"Wattebled o el rastro de las cosas" (À la recherche de la cheminée perdue)


Como le sucede al fotógrafo y escritor Paco Gómez, autor de Wattebled o el rastro de las cosas, me entusiasmo a menudo con cualquier chorrada. No sé si ese entusiasmo podría llamarse “enfermizo”. Lo único cierto es que las cosas sin importancia pueden convertirse en hilos que tejen historias, como la magdalena de Proust de En busca del tiempo perdido.   

 La obra de Paco Gómez me ha llegado a través de Mario Jurado, poeta y crítico literario, que ha escrito una preciosa reseña, un homenaje a este libro que es un objeto artístico en sí mismo. Hemos disfrutado hablando de nuestra lectura, de las fotografías, del tacto de las páginas, de los detalles como el diseño de las guardas, que imita el papel pintado de aquel salón en un lugar del norte de Francia.

 La historia de Wattebled o el rastro de las cosas (Fracaso Books, 2020) comienza un domingo de otoño de 2019, cuando Paco Gómez encuentra en un puesto de El Rastro de Madrid unas cajas con negativos de cristal de principios del siglo XX. Bendita casualidad, como hubiera escrito Wisława Szymborska, que esas placas hablaran de un fotógrafo aficionado pero que sabía lo que estaba haciendo. Había algo más que unas clásicas fotografías familiares; las imágenes mostraban el gusto por enmarcar a los personajes en los ambientes donde se movían y el tiempo parecía detenerse en esos momentos felices.

En principio, Paco Gómez solo disponía de dos pistas para buscar al autor de esas fotos: un sobre, con matasellos de 1921, dirigido a madame Wattebled, en Le Portel, y unos recortes de propaganda electoral para las elecciones municipales de Mondicourt, en 1935. Las dos localidades pertenecían al departamento de Pas de Calais.


Paco Gómez inicia un viaje por internet en busca de un apellido y de un lugar, un edificio en Mondicourt, el pequeño pueblo de seiscientos habitantes donde probablemente se tomaron algunas de esas imágenes. Camina por Google Street View, y escribe al Ayuntamiento para pedir información sobre la familia Wattebled. El secretario le responde amablemente; el fotógrafo debía de ser Joseph Wattebled. que fue maestro en ese pueblo. Había nacido en 1895 en Bonningues-lès-Ardres (Pas de Calais). El 1920 se casó en Tourcoing (Nord) con Edmée Picot, nacida en 1899 en Hazebrouck. El matrimonio se instaló Mondicourt a finales de los años 20. Tuvieron dos hijas, Françoise, nacida en Tourcoing en 1926, y Anni, que nació en Mondicourt en 1931.

En febrero de 2020, un mes antes de que la pandemia del coronavirus se extendiese por Europa y nos confinara en nuestras casas, Paco Gómez emprendió su largo viaje en coche a través de Francia, buscando “el rastro de las sombras de unos muertos retenidas en unas placas de cristal”. El propósito no era reconstruir la vida de Joseph Wattebled: “No era tanto el interés por esa persona en concreto, sino el hecho de homenajear esas fotos olvidadas y a ese fotógrafo que el destino había puesto en mis manos”.

 Con la narración y las fotografías viajamos de Madrid a Colliure, y hacemos una parada en la tumba de Antonio Machado. Después nos desviamos para ver el viaducto de Millau, el que dicen que es el puente más alto del mundo. Luego nos dirigimos hacia los Alpes, a los paisajes en los que los Wattebled se fotografiaron en una de sus excursiones. Guiados por una palabra escrita en la “esquinita” de una placa, tomamos rumbo hacia el norte, a Liessies, donde los Wattebled iban a visitar a los abuelos maternos de Edmée. Allí Paco Gómez descubre el puente que aparecía en varias fotos y el mismo viejo poste de teléfono en forma de uve invertida que seguía en el mismo lugar, como testigo del paso del tiempo.  

