"El infinito en un junco" y el club de los letraheridos


Biblioteca de Peñarroya-Pueblonuevo

Un día, mientras hablaba con un amigo sobre la película Fahrenheit 451 de François Truffaut, basada en la novela de Ray Bradbury, descubrí que uno de los personajes literarios con el que me sentía identificada era el de aquella mujer rodeada de montones de libros que los bomberos habían rociado con gasolina. Si sus amados libros habían sido condenados a la hoguera, ella también ardería. Y, ante el estupor de esos bomberos, cuya misión era quemar libros, la mujer encendió una cerilla y la dejó caer.

 El infinito en un junco (Siruela, 2019), de Irene Vallejo, es una declaración de amor a los libros y a la lectura, un ensayo personal en el que la erudición se transforma en un diálogo de la autora con sus lectores. Irene Vallejo es una letraherida, que confiesa con humildad su pasión y rinde su particular homenaje a los libros, esos compañeros de viaje en el camino de la vida. Que libros como El infinito en un junco se conviertan en best sellers, se compren, se regalen, y además se lean, dice mucho de nosotros como seres humanos. Los libros son nuestra memoria, nuestro refugio y nuestro futuro.

 Alguien me dijo alguna vez que los libros son el sustituto de la vida; que los que leen tanto lo hacen porque no viven, pero no es cierto; los letraheridos sabemos que leemos por la necesidad de vivir más, de vivir intensamente en todos los mundos que la lectura despliega ante nosotros.

 Cada letraherido tiene una historia que contar. La mía comenzó en la calle de un pueblo minero que, en los años 70 del siglo XX, se había convertido en un lugar solitario. Muchos hijos de aquellos habitantes que llegaron a Peñarroya-Pueblonuevo a principios de siglo habían emigrado a las grandes ciudades de España y a otros lugares de Europa en busca de trabajo. Y así se inició la historia de un desarraigo, de separaciones y de encuentros felices, aunque sometidos a la tiranía de las vacaciones de verano; a veces, ni eso.

 Yo debería de tener unos seis años cuando vi que mi padre subía la calle cargado con su maleta de cartón. Regresaba de un viaje a Barcelona, donde había ido a ver a su hermano y a sus sobrinos. Fui feliz al verlo llegar. Abrió la maleta y de allí salieron papeles y papeles, tebeos cargados de historias: Mortadelo, 13 Rue del Percebe, Anacleto, Zipi y Zape. ¿De dónde había sacado tantos tebeos? Muchos años después, cuando me reencontré con mi familia de Barcelona, y leí el blog de mi primo Raule, supe que aquellos tebeos de segunda mano procedían del quiosco que sus tíos Gaspar y Manolín tenían junto al mercadillo de Bellvitge. Ellos inocularon a Raule el amor por los tebeos; ahora él es guionista de comics. A mí aquellos tebeos me abrieron la puerta al club de los letraheridos, donde todos somos bienvenidos, basta con que amemos los libros y la lectura.

 Luego comencé a comprar mis propios tebeos y a leer mis primeros libros de la editorial Bruguera, ediciones que incluían el texto y una versión en cómic. Iba a las casas de mis vecinas, para que me prestasen fotonovelas. Otros vecinos compraban por catálogo en Círculo de Lectores. Todos eran amables conmigo; me prestaban lo poco que tenían y me invitaban a que volviese todas las veces que quisiera.

 Mientras tanto, en el colegio, nuestro maestro, don Emilio Moraño, creó una pequeña biblioteca en el aula. Eran libros maravillosos, que él nos dejaba llevar a casa como un premio a nuestro buen comportamiento. Un día nos habló de que existía una biblioteca en el pueblo, y de que podíamos ser socios.

 Entré por primera vez en una biblioteca con once años y, por desgracia, el paisaje que encontré fue desolador. Un funcionario de rostro severo me miró por encima de sus gafas para decirme que los menores tenían que venir con una persona mayor para poder hacerse socios. Tere, una joven vecina, me acompañó al día siguiente: “Ya verás cómo te haces socia”. Y el funcionario rellenó mi carnet de socia mientras, con una sonrisa condescendiente, miraba a mi vecina, vestida con un ceñido jersey. Pude acceder a lo que imaginaba un templo, pero que apareció ante mí como un polvoriento almacén de libros. Solo encontré viejas ediciones de Celia, de Elena Fortún.

