“Novela de ajedrez” de Stefan Zweig

 


“Sé que te gusta este autor. ¿Quieres estrenar el libro o ya lo has leído? Las ilustraciones son muy hermosas”. Con estas palabras y con una fotografía de la portada, me informaba mi amiga Mª Sierra Amo sobre la llegada de un nuevo libro a la biblioteca de Lucena: La novela de ajedrez (Edelvives, 2020), de Stefan Zweig, con dibujos de David Álvarez (Tlacuiloa), y prólogo y traducción de Rafael Hernández Arias.

 En pocos minutos ya estaba saludando, tras los cristales, a María Teresa Ferrer y Mª Sierra Amo, bibliotecarias de Lucena, para conseguir el libro que me habían reservado. Todavía lo tengo en mis manos, pero pronto volverá a la sección de novedades de esa biblioteca cargada de recuerdos, que se ha ido convirtiendo con los años en otro segundo hogar para mí.

 Hace tiempo que leí esta novela en la colección Austral, de la editorial Espasa-Calpe. Era la cuarta edición, de 1973, que un buen amigo había conseguido en los años 80, hurgando entre los estantes de una papelería de pueblo, donde los libros podían dormir décadas sin que nadie se acercase a ellos, ni siquiera para hojearlos. Tampoco se subían los precios. El volumen, que contenía Una partida de ajedrez y Una carta, seguía costando setenta y cinco pesetas en 1986.

 Stefan Zweig escribió Die Schachnovelle (Novela de ajedrez), en 1941. Fue su última novela. Poco después el escritor, de sesenta años, se suicidaría en Petrópolis, Brasil, el 22 de febrero de 1942. La novela se publicó en alemán en diciembre de 1942, en Buenos Aires, editada por la editorial Pigmalión y con una tirada de trescientos ejemplares. Al año siguiente se publicó en Europa, en Estocolmo, pues los libros de Zweig estaban prohibidos por el nazismo en países de lengua alemana.

 La primera edición de la novela en la colección Austral se había publicado el 12 de noviembre de 1945, dos meses después del final de la Segunda Guerra Mundial, y cuando España aún se hallaba sumida en la más dura posguerra. El título se había traducido como Una partida de ajedrez y el volumen contenía además otra novela, Una carta. En la portada interior aparecía una aclaración entre paréntesis: “Dos novelas póstumas”.

 Para la nota biográfica se aprovechaba el envés de la portada. En la edición de 1973 todavía se podía leer acerca de Zweig: “Huyendo de la última guerra fija su residencia en América y recorre la Argentina y el Uruguay dando conferencias, estableciéndose en el Brasil, donde escribe su célebre Brasil, país del futuro y donde víctima de una extraña y misteriosa crisis, se suicida junto a su mujer el 23 (sic) de febrero de 1942.

 En cuanto a Una partida de ajedrez, la editorial ofrecía esta sinopsis:

 Es la historia de un campeón de ajedrez que viaja hacia Buenos Aires, viéndosele ya en peripecias de juego en el barco que le trae, en pugna con un millonario y desconcertado por un desconocido que casi llegó a la locura por el juego y que habiendo prometido no volver a jugar nunca, se enzarza con el campeón en las más singulares jugadas.

 Este resumen parece escrito para eludir la censura franquista, no para informar al lector acerca del tema de una novela cuyo narrador, en primera persona, es un pasajero de un trasatlántico que parte de Nueva York rumbo a Buenos Aires. En el mismo barco viaja Mirko Czentovic, el campeón mundial de ajedrez del que tanto se hablaba. Nuestro narrador, aficionado al ajedrez, siente un enorme interés por Czentovic:  

 Todas las especies de monomaníacos, enclaustrados en una sola idea, me han interesado desde un principio, pues cuanto más se limita un individuo, tanto más cerca se halla, por otra parte, del infinito; dado que esos seres aparentemente distantes del mundo, se construyen cada cual en su materia y a la manera de las termitas, una  extraña síntesis del mundo, absolutamente sin igual.

 Al final consigue que Czentovic, tras acordar el dinero que habría que pagarle, juegue una partida contra un grupo de viajeros; lo que le permite al narrador analizar la personalidad de este hombre:

 Como todas las naturalezas tenaces, carecía en absoluto del sentido del ridículo; desde que había logrado el triunfo en el torneo mundial, se consideraba el personaje más importante de la tierra, y la noción de haber vencido con sus propias armas a todos aquellos que hablaban y escribían tan brillante y espiritualmente, así como, sobre todo, el hecho palpable de ganar más que ellos, transformó su primitiva inseguridad en una arrogancia fría y, por lo general, torpemente manifiesta. 

