Cernuda y las "Gaviotas en los parques"


Casa natal de Cernuda en el número 6 de la calle Acetres de Sevilla

A mis alumnos de segundo de Bachillerato del curso 2019-2020

Imaginemos una escena de abril de 1936. En Madrid, un grupo de personas se ha reunido en un reservado del restaurante Casa Rojo, en la calle Botoneras, junto a la Plaza Mayor. Antes de empezar la comida, los asistentes posan para una fotografía. Sobre la mesa, botellas de vino, platos, copas que han empezado a llenarse. No son unos comensales cualesquiera. Alrededor de aquella larga mesa, sentados unos, y otros de pie, se encuentra lo mejor de la poesía y la cultura españolas: Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Pedro Salinas, Rafael Alberti, María Teresa León, la Argentinita, José Bergamín, Concha Méndez, Manuel Altolaguirre, entre otros. Los acompaña también el poeta Pablo Neruda, cónsul de Chile.

El motivo de la reunión es homenajear a Luis Cernuda por la publicación de La Realidad y el Deseo, su poesía reunida. El impulsor del acto ha sido Federico García Lorca, que leerá un hermoso y aplaudido texto sobre la obra de su amigo. Al frente de la mesa, Cernuda parece sonreír tímidamente.  

Fuente: Biblioteca Virtual de Prensa Histórica

Tres meses después, el 18 de julio, la vida cambió para todos ellos, con el golpe de estado que desató una cruenta guerra civil. Y solo un mes más tarde, en agosto, Lorca moriría asesinado y se convertiría en un símbolo, un mártir caído en manos de la sinrazón y el fascismo. Fue una muerte gratuita, como tantas otras. Los demás asistentes a aquel homenaje vivirían la experiencia de la guerra, del exilio en distintos países, y del exilio interior.

En la vida de los seres humanos hay momentos en los que todo da un giro. Algo ha roto el normal discurrir del tiempo y nos ha devuelto nuestra fragilidad. Hoy leo con mis alumnos seis poemas de Cernuda, que pertenecen a su libro Las Nubes, escrito entre 1937 y 1940. De un día para otro hemos dejado de ocupar el espacio del aula, ese lugar donde escuchamos nuestras palabras, nos vemos, nos acercamos para hablar. Oigo las risas de mis alumnos cuando en la clase de los miércoles, a última hora, improviso algo que los anime y les haga olvidar el cansancio; y después les leo un poema y sé si ha llegado a emocionarles. Sus rostros lo dicen todo. Me comunican su entusiasmo o su aburrimiento. Ahora, a causa de la lucha contra un coronavirus, nos comunicamos a través de internet, de la aplicación Classroom y del correo electrónico. Nos adaptamos a una nueva realidad y miramos el mundo con preocupación, pero también con esperanza.

Los poemas de Cernuda que hemos comentado –y que los alumnos de segundo de Bachillerato, en Andalucía, deben preparar para la prueba de acceso a la Universidad– nacieron en distintos lugares. “Elegía española I”, fue escrito en febrero de 1937 y se publicó en la revista Hora de España (Valencia), en abril de ese mismo año: “No sabe qué es la vida/ Quien jamás alentó bajo la guerra./ Ella sobre nosotros sus alas densas cierne”, nos dice Cernuda en el poema. La “Elegía española II”, dedicada a Vicente Aleixandre, se escribió ya en Londres, en abril de 1938, y se publicó en la revista España Peregrina, de México, en mayo de 1940. Los escenarios habían cambiado por completo.

En abril del 37, Cernuda escribió en Valencia “A un poeta muerto (F.G.L.)”, que apareció en revista Hora de España, acompañado de esta nota: “Por desearlo así el autor, la versión aquí publicada del anterior poema es incompleta. Si algún día se reunieran en volumen las Elegías españolas, entre las cuales figura, allí se restablecería el texto original”. El Ministerio de Instrucción Pública había censurado  una estrofa en la que se aludía a la homosexualidad de Lorca:Aquí la primavera luce ahora./ Mira los radiantes mancebos/ Que vivo tanto amaste/ Efímeros pasar junto al fulgor del mar”.

