Pío Baroja en “Desde la última vuelta del camino” III: galería de escritores y gustos literarios


Se ha dicho, a veces, que sobre Pío Baroja planea una leyenda negra, lo que ha provocado que el escritor no gozase de la consideración merecida. No obstante, Baroja está presente en los planes de estudio y ocupa un lugar de honor en el canon de la literatura española.

A Baroja no le hacía falta que nadie le creara una leyenda negra, porque él se bastaba solo para ello. En sus memorias, Desde la última vuelta del camino, Baroja retrató de forma meticulosa al personaje que había llegado a ser.

De sus opiniones acerca de la literatura española de su época se podría deducir que o bien la mayoría de sus contemporáneos eran malos o mediocres escritores, o bien personas de poca grandeza moral.

Resulta curioso que Baroja no mencionase la obra de escritores de la Generación del 27 que compartieron con él la denominada Edad de Plata de la literatura española, y aún más cuando don Pío no tenía ningún problema en mostrar sus fobias y sus filias abiertamente.

En Galería de tipos de la época (1947), la cuarta entrega de las memorias, Baroja nos dice: “En los escritores, y sobre todo en los artistas, no hay más que cuquería, envidia y pasiones un poco ruines. Los celos entre unos y otros se dan como entre las cupletistas”.

 Unamuno, la “quintaesencia del egotismo”

 Quizás sea Unamuno la gran bestia negra de Baroja, aunque asegura que no tenía nada en contra de él. Ya en El escritor según él y según los críticos, la primera parte de Desde la última vuelta del camino, escribía:

 Hojeando estos días un libro de Unamuno, veo que dice en el prólogo que él ha quitado en sus novelas todo lo que tenía carácter cronológico y descriptivo, para hacerlas más dramáticas e interesantes. ¡Qué incomprensión! Si fuera eso así, nadie leería Pickwick, de Dickens; ni La guerra y la paz, de Tolstói; ni El rojo y el negro, de Stendhal; leería las novelas de Unamuno, y son precisamente las que no leemos.

Y en Infancia y juventud (1944), Baroja se despacha a gusto con su compañero de generación:

Unamuno era el aldeano que sale del terruño y se hace rabiosamente ciudadano y adopta todos sus hábitos y procedimientos. Quiso primero ser un escritor español ilustre y después ser un escritor universal. Escribió miles de cartas y tuvo su política, política unamunesca, y llegó a ser conocido en el mundo entero. Ya después de muerto, sin el brazo poderoso que sostenía la armazón de su obra, ésta se desmorona. Yo creo que el bagaje no era grande. Así lo pienso sin entusiasmo y sin odio. Sus novelas parecen medianas, y su obra filosófica no creo que tenga solidez ni importancia.

 En Galería de tipos de la época, Pío Baroja insiste en que “Unamuno era la quintaesencia del egotismo”:

En la redacción de la revista España, donde yo colaboré al principio, comenzó a presentarse Unamuno. Se sentía dictador. Si había cinco o seis personas en la redacción, se sentaba en medio de todos y hablaba. No aceptaba la menor réplica. (…) A alguna gente la trataba con mucha aspereza. Yo, cuando oía un calificativo duro sobre cualquier pobre hombre amigo, me levantaba y decía: «Bueno, señores, hasta mañana», y me marchaba. Por estas escapadas mías, Unamuno debía de creer que yo tenía algún motivo de hostilidad contra él, pero no había tal.

 No obstante, Baroja llegó a matizar:

Yo, como digo, no tenía ninguna antipatía por don Miguel; pero me parecía muy excesivo en lo suyo. Unos meses antes de la revolución de 1936 le vi, la última vez, en la estación del Norte, de Madrid. Él iba a París y yo a Vitoria. Hablamos un momento afectuosamente, y, al despedirse, me dijo: «Escriba usted siempre, hasta el final, porque usted es un hombre de estilo». La observación me dejó bastante asombrado. Tiempo después, don Blas Cabrera, en la ciudad universitaria de París, me dijo que en aquel viaje había ido en compañía de Unamuno, y que le aseguró que estaba contento, porque se había reconciliado conmigo.