“Dos chimeneas de fábrica y otra iglesia”

La siguiente parada estaba a 123 kilómetros, en Tourcoing, donde se casaron Joseph y Edmée, y donde un fotógrafo profesional había tomado los retratos más antiguos de todos los encontrados. En la más “espectacular” de esas imágenes, de 1902, “el fotógrafo había cogido distancia con los retratados, que parecían haber sido sorprendidos paseando por la calle. Disparaba justo en el momento en el que atravesaban una luz lateral que entraba entre los edificios y los integraba maravillosamente en ese ambiente industrial con caballos donde aún no había llegado el automóvil”, escribe Paco Gómez.

Una niña, Edmée Picot, la futura señora Wattebled, camina de la mano de sus padres. A la izquierda se eleva una imponente chimenea y, detrás, la torre de una iglesia en una calle muy cercana. Al ver esa imagen me vino a la memoria algo familiar: las chimeneas de mi infancia. Mis primeros recuerdos estaban vinculados al paisaje de las altas chimeneas del Cerco Industrial de Peñarroya-Pueblonuevo y a dos estaciones de tren. Una se encontraba nada subir mi calle; era la de la vía estrecha, la del automotor que llegaba desde Puertollano a las nueve de la noche. La otra estación estaba más lejos, en el Cerco Industrial. Recordaba vagamente haber tomado trenes para ir a Madrid o Sevilla, haciendo trasbordos en lugares solitarios. Pero un día todo desapareció, como en un sueño.

Lo extraño de la imagen de Wattebled o el rastro de las cosas era esa mezcla de edificios: una iglesia, una fábrica y unas viviendas. Paco Gómez recorre las iglesias de Tourcoing buscando la casa donde pudo vivir Edmée, pero no encuentra nada parecido en esa ciudad fronteriza con Bélgica. En la brasserie donde se detiene a comer entabla conversación con el camarero y tres clientes. Paco les muestra la foto de la calle. Todos coinciden en que, por la chimenea, la imagen parece de Roubaix; o quizás podría encontrarse en el este de Tourcoing, en el barrio industrial de la Épidème. Paco Gómez se dirigió a esos lugares, pasó por el centro de Roubaix, y por barrios que parecían salidos de una película de Ken Loach, pero fue imposible encontrar la iglesia cuya torre sobresalía entre las fábricas de la calle donde se tomaron los retratos.

Buscando la chimenea perdida

Yo quería encontrar esa chimenea; intuía la existencia de un vínculo entre aquel lugar y Peñarroya-Pueblonuevo, pues también había algo familiar en las viviendas. La torre de la iglesia era la única pista, de modo que en Google Maps me situé en el barrio fronterizo de la Epidème; solo tenía que cruzar una calle para pasar de Tourcoing a Roubaix. Las dos ciudades están unidas y forman parte de la metrópolis de Lille.

Busqué “iglesias” en el mapa y descubrí que en esa zona se hallaba l’Église Saint Joseph, en la rue de France. Caminé a través de Google Street View por calles donde solo se levantaba algún edificio aislado. Desde el bulevar de Bâttisseurs –según Google, o d’Haullin, según otros mapas– se veía la iglesia, aunque quizás algo lejana. En otra calle sin edificios la calzada seguía siendo de adoquines, los mismos que aparecían en las fotografías de 1902, y que hicieron famosa, por su dureza, la carrera ciclista París-Roubaix.


Tomé entonces el camino de la rue de la Guinguette, con la calzada y las aceras de las mismas dimensiones que la calle por la que paseaba la familia Picot. El asfalto había sustituido a los adoquines. Por lo demás, al igual que en las otras calles, apenas había edificios, solo un campo de fútbol y terrenos baldíos donde la hierba crecía libremente. Desde esa calle, podía verse la iglesia; la chimenea y la fábrica habían desaparecido. Al fondo se distinguía una chimenea, en la rue de Tourcoing donde desemboca la rue de la Guinguette.