Portada de Luis Cernuda. Álbum, con una fotografía de Cernuda en el Paseo de Colón
de Sevilla, en 1934. Cernuda tenía treinta y dos años
Las armas y las letras

En Historial de un libro, Cernuda escribe acerca de cómo se gestó y se fue ampliando La Realidad y el Deseo. El ensayo se publicó por primera vez, aunque con censura, en 1959, en Papeles de Son Armadans, la revista editada por Camilo José Cela. Después se incluiría, con su contenido íntegro, en el libro Poesía y Literatura (Seix Barral, Barcelona, 1960), con pie de imprenta mexicano, para sortear la censura franquista.

Cernuda había publicado poco y tenía varios libros escritos cuando pensó en reunir toda su obra bajo el título La Realidad y el Deseo. José Bergamín aceptó publicarlo en las ediciones de la revista Cruz y Raya.

Para Cernuda existían dos tipos de obras, las que tienen a su público hecho y “aquéllas que necesitan que su público nazca; el gusto hacia las primeras existe ya, el de las segundas debe formarse. Creo que mi trabajo corresponde al segundo tipo”. Pero el poeta reconoce que su obra ya iba siendo apreciada por algunos lectores. No podemos saber qué hubiera sucedido si no hubiera estallado la guerra.

En julio del 36, en esos primeros confusos días, Cernuda se marcha a París como secretario del embajador, el padre de Concha de Albornoz, su gran amiga. Allí permaneció hasta septiembre. Tuvieron que regresar a España porque los acusaron de alojar espías en la embajada. Cuando llegan a Madrid, ya se había confirmado el rumor de que Lorca había sido asesinado. “La muerte trágica de Lorca no se apartaba de mi mente”, escribe Cernuda.

Al principio, Cernuda tiene una visión idealista de la guerra, como la lucha por un futuro mejor. Así, escribe en Historial de un libro: “Ninguna otra vez en mi vida he sentido como entonces el deseo de ser útil, de servir”. Sin embargo, continúa: “Afortunadamente mi deseo de servir no sirvió para nada y para nada me utilizaron”; lo que no es del todo cierto, porque Cernuda participó en programas de radio y se alistó en el Batallón Alpino, donde estuvo hasta enero de 1937, como comisario cultural. Después colaboró con la revista El Mono Azul, dirigida por Alberti y María Teresa León.

En abril se traslada a Valencia, para unirse a los escritores y artistas de la revista Hora de España. Participó como actor en Mariana Pineda, de Lorca, dirigida por Altolaguirre. La obra, cuyo montaje fue acusado de refinado en exceso, se representó en julio, ante los delegados que asistieron al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. En octubre Cernuda regresa a Madrid, donde continúa escribiendo y leyendo al poeta italiano Leopardi, mientras se oye “el cañoneo en la ciudad universitaria”.  

De Londres a Surrey, pasando por París

En 14 de febrero de 1938, y con la idea de regresar en un mes, Cernuda se marcha a Inglaterra para impartir conferencias de apoyo a la causa republicana. Stanley Richardson –con quien Cernuda había mantenido un idilio en 1935, que le inspiró el poema “Por unos tulipanes amarillos”– organizó las conferencias y se encargó de todos los trámites para que el poeta pudiese salir de España. Richardson murió en Londres, a causa de un bombardeo, en 1940. Cernuda siempre le estuvo agradecido por haberle salvado de un gran riesgo, si el final de la guerra le hubiera sorprendido en España.
  
Cuando Cernuda llega a Inglaterra no sabe inglés. Da conferencias en Oxford y Cambridge, pero en español, y solo a estudiantes del departamento de español. No le pagaban nada y tuvo que alojarse en casa de unos amigos de Richardson. Colaboró con organizaciones británicas que recibían a niños vascos refugiados, pero abandonó el trabajo porque sufría en exceso con el drama de esos niños.