Pocos años después, la biblioteca era solo un enorme edificio convertido en un caos. En el verano del 78, un pequeño grupo de estudiantes letraheridos, nos ofrecimos al Ayuntamiento para trabajar gratis, ordenando los libros y dejando todo a punto para que la biblioteca volviera a abrirse. Durante muchas tardes nos adentrábamos en aquel lugar mágico, que atesoraba ejemplares aún vírgenes de García Márquez o Borges. Aquella biblioteca terminó ubicada en un precioso edificio del llamado barrio Francés. La bibliotecaria era mi amiga Toni García, y por un tiempo aquel espacio se convirtió en mi otro hogar.

 Cuando ya no vivía en Peñarroya-Pueblonuevo, me llegó la triste noticia del incendio de la biblioteca, en la noche del 1 al 2 de diciembre de 1998. El edificio quedó destruido y ardieron aquellos libros que formaban parte de mi historia. Pero cinco años después, la biblioteca se había reconstruido y los estantes se habían vuelto a llenar de libros.

Donde el pasado se hace presente

 Si alguien pertenece al club de los letraheridos desea transmitir su amor y ganar adeptos. Quizás por eso quise ser profesora de literatura. Después comprobé que los ideales están lejos de la realidad y que no todo el mundo desea pertenecer al club. Aprendí a aceptarlo, pero nunca he abandonado mi propósito. Sé que la lectura en voz alta de un poema puede convencer a alguien de que la poesía es más hermosa de lo que pensaba, porque los poetas hablan de cosas que le atañen, de los sentimientos más profundos, a los que nunca les había puesto nombre.

 Sé que hasta la lectura que pueda parecer más árida para unos chicos de catorce años, se convierte en algo cercano si les cuentas que lo mismo que ellos ven series de televisión, a la gente de la Edad Media les gustaba que les contasen historias, como las de un héroe valiente y carismático, frente a unos infantes malvados y cobardes, capaces de maltratar a sus mujeres y dejarlas abandonadas en el bosque. Mis alumnos me preguntaban sorprendidos cómo se había podido conservar aquel Cantar de mio Cid , y miraron asombrados las imágenes del códice de pergamino en el que a principios del siglo XIII un tal Per Abbat copió el poema.  

 En El infinito en un junco, Irene Vallejo nos cuenta la historia de los libros y de la lectura. Desde el junco de papiro que “hunde sus raíces en las aguas del Nilo”, hasta Pérgamo, donde nace el “pergamino”. Desde los jeroglíficos y la escritura cueniforme de los mesopotámicos hasta el sistema alfabético de los fenicios.

 Irene Vallejo recorre el pasado y el presente a través de las analogías. Así, las tablillas de escritura cuneiforme le recuerdan el hermoso verso de Anna Ajmátova en su poema Réquiem: “Ahora sé cómo traza el dolor rudas páginas cuneiformes en las mejillas”.

 Y viajamos a través de la historia de las bibliotecas desde Alejandría –donde Calímaco, considerado el padre de los bibliotecarios, creó el primer “catálogo” por géneros, y donde siglos después el asesinato de Hipatia “marcó el hundimiento de una esperanza”–, hasta el convento de San Marcos en Florencia, donde se conservan los libros que el humanista Niccolò Niccoli legó a la ciudad “para el bien común, para el servicio público”. Así se formó la primera biblioteca pública del continente, inaugurada en 1444.

 Un milagro colectivo

 La palabra “clásico” en literatura, surgió como una metáfora a partir de la palabra latina classis, con la que los romanos designaban al estamento más rico de la sociedad. Fue en el siglo XV cuando, a través de los humanistas, esta palabra, se popularizó en las lenguas romances.

 Hoy podemos considerar como un milagro colectivo el hecho de que se hayan conservado unos textos a lo largo de milenios: la Ilíada –el libro más leído en la Antigüedad–, la Odisea, el reducido número de tragedias griegas, o la Historia de Heródoto, a pesar de ser tan extensa. Siglos después, en 2004, Kapuściński publicó Viajes con Heródoto, un acto de agradecimiento a un libro que siempre le había acompañado y que le ayudó en momentos en los que se había sentido “inseguro y perdido”. Para Kapuściński la Historia de Heródoto era el primer gran reportaje de la literatura universal.

