La isla de Sajalín, de Antón Chéjov

 


Kafka, Dostoievski y Chéjov en la colonia penitenciaria (La isla de Sajalin I)

Antón Chéjov puso pie en la isla de Sajalín el 11 de julio de 1890, tras un largo y difícil viaje de tres meses y veinte días atravesando el continente asiático; pero en La isla de Sajalín nada nos cuenta de todas las dificultades, pues la obra comienza cuando el escritor llega a Nikoláievsk, en la desembocadura del río Amur.

Chéjov se embarca en el Baikal, que lo trasladará a Aleksándrovsk, el “centro de la civilización de Sajalín”, “una pequeña y agradable ciudad de tipo siberiano, de unos tres mil habitantes”, donde se encuentra la residencia del comandante de la isla, a quien Chéjov visita al día siguiente de su llegada. El comandante le facilita un salvoconducto con el que le autoriza a visitar todas las prisiones y colonias; lo único que no le puede conceder es que se entreviste con presos políticos. Chéjov camina por Aleksándrovsk y se da de bruces con la realidad. Toda la isla era una cárcel:

 Los presos y los exiliados, salvo raras excepciones, circulan libremente, sin cadenas y sin escolta; se los encuentra uno a cada paso, solos o en grupo. Están en todos los patios y en todas las casas, porque trabajan como cocheros, guardianes, cocineros, cocineras y nodrizas.

De los dos mil presos que había en la cárcel de Aleksándrovsk, solo vivían dentro novecientos. Aunque estaba prohibido emplear a presos en el servicio doméstico, cualquier funcionario podía conseguir servidores: “Ya no se trata de trabajo forzado, sino de servidumbre, (…) no estamos ante un presidiario, sino ante un esclavo”. 

 Un método de trabajo         

 El 11 de septiembre de 1890 mientras viaja desde el norte hacia el sur de Sajalín a bordo del Baikál, Chéjov le escribe una carta a Suvorín, su amigo y editor:

 Tuve la paciencia de hacer el censo de toda la población sajaliniana. Recorrí todas las colonias, entré a todas las isbas y hablé con cada uno; empleaba en el censo el sistema de tarjetas, y ya tengo apuntadas cerca de diez mil personas entre forzados y colonos. En otras palabras, en Sajalín no hay un solo forzado o colono que no haya conversado conmigo.

Con este método Chéjov fue adentrándose en la vida de la isla. Nada se hubiera podido hacer en Sajalín sin los trabajos forzados. En el lugar donde solo existían “la taiga, las ciénagas y las quebradas”, se levantó la ciudad de Aleksándrovsk. Todo el trabajo lo hicieron los presos que, hasta 1888, cuando se construye una prisión, vivían en yurtas con sus mujeres y sus hijos, rodeados de basura y excrementos:

Al considerar todo eso trabajo y esfuerzo, realizado con el agua hasta la cintura, soportando las heladas, las lluvias gélidas, la nostalgia, las ofensas y los latigazos, terribles cuadros se apoderan de la imaginación.

Se dieron órdenes para que se considerara Sajalín tierra fértil, apta para la colonización agrícola, cuando en verdad eran terrenos inhóspitos, con temperaturas bajísimas:

Las frías corrientes del mar de Ojotsk y los icebergs que flotan en la orilla oriental en pleno mes de junio, son un claro testimonio de que la naturaleza, al crear Sajalín, en lo que menos pensaba era en el ser humano y en su bienestar.


 Presos, colonos y campesinos

En la isla había “cinco mil novecientos cinco detenidos de ambos sexos”. El 23% de ellos vivía fuera de la cárcel. Cuando un preso cumplía su pena, se le liberaba de los trabajos forzados y adquiría la condición de colono. Pero eso no suponía una ventaja, porque entonces comenzaba un castigo mayor, pues cuando un colono llegaba a la parcela que le habían asignado, y que solía ser un lugar “pantanoso o boscoso”, solo disponía de un hacha, una sierra y una pala” para construir una isba y montar una granja. Dos o tres años después esa parcela se la daban también a otra persona, o a dos personas más. De modo que en isbas miserables cohabitaban varias familias, compuestas en su mayoría por matrimonios ilegítimos, y todos los hijos que pudieran nacer.

No se construían carreteras para llegar a esos sitios. No había ningún experto que examinara si los emplazamientos eran adecuados para la agricultura y cuántas personas podían vivir allí en condiciones dignas, sin pasar hambre.