Baroja se cuestiona sobre la pervivencia de la obra unamuniana y dice que no comprende al público de Unamuno porque “sus novelas son pesadas deliberadamente, no tienen interés psicológico, al menos general, ni dramático, ni folletinesco. Muchas veces parece que están escritas para molestar al lector”:

Yo no tengo ningún motivo de antipatía personal contra Unamuno; pero cuando intento leer sus libros, pienso que son como una venganza contra algo que no sé lo que es. (…) Creo que Unamuno tenía mucho de patológico en la cabeza, sobre todo un egotismo tan enorme que le aislaba del mundo, a pesar de que él creía lo contrario.

 Valle Inclán y Azorín

Baroja conoció y frecuentó a Valle-Inclán: “Yo reconozco que tenía un fondo de antipatía física y moral por Valle-Inclán”, afirma, recordando una anécdota sobre su perro Yock, al que Valle le propina un puntapié. Entre ambos existía, sobre todo, “una antipatía intelectual”:

 Principalmente, porque yo creía que su idea de la novela y del estilo era radicalmente falsa, y que no podía llevar más que a obras amaneradas y sin valor. Cualquiera, al oírnos hablar, hubiera pensado: «Valle-Inclán es el que se cree seguro, y Baroja, el vacilante», y no había tal. Así resultaba que él leía mis libros cuando aparecían, y yo no leía los suyos.

En La intuición y el estilo afirma que considera la obra de Valle-Inclán, “como un traje lleno de adornos y de lentejuelas un poco cogidas de aquí y de allá”. En la tertulia que lideraba Valle abundaba la maledicencia, algo de lo que renegaba Baroja. No obstante “según contaron por ahí”, dice don Pío que alguien “encontró que en una de las Sonatas del escritor gallego había trozos embutidos de las Memorias del caballero de Casanova.

Azorín, en cambio, fue gran amigo de Baroja. Iniciaron la amistad desde muy jóvenes y la conservaron durante toda la vida. Para Baroja, Azorín “fue la única persona generosa con los demás escritores de su tiempo”. Sin embargo, algunos escritores como Valle-Inclán y la mayoría de los periodistas, “pintaban por entonces a Azorín, que ha sido siempre un cándido, como un hombre atravesado”. En cuanto a su producción artística, Baroja alaba el estilo de Azorín, aunque es “muy poco novelista”.

La bohemia

En la tercera parte de sus memorias, Final del siglo XIX y principios del XX (1944), Pío Baroja les dedica unas páginas a los bohemios. Nada podía ser más opuesto al carácter de don Pío que la bohemia: “A la pereza, el alcoholismo, a la maledicencia y a la inutilidad para vivir malamente se unió el misticismo por el arte y esa rebeldía cósmica que venía en el aire con la tendencia anarquista”. Baroja solo vio “malas intenciones” en esa juventud literaria: “La envidia y la tristeza del pequeño éxito ajeno, la acusación de plagio, la acusación del homosexualismo. Todo lo que pudiera denigrar al compañero”.

De Alejandro Sawa, el bohemio español por excelencia, escribe Baroja: “Le dijeron a Alejandro que yo le había pintado en una novela, y me tomó cierto odio. A pesar de esto, de cuando en cuando nos veíamos y hablábamos afectuosamente”. No solo Valle-Inclán se inspiró en Alejandro Sawa para su Max Estrella, sino que él propio Baroja crearía el personaje de Villasús un trasunto de Sawa en El árbol de la ciencia.

Galdós, el trapacero, y Pardo Bazán, la obesa y trepadora      

En Final del siglo XIX y principios del XX (1945) Galerías y tipos de la época abundan los chismes literarios. Acerca de Galdós, Baroja escribe:

Alguien me dijo que Galdós hacía trabajar a su secretario y se entendía con su mujer. Si esto era cierto, no era cosa muy digna. Explotar a marido y mujer, valiéndose de que estaban en la miseria, era bastante feo.

