“Acércate y escucha”: nuevos poemas de Charles Simic



 Acércate y escucha (Vaso Roto, 2020) reúne nuevos poemas de Charles Simic (Belgrado, 1938), en versión de Nieves García Prados. Come Closer and Listen: New Poems, el poemario original, se publicó en 2019. Su lectura es un esperado reencuentro con Charles Simic. Quizás no sea este su mejor libro, pero no importa, porque en la mayoría de los poemas siempre hay una imagen, un destello que nos sobrecoge.  

El tiempo pasa, aunque la poesía insista en detenerlo. De nada sirven la autocompasión ni el tono quejumbroso. El mundo sigue ahí, no se acaba; nos abruma con sus contradicciones e injusticias, y el ser humano nunca aprende. Es el animal con una ilimitada capacidad de autodestrucción, algo único en la naturaleza. 

Los poemas de Acércate y escucha oscilan entre el minimalismo de un breve fragmento y la fotografía de un instante, donde lo aparentemente real se funde con lo onírico, y donde no falta ese bestiario tan peculiar de Simic, en el que los animales, están más cuerdos que nosotros y los cuervos nos rondan incasablemente. La elipsis deja al lector ante un cuadro que debe contemplar desde su propia mirada, dispuesto no a oír, sino a escuchar. 

Simic divide los poemas en cuatro secciones. La primera se inicia con “Algunos pájaros pían”:

Es demasiado como para que un minúsculo cerebro 
lo entienda todo por sí solo.
Aun así, supongo que no se pierde nada por intentarlo.

Buscamos comprender el misterio, pero solo podemos acercarnos a través de la poesía, como sucede con la metáfora de la muerte en “El juego del escondite”. Los que ya no están con nosotros han ido escondiéndose y, al igual que cuando éramos niños, los seguimos buscando. 

Todo resulta demasiado confuso, “el destino incierto dirige aquí el espectáculo”; y en el poema “Acércate y escucha”, la justicia es “la dama ciega” que nunca reparte bien sus dones. Así, tentamos a la suerte, como el funambulista “que extiende un alambre” para su “Caminata por el cielo”; y usamos tablas de salvación, como en “La caída”, cuando una mujer acaba gritándole a Dios: “Tú, allá arriba, ¿has salvado alguna vez a alguien?”. Es el Dios del poema “Noche de verano”, que solo piensa en sí mismo. O el Dios de “Shhhh”, que siempre nos manda callar, para que dejemos de rumiar nuestras dudas e incertidumbres.

La filosofía es esencial en la poesía y en la vida de Simic, como les ocurre a esos “Metafísicos anónimos” que discuten en una cafetería acerca de si lo que vemos es real o solo está dentro de nosotros.

Aparecen instantáneas de soledad en sórdidos paisajes urbanos: los viejos edificios, las lavanderías, los tugurios... Y nuestros pensamientos son “como vendedores de biblias de puerta en puerta”, que insisten aunque saben que, todas las puertas se les cerrarán de golpe. Quizás lo único que podamos comprender sea una “Lección de astronomía”: 

La risa silenciosa
de las estrellas
en el cielo nocturno
nos cuenta todo
lo que necesitamos saber.  

En la segunda sección Simic ha reunido poemas cuyos protagonistas son personajes secundarios vapuleados por la historia, como él los llamó en Una mosca en la sopa, su libro de memorias. El mismo Simic fue uno de esos personajes, de los que la Historia no habla. De niño vivió los bombardeos de Belgrado, durante la Segunda Guerra Mundial; y después la posguerra y el hambre. 

En 1953, consiguió marchar hacia París con su madre y su hermano. Allí supo lo era sentirse un extranjero. En condiciones difíciles tuvieron que esperar un año hasta poder viajar a Nueva York, donde se reencontrarían con el padre, al que no habían visto desde hacía diez años. Simic comprendió enseguida que el sueño americano tenía poco que ver con las películas. 

