Cortázar y la "Vida y cartas de John Keats"


El 23 de febrero de 2021 se cumplen doscientos años de la muerte de John Keats (1795-1821). Su tumba en Roma, en cuya lápida está escrito el epitafio que él mismo dictó a su amigo Joseph Severn: “Yace aquí uno cuyo nombre fue escrito en el agua”, se convirtió pronto en un lugar de peregrinación.

En 1848, veintisiete años después de la muerte de Keats, el escritor y político liberal Richard Monckton Milnes, primer barón de Houghton (1809-1885), publicaba la Vida y cartas de John Keats. Por esa fecha, de haber vivido, Keats habría sido, quizás, un respetable caballero de cincuenta y tres años. Los amigos y familiares del poeta, destinatarios de las cartas, las conservaron como algo digno de perdurar en el tiempo. Algunos pudieron entregar en mano las copias a Lord Houghton, que dispuso de un material valiosísimo para su obra.

El biógrafo solo tenía que dejar hablar a Keats, con las cartas y los poemas que contenían. Además, en las primeras ediciones, el libro recogía otras obras o fragmentos que no se habían publicado hasta entonces, como el poema satírico que Keats pensaba firmar con el seudónimo de “Lucy Vaughan Lloyd”. Cap and Bells (“El gorro y los cascabeles”) y The Jealousies (“Los celos”) eran los dos posibles títulos para este cuento de hadas humorístico, influido por la lectura de Ariosto y escrito en una época –invierno1819-20– en la que la enfermedad de la tuberculosis ya había dado los primeros síntomas.

Julio Cortázar, traductor de esta biografía, escribía en Imagen de John Keats: “Traduje el libro en 1947, ahora lo miro desde lejos y me desalienta la imperfección de una tarea para la que entonces me faltaban elementos”. Vida y cartas de John Keats vio la luz en Argentina en 1955. En 2003 la editorial Pretextos publicó una nueva edición, de la que, por suerte, todavía se pueden encontrar ejemplares.

 Una melancólica luz de cosa añeja

John Keats. FuenteWikipedia
Como escribe Cortázar en la introducción, “los estudios definitivos en torno al poeta y al hombre
Keats vierten sobre esta ‘vida’ una melancólica luz de cosa añeja”. Solo se recoge una selección de la correspondencia y a veces nada más que fragmentos. Algunas cartas están mutiladas y con fallos de trascripción, como los de las extensas cartas-diario que Keats enviaba a su hermano George a América, y que fueron copiadas por John Jeffrey, el segundo marido de Georgina, la cuñada del poeta. Pero esa melancólica luz da encanto a esta biografía, así como el hecho de que fuera traducida por uno de nuestros más admirados escritores del siglo XX.

Cortázar señalaba otros reparos que se podían poner a la obra, como “la preocupación por ‘justificar y explicar’ la actitud hedonista del poeta”, “la pintura convencional que traza” de las amistades de Keats, y la “demasiado recatada crónica del amor de Keats por Fanny Brawne”. Pero recordemos que en la fecha que se publica la biografía, muchos de los protagonistas aún estaban vivos. La más importante, Fanny Brawne, era una dama de cuarenta y ocho años, que guardaba a buen recaudo unas cartas que solo serían conocidas después de su muerte.

En español, la editorial Juventud editó en 1947 una selección de cartas. Hasta 1982 no se publicó una nueva traducción de Cartas, a cargo de Mario Lucarda. Y hemos tenido que esperar al 2020 para que Alianza Editorial publicara Cartas: Antología, traducidas por Ángel Rupérez. Algo bastante extraño si consideramos el enorme valor de esta correspondencia. Acerca de ello escribe Cortázar en Imagen de John Keats:

Reparé en que nada podría ser más injusto hacia él que mantener una separación entre sus cartas y sus poemas, y supe que su obra es una, en cuanto su sentido, no diverge al pasar del verso a la prosa del canto a la narración. Muchos poemas fueron escritos en el curso de una carta.

Cortázar nos recuerda también que T. S. Eliot, que prefería las cartas a la poesía de Keats, opinaba que esta correspondencia era “la más notable e importante escrita jamás por un poeta inglés”.