Si esa hubiera sido la iglesia (Paco Gómez estuvo por allí y, por el pináculo, está casi seguro de que no lo era), en unas de esas calles podría haber estado la casa de Edmée Picot. Las viviendas que se conservan por los alrededores presentan la misma tipología: casas de dos plantas con las fachadas de ladrillos, algunas muy deterioradas, otras reformadas, con los zócalos de distinto material, o pintados de blanco.

¿Qué hacía allí una iglesia tan alejada del centro de Roubaix? ¿Qué había pasado en esos terrenos baldíos? Solo en la historia, en la memoria del urbanismo de aquel lugar, podía encontrar una respuesta. A comienzos del siglo XIX Roubaix era ya famosa por sus tejidos, pero tras la revolución industrial, creció enormemente. Se anexionaron aldeas y los pequeños inversores compraban los terrenos donde ubicaban sus fábricas y construían las viviendas para los trabajadores. Se trataba de construir más en el menor espacio posible. De ahí que urbanizaran con la antigua forma de los "courées", o patios interiores, donde se agrupaban pequeñas viviendas.

En otros barrios, las calles principales estaban ocupadas por casas más grandes, como la casa en la que se fotografían los Picot. Por las ropas que vestían, el padre de Edmèe no parecía un obrero; quizás fuese el encargado o administrador de alguna fábrica. Las empresas fueron generando cada vez más beneficios y, desde 1870, la gran burguesía de Roubaix, que al principio vivía cerca de sus fábricas, comenzó a construirse mansiones y grandes villas al sur de la ciudad.

L'église Saint Joseph: gótico entre chimeneas

Busqué la historia de la iglesia de Saint Joseph en su página web. En 1873 se había abierto el canal de Roubaix, lo que contribuyó al desarrollo de fábricas textiles más modernas en el distrito norte de la ciudad. Se necesitaba mucha mano de obra, que llegó desde zonas campesinas y de la cercana Bélgica. Eran familias desarraigadas, alejadas de su lugar de origen. Crear nuevas parroquias era una forma de cohesionar a esa población; y para ello, la Iglesia contó con la inestimable ayuda económica de los dueños de las fábricas, siempre dispuestos a catequizar a los obreros.

De modo que en el barrio de Fontenoy se decidió levantar una iglesia dedicada a San José y se encargó el proyecto al arquitecto belga Jean-Baptiste Béthune, famoso por sus diseños de estilo neogótico. La iglesia se inauguró en 1878, aunque la ornamentación interior no se completó hasta treinta años después. Ahora está siendo restaurada y pronto se abrirá de nuevo.

En los 60 se inició en Roubaix el proceso de desindustrialización. Hasta la década de los noventa, se realizaron demoliciones masivas, justificadas por el mal estado de los edificios, sin pensar en el valor patrimonial, o social. La iglesia, que al parecer debía ser demolida, se salvó gracias a una campaña vecinal, que consiguió que se considerase monumento histórico.

En un documental de 1979, L'Alma-Gare à Roubaix: Quand les habitants prennent l'initiative aparecen demoliciones en esa zona cercana a la iglesia. Y podemos adentraremos en varios courèes y en humildes y cuidadas casas de personas que habían vivido siempre allí. Un courèe es también uno de los escenarios de la película Roubaix, une lumière (2019), de Arnaud Desplechin, pero esta es ya otra historia.

Roubaix y Peñarroya-Pueblonuevo

En Peñarroya-Pueblonuevo había algo en común con Roubaix: el rápido crecimiento industrial, el desarraigo, el auge y la decadencia que se describen en el excelente documental del colectivo Brumaria, La madre. Una historia de colonialismo industrial (2012). El descubrimiento de carbón en la comarca cordobesa del Alto Guadiato convirtió la zona en un lugar codiciado para grandes inversores, que compraron aquellos terrenos. En 1881 se crea en París la Societé Minière et Métallurgique de Peñarroya (SMMP) que domina el mercado mundial de plomo a principios del siglo XX.