El mundo es inseguro y vivimos en una constante inquietud: “Vi a hombres y mujeres/ perder la cabeza/ y buscarla por todas partes”, escribe Simic en el poema “Terror”.  Las guerras no se han detenido; el escenario es el mismo, solo hay un cambio de decorado y de personajes secundarios, obligados a cumplir su papel ante la indiferencia de los espectadores. Así leemos en “Después del bombardeo”

Una gran ciudad quedó reducida a ruinas
mientras tú te balanceabas en una hamaca
cerrando los ojos y dejando caer
el periódico que estabas leyendo
de tu mano al suelo

Son poemas que nos hablan del sufrimiento humano, como el drama de los refugiados de la “Historia griega”. En “Les encantará nuestro producto” se venden jaulas para encerrar a hombres: “Y son lo suficientemente fuertes como para resistir/ brotes de furia y desesperación suicida”. Y en “Actores ambulantes” se nos muestra el funeral de uno de tantos soldados muertos:

(…) En esta tierra anestesiada por sus guerras,
y que ha renunciado al llanto y a la exhibición pública del dolor,
a excepción de esta figura sombría que camina hacia adelante
con los brazos extendidos mientras le pide a Dios
algo de magia escénica para que su hijo se levante
de donde yace y regrese a casa con ellos.

“Monstruos”, una fábula “al modo de Ovidio”, nos presenta a Zeus dispuesto a trasformar a los “traicioneros y mentirosos” Cercopes, en el peor animal, pero “no pudo encontrar una sola especie/ que igualara la gran capacidad para el mal/ de estas horribles criaturas”.

En las dos últimas secciones de Acércate y escucha, los poemas nos hablan del amor y de la muerte, sin que falte el humor y la mirada irónica. Hay historias que nunca llegaron a ser como en “Meditación en las alcantarillas”, pues nuestra vida pende de “engañosos hilos”. Aparecen instantes felices en “Música de cama”. Pero también se ciernen amenazas, como la de esta hermosa e inquietante imagen del poema “El juicio”:

Un temprano rayo de luz demasiado brillante
para ser soportado por el ojo humano,
como si la noche fuera cortada por una navaja
a punto de atacar desde el tejado
la inmensa ciudad a sus pies

Y en “Un día como cualquier otro”, una pareja de ancianos –“sonámbulos enamorados”– quita las malas hierbas de su jardín:

Vivir en completa ignorancia 
de lo que sucede en el mundo
es el secreto mejor guardado
de toda una vida de felicidad.

La muerte nunca se detiene. Es el ladrón de “Parada de camiones” que “bebe café en la última mesa/ de un restaurante 24 horas”. Su compinche, el tiempo, no pierde ni un segundo, como en el breve poema “La mano que mece la cuna”:

El tiempo, ese asesino
que nadie ha atrapado todavía

Aceptar lo inevitable y reírnos de nuestros miedos nos ayuda a vivir, a ser algo más que “gallinas que cacarean” o espectadores de un absurdo “concurso nocturno” para matar al tiempo: “¿Tiene Charles Simic miedo a la muerte?/ Sí, Charles Simic teme a la muerte”. Y quizás consigamos que Dios se dirija a nosotros, aunque sea en estos términos: “Tú que estás harto de mi silencio,/ si estás despierto todavía a esta hora,/ escúchame. 

Nos sobrecogen poemas como “Último picnic”, por la delicada belleza con la que Simic trata el amor y la muerte, o “Barco fantasma”, con su metáfora del paso del tiempo:

Esos benditos momentos 
      que fingen que
se quedarán con nosotros para siempre;
se marcharán pronto,
      sin una despedida en condiciones
¿Qué prisa hay?
   Me escuché decir a mí mismo.

Queda el recuerdo de un instante que la poesía nos devuelve por medio de las imágenes. Sí, son barcos fantasmas, pero como le escuchamos decir a Charles Simic, son nuestros, “a pesar de todo”.

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