Imagen de John Keats, de Julio Cortázar


Julio Cortázar (1914-1984) comenzó a escribir de
Imagen de John Keats en Buenos Aires el 19 de junio de 1951 y acabó en París, en mayo de 1952. Durante años este ensayo durmió, encuadernado, en un armario hasta que Alfaguara lo publicó en 1996, con una edición al cuidado de Aurora Bernárdez. El libro se puede encontrar en formato digital o se puede adquirir de segunda mano a través de internet.

Cuando, en la década de los 80 estudiábamos y leíamos a Cortázar nada sabíamos de Imagen de John Keats. Cortázar era el autor de Rayuela de El perseguidor, de Historias de Cronopios y de Famas… “Queremos tanto a Julio”, decíamos.

Un día, buscando información sobre poesía inglesa romántica, para aligerar un poco mi mochila de ignorancia, me encontré con este libro. Y no, no había pasado el tiempo ni por Cortázar ni por Keats: “Sé que este camino junto a mi poeta disgustará de pronto a unos y a otros, porque mire lo que ocurre: aquí se habla de un pasado con lenguaje de presente”.

La intención de Cortázar no era escribir acerca de Keats, sino “andar a su lado”, hacer un “Diario para John Keats”. Había leído a fondo su poesía, y había traducido la Vida y Cartas de John Keats, de Lord Houghton, que se publicaría en 1955. El diario, por fuerza, debía contener numerosas citas, porque Cortázar iría traduciendo los poemas y las cartas del poeta; por ello advertía a los lectores en una “Declaración jurada”:

La cita es narcisista, como la intercalación de frases en una lengua extranjera. Nadie ignora que citamos todo aquello que otro nos ventajeó. Esto en cuanto a lo intelectual. Pero luego están las citas que acuden a la memoria por analogías inaprehensibles, que dejan la flor y se vuelven a su nada.

 “Como hace años que he renunciado a pensar, es natural que otro piense por mí, en mi memoria”, escribe Cortázar. Y la cita, “esa habitación de un espíritu que me usa para repetirse”, hay que respetarla. Mi amigo Arnoldo Liberman, escritor y musicólogo argentino, ha llamado “citorrea” a su deseo irrefrenable de citar, ese bendito mal que también le aquejó a Cortázar durante la escritura de Imagen de John Keats, y al que los lectores le debemos, entre otros muchos regalos, la hermosa traducción de la “Oda a una urna griega”.

Y Cortázar inicia su paseo con John en el bolsillo, la “casa esencial y portátil del hombre”, para guardar lo imprescindible: “Keats es para el bolsillo, donde se llevan las cosas que cuentan, las manos, el dinero, el pañuelo; los estantes se los deja a Coleridge y a T. S. Eliot, poetas-lámpara”. Según sus amigos Shelley llevaba en el bolsillo un ejemplar de los poemas de Keats cuando naufragó en las costas de Liguria. Era lo más apropiado para redondear la leyenda del autor de Adonais, el poema que Shelley escribió tras la muerte de Keats.

Imagen de John Keats no es un ensayo académico, a pesar de toda la información y referencias que Cortázar nos aporta, porque la vida del propio Cortázar fluye a través de las páginas que se convierten en un ensayo personal, en una declaración de amor hacia la poesía de John Keats:

Pero mi libro no sería metódico; ahora sé que cuando subí la escalinata y desde el Pincio miré a Roma meridiana, mi deseo había ya creado esta noche de Buenos Aires en un duodécimo piso de la calle Lavalle, albergue para las páginas que escribo tal como las elegí aquel día, mirando la Barcaccia de Bernini el Viejo que bogaba en la Piazza di Spagna, sitio de antiguas naumaquias.

Poesía que es mensaje

Tras caminar por las distintas etapas de la vida y la obra de John Keats, Cortázar se demorará en el análisis de una poesía caracterizada por el sensualismo; porque Keats es “este hombre para quien el mundo exterior existe”, “inclinado a celebrar desinteresadamente la realidad”. Por eso él se aleja de la “hipérbole del yo” como tema poético, tan propio de los románticos, y su mensaje es “diurno, lúcido”; a pesar de que siente “la presencia del mal, del horror y la muerte”, lo que el romanticismo francés llamó mal du siècle.

Keats coloca “al yo (como tema poético) al mismo nivel que cualquier otro objeto de la realidad, yendo hacia él para aprehenderlo poéticamente”, no tiene nada que ver con la poesía de los románticos “más aferrados a los datos y las anécdotas que la experiencia provee y que la subjetividad tiende a exaltar”. 

El germen de la poética de Keats se halla en la carta “tan repentinamente prodigiosa” del 22 noviembre de 1817 a Bailey: “De nada tengo certeza salvo de lo sagrado de los afectos del Corazón y de la verdad de la Imaginación; lo que la Imaginación aprehende como Belleza tiene que ser verdad…”.