En la obra de Lord Houghton el ser humano John Keats queda difuminado; no obstante nos podemos acercar al pensamiento poético de Keats, algo que no deja de sorprender en un joven que, a comienzos de 1817, tiene veintiún años y ha decidido abandonar sus estudios de medicina para dedicarse a la poesía; solo cuatro años después morirá víctima de la tuberculosis, dejando tras de sí una obra poética cuyo prestigio e influencia fueron creciendo con el paso de los años.

Pero en 1848, el mito de John Keats sobrepasaba a su consideración como uno de los grandes poetas del Romanticismo. De ahí que Lord Houghton escribiera:

 No olvidemos nunca que por muy maravillosos que sean los poemas de Keats, valen después de todo como constancias de una educación poética antes que como la obra cumplida de un artista maduro.

 La verdad de la Imaginación

En este proceso de educación poética, Keats fue dejando también en sus cartas una “maravillosa” visión acerca de la poesía, como las famosas palabras que escribió a su amigo Benjamin Bailey el 22 de noviembre de 1817:

No estoy seguro de nada salvo de lo sagrado de los afectos del corazón, y la verdad de la Imaginación. Lo que la imaginación aprehende como belleza debe ser verdad, existiera o no antes; porque de todas nuestras pasiones tengo la misma idea que del amor; en su más sublime forma, todas ellas son creadoras de belleza esencial.(…) La imaginación puede ser comparada al sueño de Adán: se despertó y encontró que era verdad. Me muestro más celoso en este asunto porque jamás he podido percibir cómo es posible conocer alguna cosa como verdadera mediante el razonamiento consecutivo; y con todo así debe ser. ¿Es que aun el más grande de los filósofos llegó alguna vez a su meta sin hacer a un lado numerosas objeciones? En fin, sea como sea, ¡cuánto mejor una vida de sensaciones que de pensamientos!

 Y en una carta John Taylor, su editor, en febrero 1818, escribe:

 Profeso ciertos axiomas en poesía, y ahora verá usted cuán lejos estoy de su centro:

1º Pienso que la poesía debería sorprender por su hermoso exceso y no por su singularidad; debería impresionar al lector como la expresión en palabras de sus más elevados pensamientos, y parecerle casi un recuerdo.

2º (…) Si la poesía no se nos da tan naturalmente como las hojas a un árbol, es mejor que no se dé en absoluto.

 La imagen del “poeta camaleón”, fue otra de las reflexiones acerca del hecho poético, que Keats “regaló” a Richard Woodhouse, en una carta de octubre de 1818:

Aquello que choca al virtuoso filósofo, deleita al poeta-camaleón. Su gusto por el lado oscuro de las cosas no causa más daño que el que tiene por el lado brillante, ya que ambos culminan en especulación. Un poeta es lo menos poético de cuanto posee existencia, porque carece de identidad; está continuamente llenando otro cuerpo o tras de él.

 Nada me sorprende fuera de lo momentáneo

 

Lord Hought. Fuente Wikipedia
En la carta a  Benjamin Bailey, en noviembre de 1817, John Keast escribe:

 Por mi parte apenas recuerdo haber contado jamás sobre alguna felicidad. No la espero nunca, como no sea en el momento presente. Nada me sorprende fuera de lo momentáneo. El sol que se pone me hará siempre bien, y si un gorrión se asoma a mi ventana, tomo parte en su existencia y picoteo en las arenillas.

 Un año después le escribía al mismo Bayley:

 Ya conoces mis ideas acerca de la religión. No me creo con más razón que otros, y pienso que en este mundo nada puede ser probado. (…) A veces me muestro tan escéptico que llego a pensar en la misma poesía como un mero fuego fatuo destinado a divertir a cualquiera que dé por casualidad con su brillo.

 Sin embargo, en una carta a su hermano George, y quizás a modo de consuelo, escribe: “Tengo una firme creencia en la inmortalidad, y lo mismo sentía Tom”.

 Lord Houghton se esforzó bastante para que la imagen John Keats se ajustara a la moral victoriana. Sí, era cierto que Keats reivindicaba a los que “se deleitan en la sensación”, frente a los que “tienen hambre de verdad”. Y esa era la “tendencia de su naturaleza”: “Pero resulta altamente interesante observar cómo esa peligrosa inclinación era en él equilibrada y modificada de continuo por la más pura apreciación de la excelencia moral”, escribe Lord Houghton. Y como ejemplo utiliza una carta dirigida a su hermano George, en la que Keats expresaba “la convicción de la superioridad de la virtud sobre la belleza; nunca sometió más devotamente un poeta la gloria de la imaginación al poder de la conciencia”:

Me senté a escribiros con un corazón agradecido; sí, por tener hermanos que me quieren y valoran por mis sentimientos profundos y mi rectitud, más que por cualquier señal de genio, por espléndida que sea.