 Pero en lo que en principio parece un juego, se cruza un personaje inesperado, el Dr. B., un abogado de Viena, la misma ciudad del narrador. El Dr. B. sorprenderá a todos, incluso al hierático Czentovic, y se convertirá en el verdadero protagonista de la novela. Sabremos su historia y lo que sucedió en Viena a través de lo que le cuenta al narrador. El Anschluss, la fusión de Austria y la Alemania nazi en una sola nación, se había producido el 12 de marzo de 1938. Enseguida se aplicaron las leyes antisemitas y comenzó la represión nazi contra los opositores. De este modo explica el Dr. B. la situación

 Mucho antes de armar sus ejércitos, el nacionalsocialismo había comenzado a organizar en los países vecinos otro ejército no menos peligroso y disciplinado: la legión de los infortunados, de los relegados, de los humillados. En cada oficina, en cada empresa, se habían anidado las llamadas “células”; en todo lugar (…) estaban colocados sus escuchas y espías.  

 Los opositores y sospechosos menos importantes fueron trasladados a los campos de concentración. Sin embargo, los presos más valiosos sufrieron torturas más refinadas, con objeto de extraer de ellos la mayor información posible. El Dr. B fue recluido en la habitación de un hotel de Viena:

 Nada se nos hizo, solo que se nos situó dentro de la nada absoluta, porque, según es notorio, ninguna cosa del mundo ejerce tanta presión sobre el alma humana como la nada. Encerrando a cada uno de nosotros individualmente en un vacío absoluto, en una habitación cerrada herméticamente al mundo exterior, esa presión debía producirse, no exteriormente por obra de golpes o del frío, sino interiormente, para despegar al final nuestros labios por fuerza.

 Un libro con partidas de ajedrez será su salvación ante esa nada; una salvación que pagará también con su salud.

 Alfredo Cahn, el amigo traductor

 Estas citas de Novela de ajedrez pertenecen a la edición de Espasa-Calpe. Su traductor era Alfredo Cahn. Zweig había sido un autor muy popular y leído en el mundo hispanohablante, pero desconocíamos el papel que Alfredo Cahn había tenido en la difusión de la obra del escritor austríaco. En su artículo Stefan Zweig, Alfredo Cahn y la traducción perfecta, María Ester Vázquez, sintetiza cómo fue la relación entre el escritor y el traductor.

 Alfredo Cahn había nacido en Zúrich en 1902 y murió en Buenos Aires en 1975. Cuando tenía dieciséis años conoció a Zweig que preparaba el estreno de su obra Jeremías en Zurich. Stefan Zweig tenía treinta y seis años, y era ya un escritor cosmopolita y famoso, que se ganó la simpatía de aquel joven que quería dedicarse a las letras.

 Cahn inició la carrera de Germanística y se trasladó en 1921 a Barcelona, donde conoció a la que sería su mujer. Cuando consiguió dominar la lengua española, le pidió permiso a Zweig para traducir Jeremías, y este fue tan generoso que no solo lo autorizó sino que le cedió todos los derechos y honorarios que le correspondiesen como traductor. En 1924 Cahn se establece en Buenos Aires, y desde allí continuó una intensa relación epistolar con Zweig, que se sincerará con su amigo, confesándole sus temores ante el ascenso del nazismo.

 En 1936, se produce el segundo encuentro personal entre de Cahn y Zweig, que había viajado a Argentina para la reunión del Pen Club Internacional en Buenos Aires. Y el tercer encuentro fue en 1940. Cahn no solo se encargó de organizar este viaje, sino que acompañó al escritor en su gira de conferencias por Argentina. Era tal la admiración que Alfredo  Cahn sentía por Zweig que algunos lo llamaban en broma “Alfredo Zweig” o “Stefan Cahn”. María Ester Vázquez recoge en su artículo esta cita de la conferencia “Stefan Zweig, amigo y traductor”, que Cahn impartió en 1956:

 Si se tiene en cuenta que en el curso de diez años yo traduje doce libros de Zweig, y veintinueve en todo el tiempo que duró nuestra relación, que solo su muerte tronchó, se comprenderá que debe haber existido una afinidad electiva y una singular compenetración mutua. A medida que conocía su obra y, a través de sus cartas, al hombre Zweig, pude formarme una idea acabada de su asombrosa identidad.

 Zweig en España

En Bagatelas de otoño, el séptimo libro de sus memorias, Pío Baroja critica a autores como Kafka, Proust o Zweig, deslizando algún que otro comentario despectivo, como “este escritor, y autor de biografías ahora muy en boga, llamado Zweig”.

Últimamente parecía que ser judío era una ventaja, no sólo para tipos de gran talento, como Bergson y demás, sino parar escritores medianos, como Stefan Zweig y otros fabricantes de biografías mediocres.

