“Cosas pequeñas como esas”, de Claire Keegan


La primera vez que leí algo acerca de Claire Keegan (Condado de Wicklow, Irlanda, 1968) fue en la novela Dublinesca, de Enrique Vila-Matas, en la que el protagonista, un editor, recuerda haber visto en la Feria del Libro de Guanajuato a algunos escritores irlandeses: 

En una rueda de prensa, Claire Keegan contestó de forma casi airada a un periodista que quería averiguar qué temas tocaba en sus novelas: “Soy irlandesa. Escribo sobre familias disfuncionales, vidas miserables carentes de amor, enfermedad, vejez, el invierno, el clima gris, el aburrimiento y la lluvia”.

Este verano, en una librería de Dublín, encontré los tres libros que Claire Keegan había publicado hasta entonces. Ocupaban un lugar destacado en las estanterías. Después de leer las sinopsis, decidí comprar Walk the Blue Fields. Era un regalo para mi hija. Yo tendría que conformarme con buscar traducciones.

A principios de diciembre leí “Un estremecedor cuento de Navidad”, una reseña de la escritora argentina Ximena Pascutti sobre la novela Small Things like These (Cosas pequeñas como esas), de Claire Keegan, que se había publicado en septiembre de este año, 2021, casi a la vez que la traducción de Jorge Fondebrider para la editorial Eterna Cadencia.

Jorge Fondebrider –poeta, crítico literario y traductor argentino– ya había traducido para la misma editorial los tres libros anteriores de Claire Keegan: Antarctica (Antártida) (1999), Walk the Blue Fields (Recorre los campos azules) (2007), y Foster (Tres luces) (2010). Fondebrider es un gran experto en la literatura irlandesa. Tras conocer a Keegan en Dublín y leer algunos de sus relatos, quedó sorprendido: aquello era alta literatura. De modo que, por suerte para los lectores, decidió traducirla.

Cosas pequeñas como esas es el cuarto libro de Claire Keegan, una novela corta, de unas noventa páginas. La precisión del lenguaje va tejiendo una historia de enorme intensidad, en la que las palabras juegan magistralmente con los silencios y los gestos, creando imágenes poéticas como la de la escena final, de una inquietante belleza que queda fijada en nuestra memoria.

Las Lavanderías de la Magdalena de Irlanda

Claire Keegan dedica Cosas pequeñas como esas a las mujeres y niños que “padecieron en los hogares para madres e hijos y en las Lavanderías de la Magdalena de Irlanda”. La novela va precedida de una cita del Acta de Proclamación de la República de Irlanda, de 1916: La República de Irlanda “declara su determinación de buscar la felicidad y prosperidad de toda la nación y de todas sus partes, valorando a todos los niños de la nación por igual”.

Al final del libro, en una nota, Claire Keegan recuerda que la última lavandería de la Magdalena se cerró en 1996 y que no se sabe “cuántas mujeres y niñas fueron escondidas, encarceladas y obligadas a trabajar en esas instituciones”. Quizás alrededor de 30.000. Los registros desaparecieron. No se sabe cuántos niños murieron o fueron adoptados.

El escándalo saltó en 1993, cuando las Hermanas de la Misericordia vendieron unos terrenos de su convento en Dublín y, los nuevos propietarios, al remover la tierra, se encontraron con 155 tumbas ilegales. Después se continuó investigando en otras instituciones. Claire Keegan cierra así su “nota sobre el texto”: “El gobierno irlandés no pronunció disculpa alguna sobre lo ocurrido en las Lavanderías de la Magdalena hasta que el Taoiseach Enda Kenny lo hizo, en 2013”.

Nunca se reconoció ese trabajo esclavo. Existen investigaciones, documentales que pueden verse en Internet; nos conmueve escuchar la voz y ver el rostro de alguna mujer que pasó por ese calvario. Cosas pequeñas como esas nos despierta la curiosidad por saber más de lo sucedido, para comprender a una sociedad que había normalizado la existencia de esas instituciones y había creado un pacto de silencio. Pero el silencio no cura las heridas, sino que crea un vacío profundo que nos impide crecer como seres humanos.