Aunque admiraba Inglaterra, le decepcionó Londres. No era el de Cernuda un exilio dorado. Se sentía solo, aislado en una lengua que desconocía, y pobre. En Londres participó en recitales poéticos y dio conferencias. Richardson organizó una recepción oficial en casa del político tory sir Paul Latham, que reunió a personalidades que apoyaban la causa republicana. La anécdota inspirará el amargo poema “Impresión del destierro”, escrito también en Londres, un año después, en enero de 1939: “Todo era gris y estaba fatigado/ Igual que el iris de una perla enferma”.

Cernuda decide abandonar Inglaterra en julio 1938. Se dirige primero a París, donde toma conciencia de la terrible situación de España, y de que no puede regresar. Es “una de las épocas más miserables de mi vida”, escribe el poeta, hasta el punto de que un amigo le tiene que prestar dinero para volver a Inglaterra, donde Stanley Richardson le ha conseguido un trabajo como ayudante del profesor de español en Cranleigh School, en el condado de Surrey.

Mientras, el poemario Las Nubes va creciendo. Cernuda señala que son poemas impregnados por “una conciencia española, por una preocupación patriótica que nunca ha vuelto a sentir”. Entre los pocos libros que llevaba en su maleta estaba Poesía española. Antología de Gerardo Diego, donde relee a Unamuno y Machado.  

Pero en Inglaterra, Cernuda va a vivir una experiencia poética que convertirá su poesía en algo único, hasta entonces, en la lírica española: “Aprendí mucho de la poesía inglesa, sin cuya lectura y estudio mis versos serían hoy otra cosa, no sé si mejor o peor, pero sin duda otra cosa”.

La estancia en Surrey estuvo marcada por una gran nostalgia de su tierra y de sus amigos. Leyó a Blake, Keats, Shakespeare, a quien siempre consideró “como poeta que no tiene igual en otra literatura moderna”. De la poesía inglesa aprendió la expresión concisa y a objetivar en el poema la propia experiencia, para que un poema fuese algo más que una impresión subjetiva. También la lírica inglesa le enseñó a descartar “la bonitura y lo superfino de la expresión”. No se trataba de escribir frases hermosas, sino de que cada palabra se subordinase al sentido del poema que se pretendía crear. Una técnica para objetivar la aprendió, especialmente de Browning; se trataba de proyectar “la experiencia emotiva sobre una situación dramática, histórica o legendaria”, como sucede en poemas como “Góngora” o “Birds in the night”.

Placa en la casa natal de Cernuda, con un poema de Ocnos
Glasgow, el destierro y Las Nubes

En la Navidad del 38, Cernuda recibe la invitación de la Universidad de Glasgow para ocupar un puesto en el Departamento de Español. Se despide de Surrey y se marcha a Escocia a mediados de enero de 1939. Cernuda no conocía Glasgow, ni cómo era su clima. La ciudad le pareció triste, fría y oscura, como la melancolía en la que él se hallaba sumido, lejos de la luz del sur, de esa Sevilla de la que salió un día para trasladarse a Madrid y escapar del ambiente provinciano.

Como profesor asistente, Cernuda ganaba muy poco. La guerra con Alemania estalla en septiembre de 1939, lo que trajo consigo la escasez y los bombardeos. El poeta se sentía solo, algo en lo que influía su escaso domino del inglés hablado. Pero la universidad tenía una excelente biblioteca, en la que pudo leer a los clásicos españoles de los Siglos de Oro. La poesía y la literatura fueron su refugio. En Glasgow terminó Las Nubes y escribió Como quien espera el alba y Ocnos, tan lleno de recuerdos de su infancia y su Sevilla natal. La correspondencia que entabló con Octavio Paz lo acompañó en lo intelectual y lo poético.

Los dos últimos poemas que leo con mis alumnos fueron escritos en Glasgow: “Gaviotas en los parques”, el 3 de octubre de 1939, y “Un español habla de su tierra”, el 24 de abril de 1940, cuatro años después de que se tomara aquella fotografía del homenaje, publicada por el diario El sol, el 21 de abril de 1936. En “Un español habla de su tierra”, Cernuda escribe, dirigiéndose a España: “Pensar tu nombre ahora/ envenena mis sueños”. Y en Historial de un libro, leemos: “Tuve durante años cierta pesadilla recurrente: me veía allá, buscado y perseguido. Sufrir de tal sueño es cosa que, simbólicamente, me enseñó bastante respecto a mi relación subconsciente con España”. 