 Pero Baroja incluso había leído las memorias de Zweig, publicadas en Barcelona por la editorial Hispano Americana de Ediciones, en 1947, con la traducción de Alfredo Cahn. De la lectura de El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Baroja solo escribe esta anotación:

 En un libro de Stefan Zweig que me ha prestado un amigo, y que se titula El mundo de ayer, al celebrar la libertad de París dice que las muchachas más bonitas no tenían reparo en entrar con un negro o con un chino en un petit hôtel. Falsedad de pequeño judío. No creo que sea cierto ni tampoco beneficioso si fuera verdad.

 Desconocemos si en esa edición de 1947 intervino la censura. Si no fue así, Baroja leería que, en el verano de 1936, el barco en el que viajaba Stefan Zweig hacía Argentina hizo escala en Vigo, en poder de los franquistas. Zweig escribe que en aquellas pocas horas pudo ver cosas que le dieron “motivos justificados para reflexiones abrumadoras”:

 Delante del ayuntamiento, donde ondeaba la bandera de Franco, estaban de pie y formados en fila unos jóvenes, en su mayoría guiados por curas y vestidos con sus ropas campesinas. (…) Pero al cabo de un cuarto de hora, los vi salir del ayuntamiento completamente transformados. Llevaban uniformes nuevos y relucientes, fusiles y bayonetas; bajo la vigilancia de unos oficiales fueron cargados en automóviles igualmente nuevos y relucientes y salieron como un rayo de la ciudad. Me estremecí. ¿Dónde lo había visto antes?¡Primero en Italia y luego en Alemania! (…). Y una vez más me pregunté: ¿quién proporciona y paga esos uniformes nuevos? ¿Quién organiza a esos pobres jóvenes anémicos? ¿Quién los empuja a luchar contra el poder establecido, contra el parlamento elegido, contra los representantes legítimos de su propio pueblo? (…) Era un poder nuevo que quería el dominio, el mismo poder que actuaba aquí y allá, un poder que amaba la violencia, que necesitaba la violencia y que consideraba debilidades anticuadas todas las ideas que nosotros profesábamos y por las cuales vivíamos: paz, humanidad, entendimiento mutuo.(…) Me resultaba demasiado doloroso seguir viendo ese hermoso país que había caído víctima de una horrible desolación por culpa de otros; Europa me parecía condenada a muerte por su propia locura.

 La cita pertenece El mundo de ayer. Memorias de un europeo, traducido por A. Orzeszek y Joan Fontcuberta para Acantilado, la editorial que, con sus nuevas ediciones recuperó a un autor que había sido tan popular y que estaba cayendo injustamente en el olvido.

 La partida final

 Stefan Zweig no huyó de la última guerra. Con el auge del nazismo, el escritor, que vivía en Salzburgo, comenzó a sentirse amenazado por su condición de judío y pacifista. En 1936 se exilió en Londres, desde donde realizó su primer viaje a Brasil y Argentina. En 1937 se separó de su primera mujer, y más tarde se casó con su secretaria Lotte Altmann, que lo acompañaba en todos los viajes. Zweig siempre había jugado al ajedrez para relajarse, y ahora compartía esa afición con Lotte. Por esa época terminaba sus memorias, esbozaba, sin material de investigación, su conmovedora biografía de Montaigne y escribía Novela de ajedrez, su única obra narrativa donde aparece el tema del nazismo y la adhesión entusiasta de Austria al proyecto de Hitler.

 Zweig comentó en una carta que la novela era “demasiado abstracta para el gran público”. Como escribe Rafael Hernández Arias en el prólogo a la edición de Edelvives: “Parece que el texto exige una lectura simbólica, pues se trasluce la lucha de la imaginación y la libertad contra el automatismo, la violencia y la brutalidad”.

 Novela de ajedrez no ha dejado de leerse y sigue emocionando a los lectores. De ahí que haya que celebrar esta cuidada edición de Edelvives, en la que el ilustrador, David Álvarez, Tlacuiloa (Nuevo México, 1984) nos ofrece además su propia lectura a través de unas imágenes capaces de captar el espíritu de esta obra y de sus personajes atormentados.

Zweig no fue víctima de "una extraña y misteriosa crisis". Decidió marcharse de este mundo "en el momento apropiado, erguido, como un hombre cuyo trabajo cultural siempre ha sido su felicidad más pura y su libertad personal, su más preciada posesión en esta tierra", como escribía en su nota de suicidio que, paradójicamente terminaba con unas palabras de esperanza: "Mando saludos a todos mis amigos. Ojalá vivan para ver el amanecer tras esta larga noche. Yo, que soy muy impaciente, me voy antes que ellos".


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