“Catadora”, de Lara Cantizani



Elaborar un buen vino lleva su tiempo, desde la siembra y la cosecha hasta que llega a nuestros sentidos: la vista, el olfato, el gusto y el tacto. Para describir un vino el catador suele recurrir a metáforas. En este caso es una catadora la encargada de probar los vinos, de contarnos la historia que hay detrás de cada uno de ellos. Catadora (Lucena, 2020) es el nuevo poemario de Lara Cantizani (Lucena, 1969). Es un libro que, como el buen vino, se ha elaborado lentamente, sin prisas. No se trata de una recopilación de poemas sueltos, sino que existe una unidad. Su cuidada estructura incide en ese carácter unitario.

La forma es variada; alternan poemas largos y otros más breves, como una pincelada, como un sorbo. Esto se hace patente en la sección dedicada a los haikus. Pero no adelantemos acontecimientos y –como le gusta decir a Lara Cantizani– “entremos más adentro en la espesura” de las secciones que componen Catadora.

En “La uva alba de la luna”, la primera parte, se incluyen ocho poemas. A través de ellos vamos conociendo al yo poético, a esa catadora que se nos muestra en escenas amorosas que giran en torno a la metáfora del vino. Son imágenes de gran plasticidad, en las que el misterio atraviesa lo cotidiano, como la ardilla o las hormigas en “Desordenado”, el poema con el que se abre el libro. Y en “Descalzos” hablan las caricias, la piel y los sentidos:

Tus manos
rompen el silencio
de la habitación.


El ingenio de Lara Cantizani se despliega en poemas como “Publicidad”. Frente a “El vino es maravilloso para los melancólicos”, un cartel en la puerta de un restaurante, Lara contrapone una cita de Eleanor Roosvelt: “Haz una cosa al día que te dé miedo”.

En “Vino divino”, Lara cita a su admirado poeta San Juan de la Cruz, cuyos ecos escuchamos en la musicalidad de los versos de Catadora. En “Enóloga”, el yo poético lee el prospecto de un medicamento y resume los efectos secundarios –entre ellos, no tomar alcohol–, para concluir:

¿Y cómo hago vinos?
Yo alucino y me quiero morir sin mi vida.


Con delicadeza en el breve poema “Sin verbo”, las imágenes se condensan hasta llegar a la metáfora final que da título a la sección:

En la uva glauca
de la viña extranjera de sus ojos.
Racimos de besos a flor de piel.
La uva alba de la luna.


“Paisaje traducido” juega con los contrastes: “No sabe a nada/ lo que no se prueba”. Esta vez será la referencia a Borges la que actuará de contrapunto. La catadora nos muestra sus habilidades en el poema “Perdición”:

Desde el primer sorbo de tu sonrisa
de fruta blanca: pera, manzana,
recuerdos de coco, notas de vainilla
y piña en segundo plano,
supe que sería prudente
guardar las distancias
mínimas
para ser feliz.


La segunda sección del poemario lleva el título de “Madrigales”. Lara Cantizani recoge esa tradición de la poesía renacentista para recrear otras historias de amor de nuestra catadora. Así, en el primer poema, subyacen los versos de Gutierre de Cetina (“Ojos claros, serenos”). Pero ahora la mirada se reescribe en nuevas metáforas: “En las ojeras de la noche”, para concluir con un hermoso cierre: “Él no sabe beber/ sin derramar la mirada”. El sentido de la vista también puede conducirnos a error. No nos fiemos sólo de él. Lara Cantizani recrea, con un toque de humor, los versos de los Argensola, en “Madrigal 3”: “Ni es infierno ni es rojo. ¡Lástima grande/ que no sea verdad tanta belleza!”:

Vestido de almizcle,
cítricos y notas tropicales,
su traje está hecho
a la medida de un héroe.

No voy a confesar aquí
que me eclipsó su etiqueta
y me decepcionó probarlo.


Y llegamos a la sección tercera, “Vendimia” que se abre con el poema “Altozanos en Montilla-Moriles”, en el que el paisaje se funde con el instante; y en esta fusión la poesía consigue detener el tiempo.

Pero nuestra catadora prosigue con su tarea. Prueba el vino como el amor: “Pacífico hombre peleón/ ideal para poco”, concluye el poema “Cosechero tras dormir en esparteros sucios”. Y en “Vendimia 1” leemos:

Pero el ahora
no late en el futuro
y efímera vainilla fina
es su cintura.


“Sorbos de 17 sílabas” es el título de la sección cuarta, que comienza con el poema “Paraiso interior (la bodega de los haikus en los barriles)”. En esa “íntima bodega mágica/ escrita en barriles de/ 17 sílabas inéditas, cada uno”, la catadora bebe la poesía. San Juan de la Cruz y Shiki, el poeta japonés, están presentes a través de sus imágenes:

y tras tu ausencia

soy la fría luciérnaga apagada
de Shiki
en manos de nadie.


El resto de la sección está formado por haikus, tan queridos por Lara Cantizani, y que en Catadora adquieren el sentido originario de este tipo de composición poética:

Una luciérnaga
ilumina el silencio.
Botella negra


El poemario concluye con la sección V, “El tigre impar”. Su título hace referencia a un poema de Pedro Casariego, un poeta por el que Lara Cantizani siente gran admiración: “Que me devoren/ los lobos y que/ a ti te devore/ el tigre impar/ de la felicidad”, cita Lara en el poema “La noche fundida”, en cuyos versos finales nos parece oír de nuevo la voz cercana de San Juan de la Cruz: “Me perdí tanto/ en su sabor/ que yo ya no sé a nada”.

La catadora prueba los vinos, aunque no todos consiguen su beneplácito. Así leemos en el poema “Buenas noticias”:

Eras equilibrado, buen cuerpo,
untoso, de presencia media,
pero siempre
de final amargo.

Son poemas que dan muestra del ingenio de Lara Cantizani, de su capacidad para recrear escenas, instantes, para dar un giro inesperado que sorprende al lector. La sensualidad de los versos, los sentidos, nos adentran en lo más profundo y misterioso de nuestro ser. Como sucede con “Verde”, el inquietante poema final, o con las imágenes que encontramos en “De fondo marino”:

Las algas en tu pelo verde,
la sal de tu tristura.
Se amontonan las sombras
de luciérnagas muertas.


Catadora es un poemario de madurez, en el que Lara Cantizani dialoga con los poetas que él tanto han influido. Pero en este dialogo surge una voz propia y nueva, en la que los temas que más han obsesionado a Lara encuentran su cauce. En el amor, en los placeres de la vida, subyace una mística, una comunión con la naturaleza y con la esencia de las cosas. El yo poético es una mujer; y este desdoblamiento del poeta enriquece los significados, tensa los versos, pero no los encorseta, sino que estos fluyen como la corriente de un río.

La edición de Catadora ha estado a cargo del poeta Jacob Lorenzo; y el pintor Jaime Jurado ha diseñado su sugerente cubierta. Ambos han colaborado estrechamente con su amigo Lara Cantizani para ofrecernos este hermoso libro que cuenta, además, con un prólogo de otro gran amigo de Lara, el poeta Luis Alberto de Cuenca, para quien el poema “El porbeber” resume “de forma admirable el guion de Catadora”. Y creemos que está en lo cierto:

El porbeber

No voy a escribir
lo que no voy a beber.
No invento la felicidad.

Soy catadora.
No soy una adivina.



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