Fotograma del documental "La madre"

Llegaron ingenieros y personal cualificado procedentes de Francia, para los que se construyó un barrio de estilo francés, separado del resto del pueblo por un largo muro. Se necesitó gran cantidad de mano de obra y muchas familias, como las de mis padres, se desplazaron desde Extremadura. Los barrios obreros fueron al principio un conjunto de chozos. Antes de unirse con Peñarroya a aquel núcleo urbano se le llamó Pueblonuevo del Terrible.

La SMMP consideró más rentable crear industrias en la zona, en vez de transportar el combustible. Algunos edificios del Cerco Industrial fueron proyectados en el gabinete del ingeniero Gustave Eiffel: el almacén central, las naves de la fundición, los talleres generales, la fábrica de tejidos… Una vez explotadas las mejores materias primas y sin posibilidad de modernizar la industria, la SMMP se marchó a principios de los años 60, y Encasur, una empresa estatal, se hizo cargo de la explotación de las minas. Las fábricas se fueron cerrando y muchas familias se vieron obligadas a emigrar. La maquinaria se convirtió en chatarra y gran parte de los edificios se transformó en ruinas; pero las chimeneas seguían enhiestas, desafiando al tiempo. Crecí en un pueblo sumido en la incertidumbre, el recuerdo de un pasado glorioso y el abandono.

Tecleé en Google “Roubaix Peñarroya” y el buscador me llevó hasta el blog de la asociación “La maquinilla”, un nombre mítico de un tren que no conocí, y cuyo trayecto se ha convertido ahora en una vía verde. Los miembros de la asociación habían participado en varios Congresos Europeos de Chimeneas organizados por E-FAITH (Federación Europea de Asociaciones de Patrimonio Industrial). El primero de ellos, en agosto de 2013, se celebró en Roubaix en la sede la Asociación Le Non Lieu ubicada en dependencias de lo que, hasta el año 2000, fue la fábrica textil Cavrois-Mahieu.

Como explica MH Gauthier en la página web de la Asociación, esta toma su nombre no solo del concepto “no-lugar” acuñado por el antropólogo Marc Augé para referirse a lugares de paso, de anonimato, de intercambio, sino también de la definición de Henri Thomas: “être un non-lieu, une totalité ouverte” ("ser un no-lugar, una totalidad abierta"). En Le Non-Lieu de Roubaix conviven la memoria y el presente, pues se organizan exposiciones y talleres “donde artistas de todo el país desarrollan su trabajo de pintura abstracta, escultura del hierro y fotografía”, escribe Rubén Cañamaque, uno de los fundadores de “La maquinilla”, una asociación cuyo objetivo, al igual que el de Le Non-Lieu, es que la memoria no se detenga nostálgica en el pasado, sino que interactúe con el presente y genere futuro.

A principios del siglo XX, Roubaix era conocida como la ciudad de las mil chimeneas, aunque lo cierto es que en el momento de máximo apogeo había 400. En 1993, en Departamento del Norte de Francia existían 350 chimeneas, ahora solo quedan 37. Según la normativa francesa las chimeneas han de conservarse con el edificio industrial del que formaban parte, pero como muchas de estas fábricas estaban en ruinas, hubo que derribarlas. En Roubaix han conseguido salvarse varios edificios industriales, que se han rehabilitado y se han transformado en lugares emblemáticos. Conservar estos edificios y esas chimeneas es conservar la memoria de sus trabajadores, de los lugares donde, con todas sus dificultades y contradicciones transcurrió la vida.