 ”Tengo la misma opinión de todas nuestras pasiones —y del amor—: en su forma más sublime, son creadoras de belleza esencial”, escribía Keats. Sensación y  sentimiento se aúnan para percibir la belleza. Pero “hay que estar despierto y alerta, para dirigir las sensaciones”, nos dice Cortázar.

Julio Cortázar
Antes que Baudelaire, Keats toma conciencia de la verdad de la poesía, de “la poesía como poesía”. En una carta a su hermano escribía: “Mencionas a lord Byron y a mí… Hay una gran diferencia entre los dos. Él describe lo que ve, yo lo que imagino. Mi tarea es más ardua, ya ves la inmensa diferencia”.

Keats no usaba la poesía para transmitir un mensaje. “De hecho, no hay poesía y mensaje. Hay poesía que es mensaje”, escribe Cortázar y esto es lo que la obra de Keats propone.

En sus cartas Keats habla de ser “invadido” por la personalidad de quienes lo rodean. En 1818 le escribe a su amigo Woodhouse la carta que Cortázar llama “del camaleón”, Para Keats, “el poeta no tiene identidad”: “Tal vez ahora mismo no soy yo quien habla, sino algún personaje en cuya alma vivo”. Pudiera no tener identidad personal, “pero tiene identidad poética, la más alta posible, que consiste en ser aquello y en aquello que se cante”, señala Cortázar.

 Las odas. Por la Belleza se va a lo eterno

Keats escribe sus grandes Odas de marzo a septiembre de 1819. Cortázar analiza minuciosamente cada una de ellas y, en especial la “Oda a una urna griega” con sus figuras detenidas en el tiempo. Es una “urna ideal”, “fruto de esos vagabundeos por las galerías del British Museum de donde Keats emergía deslumbrado y ansioso”.

Cortázar observa “la analogía más extraordinaria entre la Oda y el espíritu griego que la informa”. Los versos iniciales de la segunda estrofa, que el traduce: “Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas”, contienen quizás “la imagen más pura y hermosa de la poesía inglesa”: “Nunca alcanzó la poesía griega a expresar de este modo casi inefable la catarsis artística”. Y quizás los poetas helénicos intuyeran ese “tránsito catártico”, al describir escudos y vasos, como lo hace Homero al escribir acerca del escudo de Aquiles:

 ¿Qué especial prestigio tiene el describir algo que ya es una descripción? Las razones que mueven a Keats a concebir una urna y asomar líricamente a su friso, ¿no coincidirán estéticamente con las razones homéricas y hesiódicas?

 Es el anhelo de eternidad, el deseo de detener el tiempo, de trascender:

 De ese descenso al mundo ajeno y recogido del friso, retorna Keats con el resumen que dirán los dos últimos versos del poema: “La belleza es verdad y la verdad belleza… Nada más se sabe en este mundo, y no más hace falta”.

En la “Oda a una urna griega” Keats “veía verdad en la belleza eterna, la belleza del mármol con sus perpetuadas imágenes”. Frente a ella está esa otra belleza, la alegría del instante. “Con la belleza mora la belleza que pasa”, como traduce Cortázar el verso inicial de la tercera estrofa de la “Oda a la melancolía”:

Pero los traductores sabemos qué desaliento de ceniza y manos sucias espera al amanecer, cómo traducir se parece a amar, cómo los pequeños triunfos parciales no consuelan de la vasta derrota.

En la “Oda al otoño”, Cortázar deja que sea Cernuda el que ponga voz a Keats, con su versión tan feliz y tan keatsiana:

 Cernuda, haragán grandísimo, ¿no eras capaz de traducirnos las seis Odas, los sonetos, esos pasajes de Endimión que tan bien van con tu humor y tu leticia? Autor de «El indolente», ¿cómo no le diste un puñado de siestas a John, tu camarada de modorra? No sé de otro que pudiera acercarlo como tú al español, con esa manera andaluza de no tener miedo, que te zambulle en el verso inglés y lo voltea para este lado y lo saca reluciente y castellano sin cambiarle la gracia.  

 Touch has a memory

 En julio de 1818 Keats le escribe a su amigo Bailey sobre los pensamientos injustos que tiene hacia las mujeres: “Cuando colegial pensaba que una mujer bella era una diosa pura (...) No tengo derecho a esperar más que su realidad. Las creí más etéreas que los hombres”. Acerca de ello escribe Cortázar:

 Ya sabe de sobra que no hay “diosas puras”, y presumo que debió de corroborarlo adecuadamente en las calles londinenses y en los lechos a precio fijo. Pero le duele que el mismo género de representaciones lo asalte en compañía de las hermanas de Reynolds o de cualquier otra amiga.