En el invierno de 1985

El tema central de Cosas pequeñas como estas no es la situación que se vive en una lavandería de la Magdalena, sino la toma de conciencia del protagonista, Bill Furlong, acerca de su responsabilidad moral. Él no puede darle la espalda al dolor si quiere que su vida tenga sentido.

Claire Keegan sitúa la acción en el invierno de 1985, en una década en la que Irlanda vivía una situación de crisis. Muchos jóvenes emigraban a Estados Unidos o Inglaterra. En un pueblo irlandés, Bill Furlong, que había nacido en 1946, era el encargado del depósito de carbón y madera. Estaba felizmente casado y tenía cinco hijas, de las que se sentía orgulloso. Era un hombre respetable, generoso, alguien en quien se podía confiar: “Ya que había desarrollado buenos hábitos protestantes; era dado a levantarse temprano y no le gustaba la bebida”.

Pero sabía que la vida puede torcerse en un momento. Durante los repartos con el camión había visto suficiente gente desafortunada en los caminos, o en el pueblo: 

Las colas de los desempleados se estaban haciendo cada vez más largas y había hombres que no podían pagar sus facturas de electricidad, que vivían en casas tan frías como bunkers, que dormían con sus abrigos puestos.

 Este camino te va a llevar a donde quieras ir

 Algunas noches, ya en la cama con Eileen, su mujer, Furlong conversa sobre los vecinos que han caído en desgracia, “sobre cosas pequeñas como esas”. Eileen es pragmática, y ve en su marido un exceso de generosidad: “¿Sabes que hay quienes se buscan los problemas solos?”.

Mientras la vida sigue su curso normal, con una ocupación detrás de otra, Furlong se preocupa por sus hijas y por el futuro:

¿Cómo serían las cosas, se preguntó, si se dieran el tiempo de pensar y de hacer un alto? ¿Sus vidas serían diferentes o muy parecidas, o simplemente perderían el control sobre sí mismos?

Un día tiene que llevar una carga al convento de las monjas Buen Pastor, situado en una colina, al otro lado del río que atravesaba el pueblo. Era un lugar hermoso. Las monjas dirigían una escuela de formación para niñas y también un negocio de lavandería:

Poco se sabía sobre la escuela de formación, pero la lavandería tenía buena reputación: restaurantes y casas de huéspedes, la residencia de ancianos y el hospital, y todos los sacerdotes y familias acomodadas enviaban allí lo que tuvieran para lavar. Según los informes, todo lo que se enviaba, ya fuera un montón de ropa de cama o apenas media docena de pañuelos volvía como nuevo.

Por un descuido de las monjas, Furlong encuentra a unas muchachas y niñas limpiando de rodillas el suelo de una capilla. Una niña, con acento de Dublín, le pide que la lleve con él o que la lleve hasta el río. Ante la negativa de Furlong, la niña le contesta desesperada: “Y yo no tengo a nadie, y lo único que quiero es ahogarme. ¿Ni siquiera puede hacer esa puta cosa por nosotras?”.

Cuando Furlong se va de allí no puede olvidar la imagen de esas muchachas, la manera en que una monja cierra con llave la puerta de la entrada, los altos muros “rematados con vidrios rotos”. Se equivoca de dirección y tiene que preguntarle a un anciano que con una hoz cortaba cardos secos:

–¿Podría decirme adónde me lleva este camino?

–¿Este camino? –dijo el hombre, bajando la hoz y mirándolo fijo–. Este camino te va a llevar a donde quieras ir, hijo.

Si quieres triunfar en la vida hay cosas que debes ignorar

Pero esa no era una de las pequeñas cosas de las que podía hablar con Eileen:

¿Adónde nos lleva pensar? –dijo ella–. Para lo único que sirve pensar es para deprimirse (…). Si quieres triunfar en la vida, hay cosas que debes ignorar para seguir adelante.