 Aliviarnos del peso del Misterio

John Keats fue un autodidacta y un gran lector. Admiraba por encima de todo a Shakespeare, pero también a otros autores como a Milton. De sus contemporáneos cita a menudo a Wordsworth, aunque rechazaba su egotismo. Lee traducciones de los griegos y es capaz de asimilar su espíritu. En una carta a Taylor en abril de 1818 escribe: “Encuentro que mis días tempranos ya han pasado; encuentro que en el mundo no puedo hallar otro deleite que el continuo beber de conocimientos”. Y en otra dirigida a John H. Reynolds leemos: “Para las gentes que piensan, un conocimiento amplio es necesario; aleja el calor y la fiebre y ayuda, al ensanchar la especulación, a aliviarnos del peso del Misterio”.

Entre junio y agosto de 1818 Keats realiza un viaje por Escocia. A su hermano Tom le escribe acerca de sus caminatas y de su visita a la tumba del poeta Robert Burns, y le envía poemas como el soneto “On visiting the tomb of Burns”.

 Acerca de esta visita, le escribe a su amigo John Hamilton Reynolds:

Una de las maneras más gratas de anular el propio ser es aproximarse a un santuario como el cottage de Burns; no necesitamos ya pensar en su miseria, todo eso ha pasado; ¡mala suerte! De hoy en adelante recordaré esto con incontaminado placer, tal como recuerdo mi día en Stratfor-on Avon en compañía de Bailey.

Lejos estaba Keats de imaginarse que pocos años después su tumba se convertiría en un santuario laico.

 Esa hidra llamada Acreedor

La vida de Keats fue la de un joven de clase media, huérfano de padres; su hermano pequeño, Tom, murió el 1 de diciembre de 1818. Su hermana Fanny, una niña, vivió con su tutor Abbey, con el que el poeta mantuvo una relación difícil. Y su hermano mediano, George emigró a América con su mujer, Georgina. En las cartas dirigidas a estos podemos conocer detalles de su vida, siempre acuciada por problemas económicos. Pero no le faltaban el humor y la alegría. En mayo de 1817, en una carta que le envía a su editor, le agradece que le haya pagado veinte libras con las que destruiría “algunas de las cabezas menores de esa hidra llamada Acreedor”:

Creo que yo podría escribir un pequeño poema alegórico llamado El Acreedor, en el que podríamos tener el castillo de la Negligencia, el puente levadizo del Crédito, la expedición de Sir Novedades de la Moda contra la Ciudad  de los Sastres.

En junio 1818 le escribe a Benjamin Bayley: “La vida debe ser soportada, y en verdad alcanzo a extraer algún consuelo con la idea de escribir uno o dos poemas más antes de que cese”. Pero la vida, el instante, hay que disfrutarlo plenamente, apreciando todo lo que  se nos ofrece. Así, en las cartas, encontramos elogios al vino: “¡Cómo me gusta el clarete! Cuando consigo clarete estoy obligado a beberlo. Es el único halago del paladar en que soy realmente sensual”, le escribe a su hermano. Keats disfruta de la naturaleza, las flores, el cielo, el mar. A Reynolds le cuenta su visita a Escocia, a las tierras de Burns: “Traté de beberme el paisaje, con la esperanza de que después podría tejerlo para ti, como el gusano hace su seda con las hojas de la morera”.

 Mi soledad es sublime

Es esta Vida y cartas poco sabremos de la gran pasión que John Keats sintió por Fanny Browne. Lord Houghton solo da algunas pinceladas: “Porque se avecinaba el tiempo en que un intenso amor absorbería su ser eterno, y aceleraría por su misma violencia la deplorable extinción contra la cual luchó él tan vanamente”, como si la pobre Fanny hubiera colaborado con el bacilo de Koch para acelerar la temprana muerte del poeta.

 Por una carta a Bailey sabemos que John Keats no se sentía cómodo con las mujeres:

“Estoy seguro de que no juzgo bien a las mujeres, y en este momento lucho por ser justo con ellas, mas me resulta imposible”. Cuando está entre ellas tiene “malos pensamientos, malicia y malhumor”: “Ya ves que con tales pensamientos estoy más feliz a solas, entre multitudes de hombres, conmigo mismo o con un amigo o dos”.