 En el diálogo Fedro Platón pone en boca de Sócrates un mito, en el que el rey de Egipto le dice estas palabras al dios Theuth: “Es olvido lo que producirán las letras en quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de los libros, llegarán al recuerdo desde fuera”. Para Sócrates los libros eran ayuda para la memoria y el conocimiento, pero la sabiduría debía venir de dentro. Nada más lejos de lo que pensamos muchos letraheridos, incluido Borges: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. (…) el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”

 Es un milagro que no se le hiciera caso a Platón, que en la República expulsa de la ciudad ideal a los poetas, pues hablan del miedo a la muerte, de que el mal procede de los dioses; o crean héroes que se lamentan, cuando esto debería ser solo propio de las mujeres. Y en las Leyes escribe: “El poeta no podrá componer nada que contradiga lo que la ciudad considera legal, justo, bello o bueno”. Después lo escrito debería ser aprobado por los jueces, guardianes de las leyes. “La utopía de Platón es hermana melliza de la distopía 1984”, escribe Irene Vallejo. En la novela de Orwell el personaje de Julia trabaja en el Departamento de Ficción donde se generan obras que no inquieten a los lectores ni les hagan pensar. Pero no es esto lo que buscamos en la literatura. Por eso mismo nos irrita Platón a la vez que nos fascina; y también por eso en la literatura aprendemos que existe el mal.  

 Por suerte, nos llegaron libros a pesar de la censura que sufrieron en su día, como El arte de amar, por el que Ovidio fue desterrado durante ocho años, en un lugar de la actual Rumanía, donde, en vano, pidió clemencia al emperador para poder regresar a Roma y donde escribió sus famosas Tristias.

 Porque los libros son también un salvavidas. Nos ayudan en los momentos difíciles, en las tragedias y en las miserias cotidianas. Irene Vallejo recuerda a esas mujeres que Monika Zgustova entrevista en su libro Vestidas para unbaile en la nieve, mujeres como Galina Stepánovna que nació en un campo de trabajo y que todavía conservaba, como un tesoro, los libros que su madre y otras compañeras hacían para ella, “cuentos infantiles escritos a mano y con ilustraciones”. Todas esas mujeres se esforzaban “por no caer en la barbarie, preocupadas por transmitir conocimiento y cultura de generación en generación”, escribe Monika Zgustova.

 Tejedoras de relatos y retales

 En Mujeres y poder Mary Beard analizaba el primer canto de la Odisea, cuando Telémaco le ordena a su madre que se calle:

 Madre, marcha a tu habitación y cuídate de tu trabajo, el telar y la rueca, y vigila que las esclavas cumplan sus tareas. La palabra debe ser cosa de hombres, de todos, y sobre todo cosa mía, porque yo estoy al mando en este palacio.

 Del mundo griego y romano pocas son las mujeres escritoras que conocemos. Los autores, actores y el coro del teatro también eran hombres. En Grecia se conservaron, por suerte poemas y fragmentos de Safo. De Roma solo nos llegaron unos pocos poemas amorosos de Sulpicia la Mayor, y el nombre de veinticuatro autoras.

 Paradójicamente, el primer escritor que firma un texto con su nombre es una mujer, Enheduanna, poeta y sacerdotisa de Mesopotamia, hija del rey Sargón I de Acad que, hace más de cuatro mil años, escribió un conjunto de himnos y mostró de este modo su orgullo: “Lo que yo he hecho nadie lo hizo antes”.

 Cuando era niña también debí aprender a coser, aunque hubiera preferido pasar esas tardes de verano leyendo. Además de leer, tenía que aprender a coser, fue el ultimátum de mi madre. Hablaba con mis compañeras y con las maestras de costura, chicas jóvenes que me contaban sus historias, y era divertido utilizar las manos para crear algo a partir de un trozo de tela y de unas medidas.

 Las mujeres han sido “las encargadas de desovillar en la noche la memoria de los cuentos. Han sido las tejedoras de relatos y retales.(...). Ellas fueron las primeras en plasmar el universo como malla y como redes”, escribe Irene Vallejo.

 Por eso hablamos de los textos con metáforas referidas al tejido y a la costura: “la trama del relato, el nudo del argumento, el hilo de una historia, el desenlace de la narración; devanarse los sesos, bordar un discurso, hilar fino, urdir una intriga”.

 Un texto es un tejido formado por hilos de palabras. “Admiro a esos cientos de miles de personas que aún confían en el futuro de los libros o, mejor dicho, en su capacidad de abolir el tiempo”, nos dice Irene Vallejo. Y por eso escribimos, “para que no se rompa el viejo hilo de voz”.



Nota: Agradezco a mi amigo Manuel Velasco (Fotosdegatos) y a su familia, las fotografías de la biblioteca de Peñarroya-Pueblonuevo que aparecen en este artículo.

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