A los diez años los colonos adquirían la condición de campesinos; y ya solo deseaban abandonar una isla donde se sentían inseguros, sin futuro para sus hijos:

Los campesinos, los colonos, sus mujeres libres y sus hijos se sienten oprimidos por el régimen de la prisión; comparable al estado de guerra, con su extraordinaria severidad y la ineluctable tutela de las autoridades, los mantiene en un estado constante de tensión y miedo. La administración penitenciaria les priva de los pastos, de los mejores lugares de pesca y de los mejores bosques. Los fugitivos, los usureros y los ladrones los despojan de sus pertenencias. La visión del verdugo paseando por la calle les aterroriza. Los guardias seducen a sus mujeres y a sus hijas, y lo más importante, la cárcel les recuerda a cada instante su pasado, quiénes son y dónde están

 Las prisiones de Sajalín

Chéjov también visita las prisiones. En la de Aleksándrovsk comprueba que los presos viven en celdas comunes, sin intimidad alguna, ni siquiera para “rezar, reflexionar o sumergirse en sus propios pensamientos”. Como en la época de Dostoievski, los presos duermen “sobre la madera dura o extienden viejos sacos rotos, su propia ropa y todo tipo de harapos de aspecto repugnante”.  Los reincidentes y los evadidos estaban en un edificio especial llamado “Los Grilletes”, donde se acostaban sobre la madera y no había nada más que un orinal en una esquina de la sala, a la vista de todos.

Voievodsk era la más terrible de las prisiones, donde se encerraba a los peores criminales, algunos de ellos encadenados a carretillas. Muy cerca estaba Dué, con sus minas de carbón. Chéjov describe Dué como un “lugar espantoso, monstruoso, abominable desde todos los puntos de vista, en el que solo podrían vivir por propia voluntad santos o gente profundamente corrompida”.  El Estado proporcionaba la mano de obra para trabajar en las minas, propiedad de una compañía privada cuyos representantes vivían en San Petersburgo: “La explotación de las minas se lleva a cabo sin ningún escrúpulo, en condiciones inhumanas”:

En Dué reina siempre la tranquilidad. El oído se acostumbra pronto al tintineo acompasado de las cadenas, el rumor del oleaje marino y el zumbido de los hilos del telégrafo; y precisamente esos sonidos acentúan la sensación de un silencio de muerte.

Los presos vivían en barracones familiares, donde muchachas de quince y dieciséis años se veían obligadas a dormir al lado de otros presos: “El lector puede juzgar cuánto desprecio y prepotencia rodea la vida de las mujeres y de los niños que han seguido voluntariamente al exilio a sus maridos y sus padres”.

En los barracones, cerca de las minas, así como en la colonia de Derbínskoie, donde la pobreza es “espeluznante”, y la gente no es capaz de hacer otra cosa que jugar a las cartas hasta que pierde la comida y la ropa, Chéjov tiene la sensación “de estar contemplando el grado máximo y extremo de la humillación humana”.

Museo de Antón Chéjoj in Alexandrovsk-Sakhalinsky, Casa donde se alojó Chéjov. Fuente: Wikipedia

Un viaje de norte a sur

En su deseo de abarcarlo todo, Chéjov escribe sobre geografía, botánica, agricultura… Llega a la conclusión de que la principal riqueza de Sajalín no es el carbón sino el pescado estacional. Hay tanto pescado en los ríos que “su superficie parece entrar en ebullición”. También realiza una investigación antropológica sobre los nativos de la isla: los ainos y, en especial, los guiliakos, a los que se pretende rusificar proporcionándoles vodka y contratándolos como vigilantes: “No es necesario demostrar que el acercamiento de los nativos al penal no es un medio de rusificación, sino un medio de depravación”.

Chéjov encuentra un clima un poco más benigno en el sur de la isla. La última colonia es Dubki (Los Robles), fundada en 1885, un lugar en el límite, donde “el mar es frío y turbio, y sus altas olas grisáceas rompen en la arena y parecen exclamar: «Señor, ¿por qué nos creaste?»”.

Esa orilla no me inspira pensamientos, sino una larga meditación, y me siento sobrecogido de angustia, aunque al mismo tiempo me gustaría quedarme allí por siempre, contemplando el movimiento monótono de las olas y escuchando su bramido amenazante.