El Cerco Industrial de Peñarroya. Fotografía de Manuel Velasco

Por los artículos de Rubén Cañamaque en el blog “La maquinilla” supe de la existencia de restauradores de chimeneas, y de derribos masivos de estos monumentos cuya creación era un oficio magistral y peligroso que se transmitía de padres a hijos. Supe que los trenes que desaparecieron en mi infancia habían sido construidos en Lille; y que la Sociedad Minero Metalúrgica de Peñarroya (Metaleurop) también tuvo una fundición, en Noyelles-Godault, que se cerró en 2003, con el despido de 830 empleados y el abandono de un sitio considerado el más contaminado de Francia. El nombre de Peñarroya es “un símbolo para la gente que vive en este departamento francés”, pues “al igual que en el Guadiato, la SMMP fue madre-madrastra de las ciudades que acogieron alguna fábrica de esta multinacional”.

Los días felices

Viajar a los lugares donde vivieron los Wattelbed es también visitar los escenarios de dos guerras. Lille, Tourcoing y Roubaix habían vivido una ocupación durísima que se inició 14 de octubre de 1914. Muchos hombres y mujeres jóvenes fueron detenidos y enviados a Alemania para reemplazar a los trabajadores alemanes movilizados. Las fábricas se expoliaron y se destruyó lo que no se podía transportar. La hambruna fue terrible durante esos años. El 17 de octubre de 1918, los británicos liberaron Roubaix, El día anterior, antes de marcharse, los alemanes hicieron volar puentes, pasarelas y edificios.

En Le Portel, el pueblo donde se habían conocido Joseph y Edmée Wattebled, y donde solían ir a veranear, Paco Gómez no puede encontrar el lugar donde estaba la tienda “A mon Paris”. En 1943 los “bombardeos de distracción de los aliados habían arrasado el pueblo”.

Pero las fotografías de los Wattelbed eran del periodo de entreguerras “y en todas se transpiraba felicidad”. La primera fotografía de Edmée fue tomada por Joseph Wattelbed en 1921. Llevaban un año casados. Ella tenía veintidós años, él 26. Los dos eran jóvenes y habían sobrevivido a la guerra y a la gripe española. Tenían toda una vida por delante. Los dos fotografiaron los instantes felices de su vida y los de las personas amadas: sus hijas, su familia, sus amigos.

Decía Montaigne en su ensayo “Del arrepentimiento” que “cada hombre encierra la forma entera de la condición humana”. Conforme avanzaba en su viaje Paco Gómez “empezaba a ver a Joseph Wattebled como una persona ejemplar que tenía la dignidad por bandera”. Pero añade: “Lo hice por puro egoísmo, es más fácil perseguir las huellas de un buen hombre que la de un criminal”. Sin embargo, las imágenes no se habían equivocado al hablar de Joseph Wattebled, ese hombre que se parecía a Charlot, y que en una foto, tomada por Edmée, nos mira fijamente disfrazado de Charles Chaplin, quizás para recordarnos lo que alguna vez ha dicho mi amigo Arnoldo Liberman: en cierto sentido, “ser optimista es casi un acto de fe, casi un acto religioso”.

No importa el final del trayecto, lo que importa es el viaje. A Paco Gómez, la búsqueda de los Wattebled lo condujo hasta el origen, hasta donde empezó su vocación de fotógrafo, en esa primera foto que tomó en Francia, en la duna de Pilat, cuando era niño. A mí este viaje también me llevó hasta el origen, al lugar donde nací y crecí, y donde en los años 80 supe de la magia de la fotografía, del olor de los líquidos cuando revelábamos de noche aquellas fotos que un grupo de amigos habíamos tomado en lugares que parecían escenarios de una película de Tarkovsky: los edificios del Cerco Industrial de Peñarroya.

Nave del Cerco Industrial de Peñarroya
a principios de los años 80


(A M.H.A., que ahora estudia en Lille)

Comentarios

  1. A esa zona cordobesa le tengo mucho cariño pues mi padre, ferroviario, fue muchas veces de servicio a Peñarroya-P .
    Carmen, tu artículo bien trabajado y con acierto, incluída la dedicatoria.

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    1. Muchas gracias, Alfonso. Y qué casualidad que estuvieras vinculado también a Peñarroya

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