 Y en una carta del 29 de octubre de 1818 a su hermano y su cuñada, escribe:

Espero que no me casaré jamás, aunque la más hermosa de las criaturas me esperara al final de la jornada o del camino. (…); mi soledad es sublime, desde que al contrario de lo que he descrito existe una sublimidad que me da la bienvenida en mi hogar; el bramar del viento es mi esposa, y las estrellas a través de la ventana son mis hijos; la inmensa idea abstracta que tengo de la Belleza en todas las cosas ahoga las más parceladas y menudas felicidades domésticas. (…)A medida que mi imaginación se fortifica, siento cada día más y más que no vivo tan sólo en este mundo, sino en mil mundos.

Las mujeres en general son “criaturas a quienes con más gusto daría confituras que mi tiempo”. De ese modo Keats luchaba con el miedo a perder su libertad creadora. Esa tensión nos recuerda a la correspondencia que un siglo después mantendría Kafka con Felice. En una carta a su hermano, encontramos la primera referencia a Fanny: “Le falta sentimiento en todas las facciones; (…) su figura es muy graciosa, y lo mismo sus movimientos; sus brazos son buenos, sus manos feúchas, sus pies tolerables”. En su descripción también utiliza adjetivos como “ignorante” y “coqueta”.

 La leyenda de John Keats

“Me desagradan igualmente el favor del público y el amor de una mujer. Ambos representan un filtro enervante para las alas de la independencia”, escribía a Taylor,  en agosto 2019

Keats odiaba y despreciaba “al mundo literario”, decía que nunca pensaba en el público cuando escribía. En una carta a Hessey, leemos “Nunca tuve miedo del fracaso, porque antes prefiero fracasar a no encontrarme entre los más grandes”.

Lord Hougton dedica unas páginas a la leyenda que Shelley y Byron contribuyeron a crear. Lord Byron, que no fue muy generoso con la poesía de Keats en vida, dedicó “arrepentidos elogios”, que podían ser “atribuidos a un confuso sentimiento en el que habría conciencia de su injusticia”, y satisfacción, porque a él, Lord Byron, ya no le afectaban las críticas. Así, escribe en unos versos de Don Juan: “John Keats que fue asesinado por una crítica/ Justamente cuando prometía de veras algo grande”. También Shelley “había creído a Keats a merced de los críticos”.

Nada más lejos de lo que dejan traslucir las cartas, en las que Keats hace referencia, a veces con humor, a las críticas adversas que aparecieron en dos periódicos de tendencia conservadora. Y en una carta de abril de 1818, escribe:

No tengo el más leve sentimiento de humildad hacia el público ni hacia nada de lo que existe, salvo el Eterno Ser, el Principio de la Belleza y el Recuerdo de los grandes hombres.

 La existencia póstuma

La enfermedad de Keats avanzaba rápidamente. Decide marcharse a Italia, pues piensa que no podrá sobrevivir a un nuevo invierno en Inglaterra. Shelley lo invita para que se vaya con él a Pisa. Pero John decide ir Roma, ayudado por la generosidad de sus amigos. En esta etapa de su vida lo acompañará el pintor John Severn, que relatará en sus cartas cómo vivieron esos terribles meses.

En las cartas a su amigo Charles Brown, Keats dejó constancia de su pasión por Fanny Browne. El 1 de noviembre de 1820, le escribe desde Nápoles, donde, tras una accidentada travesía, tuvieron que pasar una cuarentena en el barco:

La seguridad de que no habré de verla más ha de matarme. Mi querido Brown, debí haberla poseído cuando tenía salud, y entonces hubiese continuado sano. Puedo soportar el morir… pero no puedo soportar el dejarla.

Y el 30 de noviembre, desde Roma, escribe su última carta a Brown: “Experimento constantemente el sentimiento de que mi vida real ha pasado, y que estoy llevando una existencia póstuma”.

“¿Habrá otra vida? ¿Me despertaré para encontrar que todo esto era un sueño?”, se pregunta aquel joven, el mismo que dos años antes, el 25 de agosto de 1819, le había escrito a su amigo Reynolds: “Y así también, cotidianamente, me convenzo cada vez más de que el bello escribir es –junto con el bello obrar– la cosa más alta de este mundo”.

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