Furlong había nacido en 1946. Era hijo de una madre soltera de dieciséis años, que trabajaba como criada en la casona de Mrs Wilson, una acomodada viuda protestante. Cuando se quedó huérfano, con 12 años, siguió viviendo en aquella casa. Nunca Papá Noel le dejó el puzle gigante que pedía, pero sí, una vez, un libro, Un cuento de Navidad, de Dickens, que Mrs Wilson le animó a leer. Aunque Furlong tuvo que soportar la burla de otros niños, aunque fue consciente de lo que suponía en esa pequeña comunidad ser hijo de padre “desconocido”, piensa en qué habría sido de su vida y de la de su madre si Mrs Wilson no los hubiera ayudado.

Pero su mujer le recuerda que ahora su vida es distinta y que no tiene necesidad de meterse en problemas; y acaba dándole un golpe bajo, unas palabras que se interpondrán entre ellos: “Bueno, hay chicas que se meten en problemas, eso sí te consta”.

Una mañana muy temprano Furlong vuelve a llevar una carga de carbón al convento. No hay nadie y abre el cerrojo del cobertizo para descargar. Entonces se da cuenta de que allí hay una chica encerrada, en terribles condiciones, una chica que quiere saber dónde está su hijo de catorce semanas: “La parte de persona común y corriente que había en él deseó no haberse acercado nunca al lugar y no haberse topado con eso”. Después Furlong asistirá perplejo a la hipócrita representación con la que las monjas intentan ocultar la verdad de lo sucedido.

Llega la víspera de Navidad, y hay que cumplir con las tradiciones y los preceptos religiosos. En la cantina de Mrs Kehoe, Furlong paga el almuerzo de los trabajadores. En un momento Mrs Kehoe le insinúa que en el pueblo ya se sabe que tuvo un desafortunado encuentro con las monjas:

No es asunto mío, como comprenderá, pero vale la pena que tenga cuidado con lo que vaya a decir sobre lo que pasa en ese lugar. Mantenga al enemigo cerca, al perro malo junto a usted y el perro bueno no lo va a morder. Usted entiende.

Ned, el peón de Mrs Wilson había sido también una persona importante en la vida de Bill Furlong. Una de las veces que visitó a Ned le preguntó si sabía quién era su padre, pero el hombre no podía darle la respuesta. Tocó algunas melodías con el acordeón y luego dejó el instrumento y cantó la balada irlandesa The Croppy Boy, sobre las penas de un joven rebelde condenado tras el levantamiento contra los ingleses en 1798: “La canción y la forma en que la cantó hicieron que a Furlong se le erizaran los pelos de la nuca y no pudo irse sin pedirle a Ned que la volviera a cantar”.

Cosas pequeñas como esas no habla de la historia de Irlanda, pero la Historia es un telón de fondo. Furlong, un hombre que pronto cumpliría los cuarenta años, “no sentía que estuviera llegando a ninguna parte o haciendo ningún tipo de progreso y no podía dejar de preguntarse a veces para qué servían los días”. Hasta que, aquella víspera de Navidad, escogió el camino que lo llevó hasta donde quería ir.

  


The Clancy Brothers & Tommy Makem - The Croppy Boy


Comentarios

  1. Buenos días, Me ha gustado mucho tu reseña a la que he llegado a través de la que publicaste en Tendencias" sobre "madona con abrigo de piel" que me despertó el interés de conocer tu trabajo.
    No sé si conoces el libro de "LAS MADRES NEGRAS, de Patricia ESTEBAN ERLES sobre el tema. Te envío el enlace de la reseña que hice en su momento en un blog en el que colaboro por si te puede interesar.
    http://laantiguabiblos.blogspot.com/2019/01/las-madres-negras-patricia-esteban-erles.html
    Te seguiré porque me gustan tus reseñas.
    Un cordial saludo.
    Paloma Martínez

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    1. Muy interesante, Paloma. Desconocía la existencia de este libro. Mil gracias por la información y por tus palabras. Un saludo

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