Para su primer libro publicado en un exilio del que no regresaría, Cernuda eligió el título de Las Nubes, una palabra que ya había utilizado en su poesía, pero que adquiere ahora un matiz especial, como símbolo de lo inalcanzable. El origen del título se halla en “L'étranger” –uno de los Petits poèmes en prose (1869) de Charles Baudelaire (1821-1867)–, un diálogo en el que a un misterioso extranjero le preguntan acerca de lo que ama. No es ni la familia, ni los amigos, ni la patria, ni Dios:

Eh ! qu’aimes-tu donc, extraordinaire étranger?
J’aime les nuages… les nuages qui passent… là-bas… là-bas… les merveilleux nuages!” (“Amo las nubes... las nubes que pasan... allá lejos... allá lejos... ¡las maravillosas nubes!"). 
                                                                                                               
El albatros, el cisne y las gaviotas

Del diálogo de Cernuda con Baudelaire surge también el poema “Gaviotas en los parques”. En Glasgow, la ciudad lluviosa de piedras oscuras, hipócrita como tantas otras, con sus fábricas y bares, los parques de un “verde turbio”,  entre el humo y la suciedad del agua, aparecen las gaviotas. Han abandonado el mar y su belleza y ahora son “almas en destierro”.

 “Gaviotas en los parques” nos remite a dos poemas de Baudelaire. En El albatros, esa majestuosa ave que sigue a los barcos en sus travesías, es capturada por los marineros, que se burlan de ella. De nada le sirven ahora sus enormes alas que se arrastran por la cubierta: "Exiliado en suelo, en medio de abucheos,/ sus alas de gigante le impiden caminar". El albatros se convierte en el símbolo del poeta, dentro de una concepción romántica que lo consideraba como un ser superior, casi divino, que se ve obligado a vivir en la mediocridad del mundo.

En el otro poema, “El cisne”, Baudelaire se lamenta por todos los desterrados, y entre ellos, la troyana Andrómaca, la que fuera esposa de Héctor:¡Andrómaca, yo pienso en vos!”. París es el escenario de “El cisne”; un París que se ha transformado. Lo que antes era un campo de chabolas, ahora se ha convertido en el nuevo Carrousel.

Baudelaire parte de una anécdota real, la de “un cisne que se había evadido de su jaula”, en la “vieja casa de fieras”: “Y con sus pies palmados frotando el pavimento,/ por el áspero suelo arrastraba su blanco plumaje”. “Ante el Louvre”, el recuerdo de esta imagen “oprime” al poeta: “Pienso en mi gran cisne, con sus gestos dementes,/ como los exiliados, ridículo y sublime”. Como Baudelaire, Cernuda construye su poema a partir de esas gaviotas que ve en sus paseos por Glasgow. Tienen alas pero, al igual que el poeta, no pueden regresar: “Quien con alas las hizo, el espacio les niega”.

Un poema de Luis Cernuda

Gaviotas en los parques

Dueña de los talleres, las fábricas, los bares,
Todas piedras oscuras bajo un cielo sombrío,
Silenciosa a la noche, los domingos devota,
Es la ciudad levítica que niega sus pecados.

El verde turbio de la hierba y los árboles                            

Interrumpe con parques los edificios uniformes,
Y en la naturaleza sin encanto, entre la lluvia,
Mira de pronto, penacho de locura, las gaviotas.

¿Por qué, teniendo alas, son huéspedes del humo,

El sucio arroyo, los puentes de madera de estos parques?    
Un viento de infortunio o una mano inconsciente,
De los puertos nativos, tierra adentro las trajo.

Lejos quedó su nido de los mares, mecido por tormentas

De invierno, en calma luminosa los veranos.
Ahora su queja va, con el grito de almas en destierro.        
Quien con alas las hizo, el espacio les niega.


Comentarios

Entradas populares de este blog

"Madona con abrigo de piel", de Sabahattin Ali

Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexievich

Stein, Hemingway, Woolf y la generación perdida

Unamuno en "La isla del viento"

Solaris y la solarística