 En cuanto al matrimonio John le había escrito a su hermana y su cuñado, en octubre de 1818, que esperaba no casarse jamás. Pero pronto entraría en escena el amor de Keats por Fanny Browne. Y seña Cortázar:

 En esos meses de su vida hay como una sorda analogía con el horrible itinerario del Josef K. de El proceso. El proceso de John K. nace de un error inicial: enamorarse de Fanny B.

Por las fechas en que Cortázar escribía la Imagen de John Keats, aún no se conocían las cartas que Kafka había escrito a Felice Bauer, quien las vendió en 1955. Las cartas publicaron en 1967. De haberlas conocido por entonces, Cortázar habría tenido pruebas más que suficientes para escribir también acerca de las analogías entre las vidas de Franz K. y John K., y de la tensión vital y creativa que alimentó esos “procesos”.

En julio de 1819, desde Isla de Wight, Keats escribe su primera carta a Fanny Brawne: “Pregúntate, amor mío, si no eres harto cruel por haberme aprisionado, por haber destruido así mi libertad”. Y en otra de sus cartas le dice: “Me absorbes a pesar de mí; sólo tú solamente, ya que no aspiro al placer de eso que llaman instalarse; tiemblo al pensar en las preocupaciones domésticas”.

Es la época en la que Keats escribe, junto a su amigo Brown, la tragedia Oton el grande, con la que esperan ganar algún dinero. Pero acabarán fracasando en su intento. En sus cartas se observa esa tensión de Keats, el deseo de no perder su libertad. “Soy un cobarde, no puedo soportar el dolor de ser feliz, es indiscutible”, le escribe a Fanny, en septiembre de 1819. En octubre, el poema “A Fanny”, que recoge la hermosa frase Touch has a memory (el tacto tiene memoria), nos da idea de cuál era su pensamiento en esos días. Y el 13 de octubre escribe en una carta.

Alguna vez me asombró que los hombres pudieran ir al martirio por su religión. Temblaba de pensarlo. Ahora ya no tiemblo; podría ir al martirio por mi religión —el Amor es mi religión—, y podría morir por él… Me has cautivado con un poder que soy incapaz de resistir.

En febrero de 1820 Keats sufre una hemorragia pulmonar y sabe que eso es su condena a muerte. Carece de medios económicos: “solamente sirvo para la literatura”, y ya no tiene fuerzas para escribir. En una carta le dice a Fanny:

Si me muriera, no quedaría de mí una obra inmortal… nada que mis amigos pudieran recordar con orgullo… Pero he amado el principio de la belleza en toda cosa, y de haber tenido tiempo, habría hecho que mi recuerdo perdurase.

Ahora podrá darse entero al “dulce dolor” de amar a Fanny”; pero la enfermedad lo sumerge en una espiral de locura. Se tortura con los celos y tortura a Fanny: “Hasta mis celos fueron agonías de amor, y en lo peor de mi enfermedad hubiera querido morir por ti. Te he atormentado en exceso. Pero era por amor”:

Ah! —exclamarás—, ¡qué crueldad! ¡No dejarme gozar de mi juventud, desear que sea desgraciada! Debes serlo si me amas… por mi vida te digo que no me contento con otra cosa. Si realmente puedes divertirte en una fiesta, si puedes sonreír en la cara de las gentes, y desear que te admiren precisamente ahora… ni me has amado ni me amarás nunca.

Pero Keats volverá de nuevo a lucidez, en los últimos meses: “El corazón de Hamlet estaba henchido de la misma desdicha que el mío, cuando dijo a Ofelia: “¡Vete al convento, vete, vete!”, le escribe a Fanny en su última carta.

 En su accidentado viaje por mar hasta Nápoles, y en sus últimos meses en Roma, Keats no volverá a escribir a Fanny. Solo lo hará de manera indirecta, a través  de Mrs. Brawne y su amigo Brown, al que le confiesa su desgarramiento amoroso. A él están dirigidas sus dos últimas cartas. En la penúltima, el uno de noviembre de 1820, tras desembarcar en el puerto de Nápoles, Keats escribe:

Oh, Brown, siento un fuego en el pecho. Me asombra que el corazón humano sea capaz de contener y soportar tanta desgracia. ¿Nací para este fin?

Keats muere en Roma el 23 de febrero de 1821. “Después fue Adonais, el dolor solitario de unos cuantos que lo habían conocido en toda su belleza; y lentamente el olvido, también necesario, la noche de John Keats”, escribe Cortázar.

 Quizás, al acercarse la fecha del segundo centenario de la muerte del poeta, acabe la noche de este ensayo, Imagen de John Keats, y vuelva a ser editado para ocupar su lugar entre los clásicos siempre vivos de nuestra literatura.

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