentario e incompleto”. “Pura fantasía. De Nietzsche no conocíamos más que el olor”, escribirá en el tomo tercero de sus memorias. Lo único que podía unirles era que todos aspiraban “a hacer algo que estuviera bien, dentro de sus posibilidades”. Sin embargo, “por una especie de transmutación misteriosa”, “ese 98 fantástico” comenzó a tomar importancia:

Así, pues, joven profesor, si piensa usted publicar un manual de literatura española, puede usted decir al hablar de la mítica generación del 98, sin faltar a la verdad, primero, que no era una generación; segundo, que no había exactitud al llamarla de 1898; tercero, que no tenía ideas suyas; cuarto, que su literatura no influyó, ni poco ni mucho, en el advenimiento de la República, y quinto, que tampoco influyó en los medios obreros, adonde no llegó, y si llegó, fue mal acogida

Para Baroja “si había algo nuevo y característico en esa supuesta generación del 98”, no sería más que “un último aliento que viene de fuera, de romanticismo y de individualismo”.

En Reportajes, la sexta entrega de las memorias, escribe:

No sé si el carácter de estas generaciones es cosa exclusiva de España, pero cada país le da su carácter. No se ve claramente si esto de la generación del 98 es una realidad o una invención. Entre los que se reunieron por la crítica, en ese grupo, Benavente no se mostró nunca ni medio político, y Maeztu comenzó en radical y terminó en ultraconservador. Azorín hizo lo mismo, pasando de individualista a conservador, y Valle-Inclán, en un tiempo lejano, decía que era carlista, aunque más tarde llegase a admitir ser designado para un cargo por la República. A Unamuno, gran egotista, no se le podía considerar como incluido en un grupo especial, no era nunca más que unamunista, y yo tampoco creo haber sido, ni antes ni después, hombre de ninguna clase de partido.


Ya en la antología de textos publicada en 1938 con el título Comunistas, judíos y demás ralea, Pío Baroja había incluido un artículo, “La influencia del 98”, en el que expresaba sus ideas acerca de ello. Es el artículo, que después leeríamos en sus memorias, Baroja afirma que: “Colaboraron, más o menos oscuramente, en el advenimiento de la República, la Institución Libre de Enseñanza, la masonería, las casas del Pueblo, el catalanismo, la Prensa, la Banca… Nuestra pequeña y astral generación del 98, como generación, no influyó nada”.

En Rojos y Blancos, inédito hasta el 2006, y como reacción a un artículo de Chaves Nogales, Baroja –que quería dejar bien claro que él no tenía nada que ver con el advenimiento de la República– escribió:


 En España se ha inventado, entre otras cosas, para explicar la revolución, esa generación fantasma de 1898, que es una entelequia que sirve de blanco. Es como el chivo emisario o como alguno de los sortilegios de los pueblos salvajes. No sé qué se pueda encontrar nada revolucionario en los cuadros levantinos de Azorín, en las novelitas carlistas de Valle-Inclán, ni en las comedias mundanas de Benavente.

En tono menor
           
Baroja comienza sus memorias con El escritor según él y según los críticos donde recopila opiniones y críticas acerca de su persona y su obra. Como contraste el escritor, que siempre se había presumido de decir la verdad, no se recata en ningún momento a la hora de justificarse o de hacer sus propias críticas y mostrar su visión personal:

También supongo, más o menos piadosamente, que algunos de mis libros, si no tienen valor de obras de arte, tienen valor de documentos, porque están escritos sin la preocupación general de la época

En cuanto a los ataques que había recibido a causa de su estilo descuidado, Baroja sentencia: “Escribir con sencillez es muy difícil y exige mucho tiempo; más de lo que la gente se figura”. Para él su vida es como su obra: “He vivido en tono menor, y casi todo lo que he escrito está en este tono”.

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