Baroja deja entrever que “Don Benito debía de ser hombre un poco lioso y hasta trapacero”, pues le hacían víctima de reclamaciones y de chantajes. Y aseguraba don Pío que Galdós no tenía “más ideal que el éxito y el dinero, y así, con las mayores condiciones, no se podía llegar a lo alto”:

Yo creo que esta falta de sensibilidad ética hace que los libros de Galdós, a veces con grandes perfecciones técnicas y literarias, fallen. Es lo que hace principalmente que sus obras no estén a la altura de las de un Dickens, de un Tolstói o de un Dostoyevski. No hay llama. No hay el hervor generoso de un espíritu.

Sin embargo, en La intuición y el estilo (1948), Baroja dedica palabras más amables a Galdós, recordando una conversación que mantuvieron sobre la técnica literaria:

 (…) Y Galdós me dijo: —Yo le probaría a usted con alguno de sus últimos libros en la mano —estos libros a los que se refería, uno de ellos era mi novela El árbol de la ciencia — que hay en ellos no sólo técnica, sino mucha técnica. (…) De entonces acá he pensado en la técnica de la novela, y he visto que, en gran parte, Galdós tenía razón, y que en los mejores escritores modernos, como en Tolstói y Dostoyevski, hay, a pesar del aspecto un poco descosido de la acción, una ciencia de novelista quizás intuitiva, muy perfecta y muy sabia.

Tampoco Emilia Pardo Bazán, con su conversación “un poco ansiosa y trepadora” sale bien parada en las críticas de Baroja:

La Pardo Bazán no me interesó nunca ni como mujer ni como escritora. Como mujer, era de una obesidad desagradable, y como escritora, todo eso del casticismo y del lenguaje no he tenido muchas condiciones para sentirlo.

Los pestiños de doña Mencía

A Baroja le sorprende que Juan Valera solo se dedique a ser un “fabricante de bibelots”, reduciendo los espacios de sus novelas a Cabra y a pueblos de los alrededores:

No comprendo cómo un hombre que pasó años en la corte de Viena y en la de San Petersburgo, en una situación elevada en donde vería y habría oído seguramente contar cosas interesantes, tuviese que referirse siempre en sus libros a Doña Mencía u otro pueblo próximo y hablar de pestiños y de otros postres de sartén como algo trascendental.

Baroja apenas menciona en sus memorias a Clarín. Quizás porque nunca le perdonó la crítica a su primera novela:

Un ambiente limitado de pocas figuras es el de La regenta, de Clarín; de Pepita Jiménez, de Valera, o de Marta y María, de Palacio Valdés; un ambiente ancho, extenso y muchas figuras se advierten en La guerra y la paz, de Tolstói. ¿Hay quien ponga las novelas de Clarín, de Valera y de Palacio Valdés sobre las de Tolstói? No lo creo.

La Generación del 14

En Galería de tipos de la época, Baroja habla de los escritores de la que sería llamada Generación del 14. Gómez de la Serna, siempre le pareció “un hombre sin gracia, de una abundancia fofa, un sinsorgo, como dicen en Bilbao”. Más tarde escribirá: “Siempre ha sido un tanto huero y lo seguirá siendo toda su vida”.

Pérez de Ayala y Gabriel Miró “son escritores atildados; pero hay en ellos, para el público corriente, mucho enjuagarse con el estilo, mucho recrearse en la palabra, cosa que a la mayoría no nos interesa profundamente”.

Sin embargo, Baroja siempre muestra admiración por Ortega y Gasset:

Yo he hablado con alguna gente de fama en España y fuera de España; pero no he encontrado un interlocutor que, poniéndose al nivel del que hablaba, fuera culto o inculto, se expresase con tanto ingenio y tanta perspicacia como Ortega y Gasset.

Ni teatro, ni toros, ni fútbol, ni poesía

“El teatro no me ha gustado. No sólo no me ha gustado, sino que le he tenido antipatía”, afirma Baroja:

Soy un hombre que no ha ido al teatro, ni a los toros, ni a los partidos de fútbol. Celebro mucho no sentir entusiasmo por esas cosas y no haber tenido amistad ni con autores dramáticos, oradores, cómicos, toreros, futbolistas y bailarines, ni con la demás gente que dependa del público, y que por eso para mí no es interesante. Prefiero tener la moral de perro vagabundo que de perro de jauría.