La cuestión femenina

En el sur de Sajalín había muy pocas mujeres y muchas parecían viejas y enfermas. Los colonos y funcionarios se quejaban de los del norte se quedaban con las mujeres jóvenes y sanas. En este inhumano sistema de colonia, la mujer –ya fuera presa o familiar de un recluso– solo era un elemento necesario para procrear y “un objeto indispensable para la satisfacción de sus necesidades naturales” como había manifestado una autoridad local.

“La llamada cuestión femenina presenta aspectos escandalosos en Sajalín”, escribe Chéjov. La mayoría de las presas eran asesinas, “víctimas del amor y del despotismo familiar”. Quince años antes de la llegada de Chéjov, las llevaban directamente a un burdel. Las que habían cometido alguna falta o no resultaban atractivas, trabajaban en la cocina; “las demás, servían a las «necesidades» de los hombres y se emborrachaban como cubas”.

Las presas eran cedidas a la colonia. No se pensaba en su castigo ni en su regeneración: “Se la considera un ser a medio camino entre un ama de casa y una criatura inferior, por debajo incluso de los animales domésticos”.

 La cohabitación se había convertido en una tradición en la colonia. Era normal que la mujer se dedicase a la prostitución, y que el compañero la animase. Ella era la que le procuraba la comida. Cuando la presa se convertía en colona, su vida se complicaba, pues dejaba de recibir alimentos y ropa de la cárcel. Por eso era mejor que la condena fuese larga:

Día tras día sus pensamientos se ocupan de una sola cuestión: ¿cómo comer y cómo alimentar a sus hijos? (…) poco a poco llega a la conclusión de que en Sajalín nadie se alimenta de sentimientos delicados y sale a ganarse cinco o diez kopeks 2con su propio cuerpo”, como me dijo una de ellas. (…) En cuanto las hijas cumplen catorce o quince años las ponen también en circulación. Las madres comercian con ellas en casa o las entregan como cohabitantes a colonos ricos y vigilantes.

Sin embargo, Chéjov también encontró en Sajalín familias buenas y sencillas, en las que, a pesar de todas las dificultades, había surgido el amor.

La natalidad era muy alta; no había otra cosa que hacer en la isla. Pero el nacimiento de un nuevo hijo era recibido con frialdad y “amargos lamentos”. No obstante, escribe Chéjov, “los seres más útiles, necesarios y agradables de Sajalín son los niños; los exiliados lo saben perfectamente y los aprecian en su justo valor. Aportan un elemento de ternura, pureza, dulzura y jovialidad a los endurecidos y moralmente degradados hogares de Sajalín”. En esas condiciones adversas, los niños pasaban hambre o tenían una alimentación deficiente y “las bajas temperaturas y la humedad destruían el organismo infantil, llevándolo a la extenuación”.  

                     Sophia Bluestein, una presa que Chéjov conoció en Sajalín. Fuente: Wikipedia


Los castigos físicos

Si en los años sesenta y setenta abundaban los funcionarios inmorales y las cárceles se convirtieron “en nidos de corrupción, en casas de juego, donde se corrompía a la gente, se la endurecía, se la azotaba hasta la muerte”, en 1890 la situación ha cambiado. Sigue habiendo funcionarios que pegan a los presos, o que ordenan “a una persona que no se ha quitado la gorra con la suficiente presteza: «Vete a ver al inspector y dile que te dé treinta latigazos»”. Pero la “«Casa de los muertos» ya no existe”. Sin embargo, los castigos físicos seguían vigentes para los colonos y los presos:

Normalmente, cualquier falta sirve de excusa para propinar a una persona de treinta a cien azotes: el incumplimiento de la tarea cotidiana (por ejemplo, si un zapatero no ha cosido los tres pares de zapatos previstos), la embriaguez, las injurias, la indisciplina… Si veinte o treinta trabajadores no cumplen con su trabajo diario, se azota a los veinte o treinta.

El número de azotes dependía de quien diese la orden; el jefe del distrito tenía derecho a cien; el inspector de la cárcel, a treinta. El látigo solo se usaba después de la condena de un “tribunal de distrito”:

De todos los castigos a los que se recurre en Sajalín, este es el más detestable por su crueldad y el ambiente en el que se desarrolla. Los juristas de la Rusia europea, que condenan a vagabundos y reincidentes a recibir latigazos, hace tiempo que habrían renunciado a ese suplicio si lo hubiesen contemplado con sus propios ojos. Pero el artículo 478 del Reglamento, según el cual las condenas deben ejecutarse en el lugar del exilio, les protege de ese espectáculo infame y humillante.

En Dué, Chéjov presencia cómo aplican latigazos a un preso que había intentado escapar de Sajalín. El médico le hace una revisión para comprobar cuántos latigazos puede soportar, y luego se realizan algunos breves trámites administrativos:

 Al cabo de veinte o treinta latigazos, Prójorov, como borracho o sumido en el delirio, se lamenta:

—Soy un desdichado, soy un hombre muerto… ¿Por qué me castigáis así?

De pronto el cuello sufre un extraño estiramiento, se producen conatos de vómito… Prójorov no pronuncia ni una palabra; solo se oyen gemidos y jadeos. Se tiene la impresión de que ha pasado una eternidad desde el comienzo del castigo, pero el inspector grita: “¡Cuarenta y dos! ¡Cuarenta y tres!”. Aún queda mucho para llegar a los noventa.

Salgo al exterior. En la calle reina el silencio, y los gemidos que salen de esa habitación parecen llenar todo Dué.

 Chéjov no asiste a ninguna ejecución, aunque describe alguna de ellas, por los espeluznantes testimonios de unos testigos.

 Los fugitivos de Sajalín

Sajalín apenas aparece en la obra narrativa de Chéjov. Su experiencia del largo viaje por Siberia está latente en el cuento En deportación (1892). Pero es en las páginas finales de Un asesinato (1895), donde Chéjov sintetiza toda la amargura y el infierno de la colonia penitenciaria. En la rada de Dué, casi de noche, “se detuvo un vapor extranjero y solicitó carbón”. Una partida de reclusos de la cárcel de Voievodski, tuvo que llevar en barcazas el carbón: “Los convictos, recién levantados, soñolientos, iban por la orilla, tropezando en la oscuridad mientras resonaban sus grilletes”. Yákov Ivánich, el protagonista del relato, estaba entre esos presos. Como tantos otros había intentado fugarse varias veces, por “una intensa e irresistible añoranza de su tierra”. Al ser reincidente lo habían condenado a cadena perpetua y a cuarenta latigazos. 

Su hija Dáshutka cumplía también condena en Sajalín, “pero se la habían entregado a un colono, para convivir con él en una aldea lejana; no había tenido noticias de ella, salvo una vez, cuando otro colono que había ido a parar a la cárcel de Voievodski le contó a Yákov que, al parecer, Dáshutka tenía ya tres hijos”.

Los presos intentaban huir de la isla, pero eran unas fugas insensatas: “Esa inconsecuencia debería sugerir a los médicos de Sajalín, de quienes depende que un preso sea castigado o no, que en muchos casos se enfrentan con una enfermedad, no con un delito”, escribe Chéjov.

 Monumento a Chéjov en Alexandrovsk-Sakhalinsky. Fuente: Wikipedia

 De vuelta a casa: Gúsiev

En la carta del 11 de septiembre a Suvorín, Chéjov escribe: “Estoy saludable, aunque el cólera, que me tendió una trampa, me mira con sus ojos verdes desde todas partes. En Vladivostók, Japón, Shangai, Java, Suez y, al parecer, hasta en la Luna –por todas partes hay cólera, en todas partes hay cuarentenas y miedo–“.  El 6 de octubre, desde el puesto de Kórsakov, Chéjov le escribe una carta a su madre. Espera con ansiedad el barco para marcharse de la isla. Aunque, al menos, en Kórsakov vive el cónsul de Japón y sus dos secretarios, con quienes Chéjov ha trabado amistad. Viven a la europea, y en una de sus recepciones, el escritor toma hasta champán.

 El 13 de octubre de 1890, después de tres meses y dos días, Chéjov abandona Sajalín. Será un largo viaje hasta que llegue por fin a Moscú el 8 de diciembre. Al día siguiente le escribe una carta a Suvorín, en la que, entre otras cosas, cuenta cómo ha sido su travesía . Tomó el barco desde Vladivostók. Evitaron Japón, por el cólera y se dirigieron a Hong-Kong. Pasaron por Ceilán, India, Egipto y Turquía, hasta llegar a Odessa. Por el camino a Singapur arrojaron al mar a dos difuntos, lo que inspiraría a Chéjov su relato Gúsiev, publicado el 25 de diciembre de1890.