En cuanto a la poesía, Baroja escribe: “Yo, como he sido poco lector de versos, no me enteraba gran cosa de lo que hacían los versificadores”. Aunque en La intuición y el estilo, no deja de mencionar, que ha habido muchos casos de alcohólicos y comedores de opio entre los escritores, “y sobre todo los poetas”: “Sin duda, el alcoholismo es condición de poeta, porque Rubén Darío se dedicaba a él concienzudamente”.

Genios literarios, homosexualidad y otras patologías

La intuición y el estilo es uno de esos cajones de sastre en los que Baroja escribe acerca de literatura española y universal. Sobre la relación entre el genio literario y lo patológico nos dice el escritor:

El genio en literatura, y sobre todo en la Edad Moderna, parece que va acompañado de algo patológico. Así son muchos de los literatos geniales: enfermizos, raquíticos, cojos, maniáticos, borrachos. De los genios modernos, Beethoven, Schumann, Lord Byron, Shelley, Edgar Poe, Leopardi, Dickens, Gogol, Dostoyevski, Paul Verlaine, etcétera, el que más y el que menos, no era un hombre normal.

Respecto a lo anómalo y patológico, esto tiene aire de ser cierto. Julio César, homosexual; el canciller Bacon, chanchullero; Pope, débil y jorobado; Spinoza, tuberculoso; Lord Byron, cojo; Shelley, medio tísico; Edgar Poe, borracho; Dostoyevski, epiléptico; Kant, encanijado; Nietzsche, loco; Leopardi, jorobado y tísico; Larra, suicida. La unión del genio con la locura y la perturbación debe de ser verdad; por lo menos, es muy frecuente.

Todo esto lo lleva a hacer una reflexión acerca de la homosexualidad:

El homosexualismo es una de tantas fallas humanas, y no parece, por ahora, muy curable, o al menos, si es curable, no es con discursos éticos ni con figuras retóricas.

(…) Quizá con el tiempo se encuentre una penicilina que acabe con esa aberración, que, a pesar de las ideas de sus afiliados, no parece tener un aire muy poético. Evidentemente, ha tenido cantores, porque el hombre puede llegar a querer poetizar las hemorroides y los cálculos hepáticos.

 De Flaubert a Joyce

Aunque Baroja admiraba a Stendhal, ninguna novela francesa podía compararse con las de Dostoievski, Tolstoi, y algunas de Dickens. Flaubert le parecía “un hombre de ideas poco originales y bastante vulgares”:

Yo no tuve ningún entusiasmo por los escritores naturalistas. Todos ellos me han parecido de una pesadez y de un aburrimiento insoportable. No he podido leer completa Madame Bovary.

Acerca de Proust, admirado por Ortega y Gasset, Baroja escribe que había dejado de tener prestigio entre los escritores franceses:

El mismo Joyce, tan dislocado y tan absurdo, tenía mucho más prestigio que Proust entre los intelectuales vanguardistas, y a mí esto me parece más natural y más lógico; porque Joyce será, en ocasiones, incomprensible y disparatado, pero nunca tiene ese aire envejecido y vulgar que tiene a veces Proust, que en castellano se llamaría, con mala intención, cursi.

Baroja confiesa que ha leído muy poco de escritores posteriores a su época: “Si hubiera aparecido algo fuerte y, sobre todo, divertido, creo que me hubiera gustado. En Inglaterra, por ejemplo, Huxley, Virginia Woolf, no me entusiasmaron”. Sin embargo, la lectura de sus memorias nos demuestra que fue un lector voraz.

Pero Pío Baroja era el más barojiano de los personajes de Baroja; y al más puro estilo de una tertulia de café o de barra de un bar, ensartará sentencias con la seguridad de quien cree tener siempre la razón:

Puede ser ficción o realidad o casualidad; pero a mí me parece que desde 1900 se ha parado la gran creación de obras literarias y artísticas en Europa.

Ya no se produce nada de particular, y la genialidad de los pueblos y de los hombres está dormida o muerta. No sabemos si resucitará o se eclipsará para siempre.




Baroja, dibujado por Picasso.

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