Gúsiev es un soldado raso, al que envían a casa por enfermedad. En el barco sostiene conversaciones con otro enfermo, Pável Ivánich quien, al decirle Gúsiev que había sido ordenanza, exclama:

—¡Dios mío, Dios mío! (…). Arrancar a un hombre de su nido familiar, llevarlo a quince mil verstas de distancia, obligarle a contraer la tuberculosis; y todo eso ¿para qué?, permitidme que os lo pregunte. ¡Para convertirlo en ordenanza (…)!¡Menuda lógica!

(…)

—¡Sí, está muy bien! El teniente dibuja planos y tú te pasas todo el día en la cocina, pensando en tu país… Planos… ¡No se trata de planos, sino de la vida de los hombres! No se vive dos veces, hay que aprovechar cada momento.

En Leyendo a Chéjov, Janet Malcolm, recoge dos famosas citas de la carta que, el 9 de diciembre, Chéjov escribe a Suvorín:

Mientras estaba en Sajalín solo sentía en mi interior un sabor amargo, como después de haber comido mantequilla rancia; ahora, en cambio, Sajalín se me aparece en el recuerdo como un verdadero infierno.

Y más adelante, continúa Chéjov: “¡Qué bello es este mundo! Solo hay una cosa en él que no funciona: el ser humano”.

 Hacia La sala (o el pabellón) número seis

 Chéjov quería editar La isla de Sajalín como un libro unitario. Sin embargo, en 1892 aceptó publicar el capítulo XXII, sobre los fugitivos, en una colección. Los diecinueve primeros capítulos se publicaron en la revista El pensamiento ruso, entre 1893 y 1894. La censura prohibió los capítulos XX y XXI, dedicados a la población libre y a los castigos. En 1895, La isla de Sajalín apareció publicada, por primera vez, como un libro.

Chéjov no consideraba que fuese una obra literaria. Pretendía describir con frialdad científica. Pero no solo acumuló datos, sino que mostró su horror e indignación ante lo que veía. Había conseguido su objetivo: que la opinión pública conociera lo que sucedía en Sajalín y que se lograran algunas mejoras: “En 1893 se prohibieron los castigos corporales a mujeres; en 1895 el Estado asignó una suma para el mantenimiento de los orfanatos; en 1899 desaparecieron el exilio de por vida y las condenas a cadena perpetua; en 1903 se suprimieron los latigazos y las cabezas afeitadas”, escribe Janet Malcolm.

Y, probablemente, sin haber hecho este viaje, Chéjov nunca habría escrito La sala número seis. Acerca de este relato, nos dice Janet Malcolm en Leyendo a Chéjov:

Tradicionalmente, se considera una obra de poderosa protesta social, una fábula política cuyo horrible pabellón para enfermos mentales simboliza el represivo Estado zarista. En su plasmación del sufrimiento, esa breve obra de ficción alcanza lo que el prolijo reportaje sobre Sajalín (…) no consigue. El reportaje es como la fotografía de una persona tomada de lejos; El pabellón número seis es un primer plano que muestra todos los poros y las líneas. La isla de Sajalín punza y pincha; El pabellón número seis apuñala.


BIBLIOGRAFÍA

 

CHÉJOV, Antón P., La isla de Sajalín. Traducción de Víctor Gallego Ballestero. Barcelona, Alba Editorial, 2010.

CHÉJOV, Antón P., Cuentos completos, 1887-1893. Edición de Paul Viejo. Madrid, Páginas de Espuma, 2016.

CHÉJOV, Antón P., Cuentos completos, 1887-1893. Edición de Paul Viejo. Madrid, Páginas de Espuma, 2016.

MALCOLM, Janet, Leyendo a Chéjov. Traducción de Víctor Gallego Ballestero. Barcelona, Alba, 2004.

PORTA, René, (23, diciembre, 2007) “Chéjov a Suvorín. Blog Antón Chéjov, https://letrasrusas.blogspot.com/2007/12/chejov-as-suvrin_23.html

(26, diciembre, 2007) “Chéjov a Suvorín”. Blog Antón Chéjovhttps://letrasrusas.blogspot.com/2007/12/chejov-a-s-suvrin_26.html


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